miércoles, 30 de noviembre de 2016

Lo que pase por la cabeza, sin tamiz alguno.

Es un hecho que en las redes sociales se puede ver que la gente no pone filtro alguno a sus publicaciones, quizás amparada en ese anonimato que protege o en la privacidad pura y exclusiva del momento del tipeo de lo que escribe, no teniendo en cuenta que luego eso mismo podrá ser leído por gran parte de sus seguidores o por todo aquel que por mero accidente ─virtual─ llegue hasta esa publicación.
Tal es así que sin maldad alguna seguramente y ─estimo yo─ por el mero hecho de desestructurarse y desbocarse, que se puede manejar ante lo que se desea expresar, es que muy a menudo me siento impotente al ver idioteces y burradas tan grandes como la falta de intención de provocar esta sensación en los demás (en mí), innegablemente, de quien las escribe sin tomar dimensión exacta de lo que está diciendo.
En fin, las redes sociales ─ya sabemos─ están para que todos podamos expresarnos sin ningún reparo y para que el único freno que tengamos seamos nosotros mismos; y de ahí en más ¡qué Dios nos ampare, si es que creemos en Él, o que el Universo nos proteja!

martes, 29 de noviembre de 2016

Breve leyenda.

Cuenta una vieja leyenda que un ángel, una vez, cansado de no tener ninguna forma específica y aburrido de que los antiguos libros le hubieran atribuido el cuerpo de un hombre y las alas de un ave, decidió adoptar finalmente una apariencia definitiva.
Entonces, para despistar a quienes lo vieran por supuesto que en lugar de hacerse visible bajo la consabida imagen del hombre alado adoptó otra muy diferente.
Y fue así que luego de mucho pensarlo se decidió por un cuerpo peludo con cuatro patas y una larga cola.
Pero resultó que, en su confusión, al estar él también acostumbrado a pensarse con alas y ahora no tenerlas, no pudo dejar jamás de estar moviendo su cola todo el tiempo, en ese instinto de estar agitando algo que nunca había tenido; motivo que lo sorprendió tanto, al encontrarse a sí mismo haciendo ésto continuamente, que en el desconcierto exclamó la expresión "¡GUAU!" que, además de gustarle como había sonado, dejó para siempre como su voz para comunicarse con los demás.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Uno es lo que elige.

Todo eso que por esas cosas que tiene el destino nos toca elegir en nuestra vida (porque sepan que en la vida, salvo aquello que nos cae ─como se decía cuando yo era chico─ "como peludo de regalo", todo se elige) es lo que en definitiva habla de nosotros mismos.
Yo, por ejemplo, siempre opté por ubicarme en el lugar menos problemático posible que se pudiera dar ante una afrenta en la cual me viera involucrado. También, y consecuentemente con lo anterior, siempre evité generar todo tipo de disturbios, ya sean éstos de índole grupal, familiar o personal. Ese lugar, el de la discordia y la revuelta que podría caracterizarse como la erupción de un volcán, siempre supe que no era lo que mi alma y mi espíritu necesitaban.
Desde pequeño también opté, sin darme cuenta en un principio, por el amor hacia los animales. Siempre me gustó estar en contacto con ellos y tratar de acercarme lo máximo posible para interactuar de una manera diferente a la que yo podía ver que llevaban adelante otros chicos y otros adultos. Quizás tenga que ver con que en determinado momento de mi infancia, con tan sólo cuatro años y apunto de cumplir los cinco añitos, por motivos personales ─familiares─ me vi obligado a irme a vivir al campo con mis abuelos en donde definitivamente se marcaron para siempre mi carácter, mi afinidad y mi gusto por lo natural antes que por lo urbano y, podría asegurar sin temor a equivocarme, mi personalidad y mi forma de ser.
Tal es así que si bien en la actualidad vivo en una gran ciudad y no tengo ningún interés por el momento de alejarme de ella para optar por una vida en las afueras o directamente en alguna zona rural yo sé que esa esencia más "bucólica" (para llamarla de alguna manera) que anida en mí se traslada a gran parte de las decisiones que tomo de adulto y que marcan mi vida contundentemente.
Por esto hablaba de que las decisiones que uno toma y las cosas que uno elige en su vida lo marcan; y agrego ahora también que están directamente relacionadas con el bagaje interno y extremadamente personal que uno trae consigo de todo lo que ha caminado hasta el momento en el camino de su vida.
Tal es así que nunca opté por cosas por las que se inclinaba la mayoría de la gente que conocía. Y no para diferenciarme, o por mera rebeldía a hacer lo más común. Fue, sin dudas, porque no me encontraba absolutamente convencido ni atraído para inclinarme por tales elecciones, y porque las que me llamaban la atención y me atraían con todo su imán hacia ellas eran otras que por ahí el resto desestimaba por diferentes o extrañas.
Y sí, cada uno es como es. En determinado momento ─infancia─ no se elige la forma de llevar adelante la propia vida pero luego, de adultos, reconfirmamos que así debíamos ser, porque sino sólo bastaría con ponerse en mente cambiar de camino para así poder hallarse en otra forma de ser que bien podría encontrarse buscando entre una u otras hasta dar con la adecuada.
Dentro de lo que yo podía diagramar y digitar siempre me sentí a gusto con quién era, donde me veía ubicado con respecto a todo mi entorno y contexto, y con las cosas que veía que había obtenido sólo para mí ─internamente─ de acuerdo a las elecciones que había llevado acabo, en lo que al historial de mis recuerdos se refiere.
Mi vida ha sido un conjunto de decisiones tomadas no quizás "a troche y moche", como también se decía cuando yo era chico, sino en el momento justo (justo para mí, por supuesto) y sólo porque yo deseaba y necesitaba tomarlas; y nunca ─jamás de los jamases─ porque otros desearan que así fuese.
Por eso toda esta introducción previa para volver a expresar una de mis decisiones más importantes llevadas adelante hace más de tres años, que me ha acompañado y que se ha visto flaqueada varias veces pero que hoy, con más de cuatro décadas de vida encima, me tiene más fuerte y firme que nunca en su convicción y compromiso de llevarla adelante como una bandera inclaudicable de bajar y de esconder; haciéndome un ser más aceptable para mi propia aceptación con respecto a los demás pero en primer lugar a mí mismo, y convirtiéndome esencialmente en una persona más feliz y menos responsable del gran daño que se le hace al universo y, en especial a ellos, a los animales.
Yo elijo la vida vegana, entonces, porque no quiero lastimar a nadie y porque deseo poder mirar a los ojos a todos los seres vivos que cuentan con un sistema nervioso central ─que les produce sufrimientos pero también emociones y alegrías─ y seguir mi camino por esta vida despreocupado desde el lugar de que cada paso que yo dé no significará una ofensa, un maltrato o una discriminación para nadie, absolutamente para nadie.