martes, 7 de noviembre de 2017

¡Bienvenidos, todos, a la vida real!


Es fácil entender que nadie es perfecto porque sin ánimos de entrar en una explicación barata acerca de la perfección todos sabemos que siempre tenemos algo que va contra ella. Nadie está absolutamente conforme, a gusto, satisfecho con la primera impresión que la vida le ha regalado de sí mismo; de hecho es muy frecuente que hagamos cosas para modificar eso que justamente no nos gusta de nosotros, ya sea algo a nivel espiritual, de nuestra forma de ser, o directamente algo muy visible que haga a la apariencia, si se quiere, estética personal.
Por eso nunca hay que perder de vista que todo lo que podamos hacer con nosotros, siempre que sea para mejorar nuestra calidad de vida ─desde cualquier lugar y punto de vista que se aborde esta mejora─ va a ser algo positivo. Y ni hablar si con nuestra modificación, adrede, logramos mejorar la calidad de vida de los demás.
No se porqué brota de mí esta reflexión en este momento de mi vida; generalmente dejo que lo que siento internamente salga a la luz a través de cualquiera de los canales que tengo para expresarme, ya sean éstos los personales que pongo en marcha todo el tiempo sin darme cuenta o estos de tipo virtual, aunque también personales, que son más armados y en los que vuelco conscientemente lo que quiero expresar.
¿Será quizás que me parece oportuno refrescar la idea de que la perfección es una idea triste y opaca, contrariamente a todo lo que de esta idea podría pensarse?
No quiero ser perfecto. No podría serlo. No podría sobrellevar ese peso sobre mi espalda. Además, no puedo aspirar a algo que no existe.
La vida normal, de gente común, esa en la que muchas veces hay que tomar envión para poder atravesar algo que nos duele o que nos molesta reconocer cerca nuestro, y también esa en la que se disfrutan muchísimo los buenos momentos que llegan y hacen tan bien, es el tipo de vida que deseo y que elijo. Y no lo hago desde la única opción que me quede, no pudiendo optar por alguna otra cosa; yo, consciente de mis decisiones y de mis elecciones, siempre elijo lo mejor para mí, y definitivamente la perfección es algo que dista mucho de ser tentadora, atrapante, deseada y valorada en mi existencia.
Seguramente ya lo he dicho, pero bien vale volver a repetirlo:

¡Bienvenidos, todos, a la vida real!


domingo, 18 de junio de 2017

Confusión.

Cuando todo suma a que la confusión sensitiva se instale en nosotros, aunque sólo sea por breves momentos, confusión sensitiva basada en una dolencia espiritual que se manifiesta en la amargura y en la angustia que comienzan levemente para continuar su in crescendo de manera estrepitosa ─si no se les intenta poner un freno que mitigue tales dolores─, todo comienza a verse desde dos ópticas muy relevantes, concretas y diferentes.
La primera, la de la tristeza; indudablemente es la que nos lleva a sentirnos mal y a no entender, en un primer momento, porqué hemos llegado a ese lugar en el que nos encontramos, lugar que sólo nos deja un sabor amargo por estar teñido de sentimentalismo y añoranza, ambos sentimientos que podrían ser buenos y loables en su constitución pero que en estos casos solo vienen a revestir cierta opresión y, por supuesto, mucha desolación. Tristeza que nos mitiga en nuestro accionar concreto y que llega para aflojar nuestro espíritu y hacernos recalar en todo aquello que nos aflige y que en ese momento lo podemos ver y sentir a flor de piel; todo esto dando lugar a la otra de las ópticas, íntimamente relacionada a ésta primera si bien muy diferente.
La otra entonces, la segunda, es la de la claridad que nos permite darnos cuenta de que algo estamos haciendo mal y que todo lo que podamos creernos ─a nosotros mismos─ sobre que las cosas se dan de determinada forma por algo es una falacia que bastaría con solo moverse de una manera diferente para ser derribada y no tener más vigencia ni poder en su enunciado. Porque es cierto que muchas veces nosotros mismos nos vamos ubicando en determinado lugar ─físico y espiritual─ y cuando queremos darnos cuenta de dónde estamos realmente ubicados ya es demasiado tarde para modificar y cambiar algo en todo este cuadro que se nos presenta; a no ser, claro, que nos dispongamos a ver y generar una variación real en todo lo que descubrimos que no era lo que deseábamos para nosotros y para nuestra vida y la de los que nos rodean que, por estar en nuestro contexto de alguna u otra manera, también pasan a formar parte activa de todo lo que se desprende de ese cuadro que nos arrojó la claridad de esta confusión sensitiva.
Que vivir es también sufrir y eso todos lo sabemos y que los sufrimientos no deberían llegarnos “en balde” (de gusto) es un hecho. Por lo tanto es imprescindible poder tomar la batuta de esta orquesta que es en definitiva nuestra vida y manejarla, dirigirla, como realmente nos plazca. Porque después de todo ¿para qué sentirnos mal si es tan hermoso pasarlo lo mejor posible?; con el plus, al mismo tiempo, de hacer que los demás también lo pasen mejor gracias a nosotros.
Que el Universo Sabio, que dictamina en alguna medida sobre nosotros, y que nuestra vida toda, desde sus comienzos y hasta nuestros días ─con lo que ello significa: experiencias pasadas y herramientas recibidas a través de los años así como una maduración y determinación únicas que nos llevaron a ser quienes somos─ sean nuestros mejores aliados y nuestros ángeles protectores que nos ayuden a ser felices y a disfrutar cada vez más de ésto, de vivir.

jueves, 15 de junio de 2017

Empatía. La clave de todo.


EMPATÍA

f. Sentimiento de participación afectiva de una persona en la realidad que afecta a otra:
la empatía consiste en ser capaz de ponerse en la situación de los demás.

(WordReference.com)


Es muy triste ─no hay otra palabra que defina mejor lo experimentado─, al menos para mí y para la concepción que tengo de los valores y posturas asumidos en la vida, ver como se puede ir degenerando una actitud en algunas personas y, por este motivo, cambiando una forma de ser que, en general y a groso modo, podríamos decir que todos traemos desde la cuna, que es aquella que nos hace ser empáticos con los demás, y no a través de impostaciones de la personalidad sino por medio de no dar rienda suelta a esos bajos modales que quizás en otros ámbitos suelen ser aceptados, celebrados y disfrutados (escasos ámbitos, seguramente) pero que en los círculos más amplios y generales pasan a ser una desatención y una desubicación llana y lisa.
Cuando uno llega a cierta edad, cuando se considera adulto (lo que no quiere decir que uno sea un ser aburrido o sin sentido del humor o con una expresión adusta todo el tiempo), hay cosas que deben quedar en el tintero definitivamente, más cuando se está compartiendo con otras personas diferentes a las de todos los días que podría incluir a esas que saben de nuestras reacciones que en otro contexto diferente a ése, el de siempre, llegan a ser odiosas, molestas y provocan cada tanto un desencuentro entre la gente, al no saber cómo reaccionar o asumir los comentarios por ejemplo, que se lanzan de cualquier cosa que pueda estar sucediendo en un instante preciso, así sin más.
Experimentar esos instantes suele ser cómico en algunos casos en primera instancia (aduciendo esta comicidad contextualizada a la desazón de no saber qué hacer o cómo reaccionar ante lo sucedido o dicho; resultante de todo esto: la risa, como sinónimo de una expresión o chivo expiatorio para salir del momento a como dé lugar) y a posteriori suele desembocar en las reacciones más inesperadas; ésas que, por cierto, quienes menos se las esperan son quienes se dieron cuenta de lo que se estaba produciendo y pasaron por un desencanto fugaz pero contundente aunque finalmente hayan podido sortearlo y quienes produjeron tal desacierto con su proceder, ya que para estas personas, nada más natural que ser, desenvolverse y manejarse así.
Porque hasta cierto punto podría entenderse que cada cual es como es y de ahí en más nada debería interferir en el ser como se es, valga la redundancia; pero no, ocurre que hay tiempo y lugar para todo y por tal motivo no se puede ir por la vida como se es siempre, sin tratar de contemplar al menos en un porcentaje ínfimo al otro y a lo que ese otro pudiera sentir con las expresiones que uno tiene.
Pasa por una chiquilinada y formas de ser absolutamente inmaduras, egoístas y ridículas que todos debamos adaptarnos, aunque las entendamos y podamos darnos cuenta que no revisten ninguna maldad, a reacciones adquiridas en otro contexto absolutamente diferente al nuestro. En cada sitio se es como el contexto lo vaya marcando, tampoco esto significa andar siendo falsos y poco auténticos si lo entendemos desde el lugar de que quien se encuentra con alguien es de una manera específica, siendo a la vez, con certeza, completamente diferente a cuando se encuentra con alguien más. Sino estaríamos hablando de un egoísmo sin par en el que los demás deben adaptarse a nosotros para nunca interactuar plenamente, adaptándonos todos (cada uno desde su lugar), como un “encuentro” ─siempre de más de uno, que por eso se “encuentran”─ lo requiere.
Y experimentar, vivir, este tipo de momentos, con sus “in situ” y sus “a posteriori”, es francamente incómodo y desconcertante porque hay que entender que el malestar de presenciarlos y la confusión derivada de las reacciones de todas las partes es algo que nunca podremos evitar aunque bien por fuera nos sintamos estar de lo que dictaminan y decantan todas ellas.
Tal es así que siempre vamos a tener que chocar contra esa realidad que nos sofoca y, nuevamente, nos entristece provocando en nuestro ser, en ese más íntimo y profundo que aspira siempre a la concordia y al bienestar de todas las partes, una añoranza de cuando la empatía abundaba en las almas humanas y no se andaba esperando tanto que a uno lo entiendan en todo lo que hace sino adaptándose a cada momento, como así tampoco sintiendo que todo era contra uno y que el mundo estaba contra uno siempre porque uno, vaya a saber porqué, lo experimentaba de esa manera.
En fin, la gente crece en años y en rebusques y si bien es necesario superarse y entender que no todos pueden estar bien con todos todo el tiempo, está bueno saberse simple y en esa simplicidad hacer sentir simples y bien a los demás.

miércoles, 24 de mayo de 2017

2666. ¿Por qué este título?

Yo he leído 2666 recién ahora, en 2017, es decir un tiempo prolongado después de su primera edición (2004), y realmente me quedé pensando varios días acerca del título que daba nombre a la obra póstuma de Bolaño y de lo que habría querido significar él con éste y lo que llegué a figurarme finalmente (aclaro lo de figuración ─personal─ debido a que es un desenlace propio sobre este supuesto que muchos manejan, acerca de la presente denominación de la obra) fue que tenía que ver con algo caótico, en primer lugar, que por otra parte se ve en cada segmento de la novela donde (el caos) de una u otra manera sobrevuela las páginas a cada momento, caos que tiende a mostrar el desarrollo del mundo contemporáneo, y hacia dónde va dirigido su rumbo, a partir ─y en continuación─ de todo lo que sucede en un presente poco menos que siniestro desencadenado por un pasado no menos tortuoso y mortuorio o pestilente de la humanidad ─toda─, se ubique donde se ubiquen sus protagonistas temporales ─México, París, España, Italia, Alemania, EE.UU, etc.─, todo esto por un lado; y además, por otro lado, al hecho de apuntar decididamente a desconectar al lector de la premisa, tan inherente a cada lectura, de la asociación continua a un epíteto con respecto a una obra, algo que debería olvidarse al momento de comenzar a transitarla para otorgarle el sentido genuino y puro a lo leído, desprendido de cualquier idea preconcebida que podamos hacernos a partir de algo tan efímero como una denominación. En definitiva, el título deberá volar en la imaginación de cada lector que, en teoría, se encontrará en el mismo lugar ─al momento de pensarlo y significarlo─ del comienzo (antes de abrir el libro) cuando termine la novela. Eso fue Bolaño, precisamente, entre tantas cosas más por supuesto, a mi humilde entender; marcador de parámetros a seguir que renueven el acto de leer y de quedarse con una historia dentro de uno, partiendo y finalizando ─y continuando─ con su título, tan intrascendente, en esencia, y a la vez tan absoluto.

viernes, 12 de mayo de 2017

Hipótesis. Suposiciones. Supuestos. ¿Qué otra cosa puede hacerse?

Cuando hay una situación no resuelta en alguna persona, sea ésta situación del estilo que sea, siempre se va a materializar en algo negativo para ella, al menos negativo ante ─algunas─ otras personas, esto es un hecho; y algo que también lo es, y tiene que ver con el mismo hecho que trascenderá a esa persona e involucrará a otras que la estiman, es que ésta acoge la solución de no dar lugar, ni siquiera por acostumbramiento o mero vínculo, a un encontronazo que pudiera ponerla en evidencia ─tan solo ante ella misma, quizás─ de ese motivo que en su vida la supera y la obliga a tomar distancia con una postura de negación, por el simple hecho de no poder asumir y dar con eso de lleno.
¿Y en qué lugar se encuentran, o qué lugar vienen a ocupar, esas personas que estiman a la del tema no resuelto? En el de sentirse separadas y aisladas de ella por el único motivo de que estas terceras personas sí han asumido algo ─eso mismo, sin dudas─ que la primera no pudo y que, por tal motivo, antes de seguir interactuando con quienes sí lo han hecho prefiere olvidarlas y seguir en otro plano su vida de relaciones y vínculos, para que nada ─ni por mera casualidad o contexto─ las lleve a cuestionarse nada de nada. Jamás.
Esto es al menos lo que pueden suponer las terceras personas, aisladas de los vínculos de ésta primera. Simple. Elemental, podría decirse. Seguro, sin temor a equivocación, esa debe ser la hipótesis más cercana a la veracidad en la explicación de un proceder tal que, cuando no ha mediado nada malo entre la persona en cuestión y las otras ─esas que son dejadas de lado en el mero vínculo de relaciones normales─, relega a estás otras por sobre otras más que, teniendo una mirada muy obvia y general (a la vez que snob), son iguales a la protagonista en alguna de las tantas formas de ser ─y elegir ser─ de las personas.
Cosas de las relaciones humanas, por cierto, tan complicadas y vastas en su abanico de presentaciones; pero que vale la pena decir ─aclarar─ que suelen ser más complicadas, muchas veces, en unas personas que en otras que, finalmente, eligiendo ser auténticas pueden estar aquí o allá sabiéndose libres ante el hecho de que nada podría interferir en su relación con el mundo ─con cualquier otro ser─ porque cuando se es quien se desea nada puede frenar ni obstruir el hecho de no andarse con cosas extrañas, que desplazan cualquier tipo de conducta normal y cotidiana, que no pueden ser entendidas completamente sino es a través de una suposición encumbrada tan solo para intentar deducir, un poco al menos, toda esta maraña que viene a significar relacionarse humanamente.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Solo se trata de no agrandar cosas sin importancia.

Muchas veces uno se encuentra afligiéndose, o al menos sintiéndose abatido, por alguna cosa que no merece la menor importancia, teniendo en cuenta lo que realmente reviste su foco de atención además de lo que viene a significar para la propia vida, una vida que siempre debería aspirar en todo momento a dar a cada cosa su verdadera trascendencia.
Por eso hay que tratar de hacer foco en las cosas, o mejor dicho, en los seres verdaderamente importantes que se tiene alrededor y que hacen que la vida no deba reparar en tales cometidos que llevan a sentirse mal para de esta manera, por tal motivo, seguramente lograr, volver a sentirse bien, sonreír y saber que lo demás siempre tiene solución o al menos siempre se puede intentar darle una.
Y se debe sacar de cada experiencia traumática (en definitiva sentirse mal, aunque sea de gusto, es traumático siempre que se tenga en cuenta que uno deja de estar y sentirse bien por algún motivo externo y eso lleva ─se lo quiera o no─ al trauma momentáneo o pasajero pero trauma al fin) algo que sirva para afrontar la próxima. Y aunque en la siguiente desventura de este tipo uno quizás se vuelva a sentir mal a priori, como un mecanismo inconsciente de reflexión ante lo que sucede, hay que saber que enseguida volverán las imágenes y opciones encontradas en la superación de la desazón anterior y entonces todo volverá a estar bien nuevamente.

viernes, 28 de abril de 2017

(in)Coherencia.

La coherencia lo es todo en la vida. En lo mucho y en lo poco. No se puede hacer una cosa que dé a entender o declame explícitamente algo que va en dirección del blanco para después comportarse y proceder como quien va directamente hacia el negro.
De esas cosas, por las que me doy cuenta que soy alguien opuestamente ubicado en su vida con respecto a la incoherencia, saco que nunca podré avalar una actitud o comportamiento de este estilo; sea quien sea, lo lleve adelante.
Me indigna indiscutiblemente tener que presenciar algo tan básico que debería poder evitarse para no hacer mella en la mera dignidad personal de quien lo lleva adelante ─dignidad que sólo hace a esta cuestión de la coherencia y el respeto propio que se genera alguien en primer lugar a sí mismo con su obrar no opacando otras virtudes o bondades de quien caiga en este vicio; pero dignidad también al fin─ y que sin embargo se hace y se lleva a cabo por algún placer o gusto, personal también, que no se está dispuesto a resignar.
Yo podré ser ─lo soy, lo sé, sin dudas─ de ese tipo de personas que llevan más de un encontronazo o algún menosprecio en su bagaje de experiencias personales por este mismo motivo de nunca, ya desde un lugar inconsciente y absolutamente resuelto racionalmente en algún momento de mi vida o a través de las sucesivas experiencias vividas; decía, de nunca pero nunca ceder ante unas mieles que podrían ser atractivas o al menos encantadoras si me estarían llevando a verme ubicado en algún lugar en el que no todo condiga con lo que soy y hago con mi vida, conmigo mismo, desde siempre.
Es tal vez por este motivo que hoy, viernes 28 de abril de 2017, escribo estas líneas como disparador de alguna idea que no es para nada efímera o general, por otra parte, y que viene a sostener en mí la consigna de que ser coherente es fundamental para sentirse bien y saberse auténtico desde lo personal pero no necesariamente lo más conveniente para ser respetado, seguido o valorado a ultranza por el resto de la gente. Ya se sabe, por estos días, los de esta era moderna, todo va y es para el lado que sople el viento y así se acostumbran todos ─una gran mayoría al menos─ a dejarse arrastrar y ser por esos vientos de placeres, brillantes quizás pero escuetos como todo ese tipo de cosas, propias de estos tiempos.
Es así, y está bueno saberlo. Prefiero quedarme con mi autenticidad vinculante por esa coherencia tan en desuso u olvidada quizás y ser auténtico para mí y para los pocos, pero fuertes vínculos, que me acepten y no ir siendo una veleta que hace algo que luego se olvida para participar de otra cosa en la que si se tuviera en cuenta eso primero que se hizo no se podría siquiera tener la osadía de intervenir.

jueves, 27 de abril de 2017

Tantas vidas.

Es infinito el abanico de momentos por los que atraviesa una vida cualquiera (un ser humano) sin ningún otro aditivo ─esa vida─ que simplemente vivir.
Por este motivo ninguna vida es pobre en el sentido de vivencias y experiencias acumuladas. Ninguna vida quedará jamás obsoleta en su metier de vivir puesto que siempre se va a estar experimentando algo diferente al segundo anterior y esto, sin dudas, es una inmensa facultad ─que se trae desde la cuna y que hace a cualquier vida múltiple en vivencias para de ahí en más ser lo que cada vida es y hace consigo misma─ que nos hace inmensamente ricos. Definitivamente ricos.
Hay que saberse siempre en el momento y lugar justo porque de otra manera, pensándose por el contrario siempre en el lugar equivocado y el momento menos oportuno, se va a estar restando en esa facultad innata de experimentar cosas que fluyan a través de nuestro ser por lo que decante lo vivido en diferentes momentos.
También se podría hacer una observación con respecto a eso de creerse equivocado, de momento y lugar, ya que esto vendría a sumar en el crisol de sentires y experiencias interiores personales experimentadas que seguramente se presentarán para dar paso luego a otros abordajes de la misma empresa concluyendo de esta manera que ese es también otro de los escalafones de tantas vivencias que atraviesa una vida, como dijimos, cualquiera. Algo para tener en cuenta, por cierto.
Que se vive, y eso es lo importante, de esto no hay dudas. Siempre vamos a ir tanteando sobre el camino como “ir”, según el tiempo y trayecto que nos toque experimentar, porque en definitiva ese será el mejor parámetro para “ver” cómo seguir.
Son las vidas que van por este universo tan diferentes unas de otras y tan similares a la vez que si se quisiera hacer una lista que enumerara al menos las principales nociones de cada idea ─igualdades y diferencias─ sería imposible, no el hecho de comenzarla pero sí finalizarla o darle una forma definitiva para que pueda ser presentada como guía a tener en cuenta.
Vivir es una aventura y aunque sea esta una frase tan trillada y repetida siempre toma nuevo significado y justa aplicación cuando se la utiliza o se la dice en contextos como el aplicado ahora.
Por eso, ¿vamos a pensarnos pobres o menos que algunos o, a la inversa, vamos a considerar a otros u otras inferiores a nosotros por lo que apenas podamos ver en la superficie de lo mínimo que se deja asomar cuando uno ve a alguien más?
Sincerémonos y vayamos por la vida valorándonos, sí, pero también, y fundamentalmente, valorando a todos los demás porque tanta riqueza oculta, o quizás demostrada a los cuatro vientos, no puede pasar desapercibida. Al menos no debería.

miércoles, 29 de marzo de 2017

El barro de la soledad.

No siempre la vida de las personas es eso que los demás creen ver a simple vista.
Muchas veces la paz y el brillo que pueden emanar algunos individuos puede ser la antesala de un padecimiento que no nos podemos imaginar por ese mismo motivo de que no muestran la cara auténtica, exhibiendo ─no una falsa pero sí─ una convenientemente construida para no dar a entender motivos que nada deben significar, en teoría, para los demás; y, por tal motivo, mejor ocultarlos.
El dolor no solo debe traducirse en un malestar físico, esta es una noción de jardín de infantes, claro; el dolor puede inundar un cuerpo ─¡un cuerpo sí!─ sin ser un dolor físico cuando ese alma que lo contiene y es afligida excede su poder de contención y ─quiérase o no─ se desborda dejando expandir tal malestar por el ser entero; aunque sólo por éste y nunca hacia los demás ─respetando la consigna inicial de mostrar una cara que jamás dé a entender el dolor atravesado─. Después de todo ya se sabe que nadie quiere enterarse de nada que no sea alegre o venturoso, menos si no es algo acerca de sí mismo o del círculo de los que realmente le importan en su vida.
Es por motivos similares a ese desborde del alma herida que quienes están solos, a pesar de tener a un puñado de almas que los aman y quieren lo mejor para ellos ─dando incluso todo lo que pudieran para sí saber tales desventuras y pesares para consolar y (tratar de) ayudar─ aunque sin ser (estas almas) quienes deberían en realidad “estar ahí” (él o ella, porque en este caso no hay plurales para el protagonismo de quienes no se hacen protagonistas), no tienen más remedio que paliar bajo diferentes formas y compañías esas ausencias tan contundentes que los convierten en “solitarios”.
A veces, teniendo en cuenta este dolor de soledad que aparece primero en determinado momento del año, luego en algunos días particulares de la semana y finalmente en la idea de mirarse a uno mismo y verse, saberse y sentirse de “tal” forma, todo se vuelve irrelevante y las cosas van y afloran por diferentes caminos y alternativas; siendo muchas de éstas, muchas veces, las menos imaginables en otro contexto atravesado con anterioridad, antes de haber llegado a ocupar el que póstumamente congrega a la soledad.
Y la soledad es una sola (valga la redundancia) y es esa que no se puede eximir de una existencia fundamentando amigos alrededor, conocidos, vecinos o ─punto absolutamente relevante en este momento─ familia paterna y materna cerca (o lejos, pero presente al fin) porque cuando uno creció y voló del seno familiar primario formando, o acercándose en la comparación de lo logrado, un tipo de familia del tipo que sea (tradicional o de unión no convencional, sin papeles en primera instancia y sin toda esa batería de cosas que encierran las familias tipo, como esa de la que uno proviene generalmente) uno quiere, pretende al menos, aunque sin entrar en exigencias perentorias o vanas, que esa otra base de esta segunda familia que aparece en nuestra vida, la formada por nosotros una vez despegados de la que nos vio nacer, sea quien esté y "se vea", al menos para mirarla a los ojos y saberla cerca; todo esto por supuesto cuando ambas partes desean estar y sentirse tan cerca como sea posible de la otra, venciendo los obstáculos que se les pudieran presentar para logar tal aspiración.
Y a veces sucede, muy seguido, ¡claro que sucede!; hablo del hecho de desear desde ambos lugares el saberse presente en cuerpo y alma para el otro, sin importar nada más. Y es una bendición que se dé así entre dos personas que decidieron en algún momento formar algo ─más allá de lo que fuera la forma redundante finalmente conseguida de lo deseado─ que perdure en el tiempo, acrecentando todos los deseos y las ganas de estar mutuamente dependiendo afectivamente del otro para evitar, en definitiva, lo que todos y todas buscamos evitar en este mundo, aunque a veces nos ufanemos de lo contrario por no tener otro as en la manga para evitar mostrarnos vulnerables y susceptibles, la soledad.
Y también pasa que no sucede, y muy seguido pasa también; inclusive habiéndose dado los primeros pasos en ese “decidir formar algo de a dos”, tan encantador y soñado inicialmente. Aunque a decir verdad pasa de manera muy diferente con respecto al caso anterior, claro; con accidentes (la idea de los del tipo geográficos, esencialmente, que van definiendo un terreno y su constitución) y trastabillones que dejan en claro que la cosa que no fue bien iniciada al principio no podrá, por más que se la trabaje, encauzarse y seguir un curso esperable; al menos esperable por una parte ya que cuando es sólo una de las parte la que desea que algo mejore y se transforme, en aras de la unión real de verse y de estar para el otro y no de la (unión) ficticia que tranquiliza (?) conciencias que “haciéndose presentes” a través de cosas que no tienen mayor significación en el hecho del deseo o el esfuerzo de intentar conseguir estar juntos, es cuando la cosa no avanza ya que se requiere del impulso de ambos motores de una relación para sacar lo que sea necesario “a flote”, o de lo contrario nada se conseguirá a pesar de esfuerzos, resignaciones difíciles y ganas de mejorar algo (sólo desde una parte).
Todo esto a cuento de que siempre hay que tratar de la mejor manera posible a todas las personas que se crucen en nuestro camino porque hasta las que ofrecen un trato poco cortés quizás en algún punto estén atravesando el desbordamiento de un alma abatida que solo quiere contener su dolor pero que se le hace muy difícil y hasta imposible hacerlo.

martes, 14 de marzo de 2017

El pequeño rebelde de la poesía universal.

Basándome en una reseña leída en Internet acerca del libro que acabo de adquirir con las obras completas del gran poeta francés del siglo XIX y de todos los tiempos, Arthur Rimbaud, donde dice que su obra había sido publicada hasta ahora solo en España ─haciendo clara referencia a su traducción al castellano─ (teniendo en cuenta que yo vivo en Buenos Aires, Argentina, Sudamérica) y de una forma “poco cuidadosa” ─así define la aparición anterior de libros de este autor─ argumentando que, entre otras cosas, su correspondencia sólo estaba disponible en breves antologías temáticas, por ejemplo, además de que su poesía aunque en algunas ediciones su título figurase como «Obra poética completa» había sido parcialmente sesgada ya que hasta en las mejores traducciones, a cargo de grandes poetas, se habían dejado de lado los veintidós poemas que conforman el llamado "Álbum Zutique" (seguramente por su contenido retorcido, escatológico y con marcadas dificultades que hacían ─porqué no─ inverosímil su traducción optando por descartarse su inclusión final en tales presentaciones aunque éstas osaran de ser completas) es que comparto este único estilo de felicidad que provee el hecho de ser amante de las letras ─específicamente de la poesía─ y dar con ellas, por casualidad quizás, pudiendo llevarnos con nosotros a nuestra casa tales tesoros para que pasen a formar parte de nuestra biblioteca, y no como adorno sino como motivo de lectura y consulta permanente.
La Obra completa ─realmente completa─ y bilingüe de Rimbaud que acabo de incorporar a mi vida literaria, luego de estar interiorizándome en ella, puedo contarles que reúne desde sus creaciones escolares en latín hasta sus poemarios (colección de poemas) finales. Tiene, como es de imaginar para los conocedores de la obra del poeta adolescente y rebelde, “Una temporada en el infierno”, y por supuesto “Iluminaciones”; sus textos en prosa, incluido el relato “Un corazón bajo una sotana”, que es definido de primordial importancia para entender gran parte de su obra.
Posee, claro está, la correspondencia completa y cabal que permite traslucir su relación con su familia y con Paul Verlaine, y su experiencia en África; como no podía ser de otra manera en la obra de este autor que se precia de completa.
La poesía en esta obra fundamental sigue el orden cronológico de redacción ─estimada (obviamente, y se entiende) cuando los manuscritos originales no tienen fecha de elaboración─, y posee también, convirtiendo esta pieza en un libro de una (moderada) fácil lectura ─la obra del poeta suele ser complicada, sinuosa y tortuosa para su abordaje aún luego de la traducción previa, en diferentes momentos de su lectura─ una glosa que aclara el contexto en el que fue escrita, las dificultades textuales que plantea (volvemos aquí a lo retorcido en diferentes momento de su escritura) y el oscuro sentido de algunos poemas, básicamente los reunidos en Iluminaciones.
En fin, que ayer caminando con mi perro por la calle de repente veo en la vidriera de una librería esta joya que siempre ─desde hace mucho tiempo al menos─ había deseado tener y que afortunadamente y por esas cosas del destino llegó a mí sin previo aviso y terminó, al día siguiente ─hoy martes 14 de marzo de 2017─, siendo mía, absoluta y enriquecedoramente mía.

domingo, 12 de marzo de 2017

Había una vez... ¡UN CIRCO!

El disgusto de encontrarse otra vez ante la jodida actitud de no sólo no tener en cuenta al otro sino también ─pareciera— de querer interferir y embromarlo adrede no tiene límites cuando se descubre que una y otra vez se será pisoteado de la manera que sea para demostrar que no se sabe de ningún tipo de decoro ni de respeto por lo de otros.
Es así que en la vida sucede mucha veces que las cosas que uno creía no llegar a vivir, simplemente por no imaginarlas al no poder ponerse a pensar hipotéticamente en ellas por una falta de rebusque y malicia mental, suceden; y esto sólo nos demuestra que en la vulgaridad de creerse con derecho a todo por sentir que todo se lo puede por una facilidad "X" ─que nada debería significar para hacer mella sobre otra noción aunque sí lo haga─ se pasa por encima de alguien, de algo y de alguien más, livianamente, ya que en este caso quien es seducido y arrobado (por mieles atractivas que a primera instancia e impresión solo son bondad y magnanimidad pero que a ojo de buen cubero encierran el desplante más obsceno a un contexto latente que se ignora aunque se conoce) permite en última instancia la gran burla que conlleva ese circo, burla de la que solo disfruta un pequeñísimo par de mentes ordinarias y, por cierto, todavía más sucias aún que exceden al embelesado espectador.
Y hay que sortear la valla y continuar porque ¿qué otra cosa podría hacerse si el principal protagonista de la burla ─el principal burlado─ en su deslumbramiento inocente y naif ─¿inocente y naif?─, abstrayéndose increíblemente de todo este circo, participa activamente y festeja el desarrollo de la función? ¡¿Qué hacer entonces?! Nada. Bancar la cuota imprescindible de amargura y bronca que aparecerá por un lado al ver que no puede ─no debería─ ser real este burlesque que se permite, y que en un caso desmesurado (o peor aún, innecesario) se defiende y se justifica denostando la consecuencia final del mismo y la sinrazón que deja tal espectáculo al saberse ─además del principal burlado─ el coprotagonista absolutamente principal (que visto éste último desde el accionar y visión pestilentes del autor intelectual de "la función") una vez más es burlado, denigrado y ninguneado sin necesidad de tal empresa.
Si Mahoma no va a la montaña, ¿es necesario que la montaña vaya a Mahoma? No me parece. ¿Con qué propósito? Si se está tan bien en esa ─aparente─ desconexión ¿para qué aparecer para ofender o querer sentar bases de poder o autoridad por el simple hecho de ─quizás─ poder hacerlo en otros ámbitos sin que se lo vea o se le comunique formalmente algún tipo de desagrado?
Hay que conformarse y reconstruirse, entonces, desde el lugar de poder decirse a uno mismo "aquí no". Si en otros ámbitos el reflejo de tanta exageración chabacana surte efecto, pues bien, "aquí no". Y como sería irrisorio querer expresarlo para alguien en algún momento dado, porque las luces de ese circo dejan encandilados a los débiles de mente o con afecto impertérrito ante cualquier cosa o actitud que se desarrolle, hay que sentar las bases para uno, para así no tener que enfrentarse a la disyuntiva de querer hacerlo donde se debería, sabiendo que las palabras serían arrojadas a la nada misma, saliendo lastimado (uno) aún mucho más.
¡Qué sería de la vida de algunos seres humanos que suelen ser regularmente denigrados sin un momento oportuno de reflexión mental o escrita que los libere de esa opresión ─aunque uno no la permita puede darse cuenta de que otros quieren que suceda─ de sentirse menos que nada, tan poca cosa, menos que eso aún! (Reflexión, ésta última, lanzada al aire y sin respuesta; al menos en esta entrada de blog).
Y así será mientras no se pueda hacer otra cosa para luchar contra esos molinos de aspas raídas y oxidadas que a simple vista, por supuesto, se ven brillantes y generosos en su movimiento y su andar a través del viento.
Es así, y no hay mucho más que agregar. Solo que ante estas embestidas no hay que intentar permanecer de pie a como dé lugar, por el sólo hecho de sentir que uno no cae o que desde nuestro afuera logran el objetivo de desprecio ─que quizás tampoco sea tan puntual como uno lo imagina, vaya uno a saberlo ante tanta suciedad viciada por el tiempo─ sino permitirse la proeza (solo los valientes la asumen) de sentirse tocado y aflojarse, o desarmarse, o caer ─en forma absolutamente privada y personal, si fuera necesario, por supuesto─ para luego, de a poco y con fuerza, rearmarse y salir nuevamente al ruedo de la vida, a vivir, a ser, a seguir; porque nada ni nadie debería jamás tener la capacidad de hacer a alguien tan poderoso o al menos tanto como realmente se cree que es.

"...que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafados, contentos y amargados..."

martes, 7 de marzo de 2017

Que brote música, de él y de mis manos.

La música viene a mi vida para emocionarme de una manera que cada día me sorprende más ─descubrir─ cómo se manifiesta en mí.
Desde siempre amo la música, y tengo recuerdos que me remontan a la primera infancia, ese momento cuando uno es bien bien pequeñito pero que, vaya a saber porqué motivos, ya puede atesorar en su memoria emocional recuerdos del tipo de los que lo marcan para siempre.
Tal es así que me veo de pequeño con momentos, fugases o prolongados, que me relacionan al hecho de estar participando en algo que tenga que ver con la música.
Debo agradecer a mi papá que siempre, por lo general cada noche después de la comida, tocaba la guitarra y hacía que cantásemos junto a él en su cuarto ─para no molestar a mi mamá que se quedaría por el resto de la casa─ mi hermana y yo. Éste, por ejemplo, es el primer recuerdo vinculante que yo siento que me ligó a la música de una manera fundamental.
Y como todo comienzo tiene un inicio, que generalmente no suele ser para nada rimbombante o espectacular, este que acabo de contar fue el mío en el apasionado romance que tengo desde entonces con la música. Al menos el que yo puedo razonar y del que puedo tener conciencia explícita y contundente ─no creo, de todas maneras, que haya sido otro el origen de esta atracción que siento por la música ya que descarto que durante el embarazo hubiera recibido algún tipo de estímulo a través de mi madre (relacionado con músicas, melodías, o ese tipo de terapias que suelen hacerse principalmente en estos tiempos actuales) o que "el son" llegase hasta mi desde el exterior, producto de estar en un contexto musical, a no ser que mi padre transmitiera (por repetición con sus guitarreadas) estos estímulos a la panza de mi mamá y yo los captara muy capciosa y gustosamente. Pero esto ya es vacilar sobre un supuesto que nunca podré llegar a saber completamente─.
Volviendo al presente ─y teniendo en cuenta este pasado─ es que no puedo dejar de vivir un solo día sin la música. Es a través de ella que mi emoción, mi "a flor de piel", encuentra el punto exacto para alcanzar ese estado tan vivificante y pasional que me sitúa ─cuando estoy atravesándolo─ en un lugar de auténtica felicidad, realización y (al menos en mi caso) creación absoluta que no puede hacer otra cosa que reconfortarme y generar en mí el mejor bienestar.
Y como siempre estuve vinculado con la música recuerdo que en el jardín de infantes (kindergarten o jardín de infancia según los países) adoraba los actos de bailes ─fechas patrias con danzas típicas de mi país y todo eso─ más allá de por el mero hecho de figurar y estar in situ en esos acontecimientos escolares ─lo tengo bien claro, ya que también amaba todo lo relacionado a tocar los toc-toc, el triángulo y todos esos fáciles instrumentos con los que comienzan a relacionarse los niños al comienzo de su etapa educativa, incluido más adelante la flauta dulce, por supuesto─. Y tal es así, que 
siempre estuve vinculado con la música, que al crecer me relacioné por propia iniciativa yendo, por ejemplo, a estudiar al conservatorio (de música, claro). Y me vinculé con la forma coral, es decir vocal, también allí, además de con las teclas y las cuerdas (percutidas) del piano. Y como luego de varios años la vida me llevó por otro camino, aunque no dejé de vincularme con la música jamás, al no continuar el tiempo de estudio de la teoría y el solfeo, y todo lo que ello representa profundizando el ─arduo─ estudio de un instrumento específico, me alejé de este instrumento, simplemente porque convengamos que un piano no es fácil de llevar a todos lados (por ejemplo a una plaza, a la casa de un amigo, a unas vacaciones, etc.) y volví a un instrumento que tocaba desde pequeño, como lo hacía ─por puro hobby y placer─ mi papá, y que es fácil de suponer en este momento: la guitarra.
Y ahora, en mi presente, siempre musical también por supuesto, estoy absolutamente enamorado y enloquecido con un nuevo instrumento que estoy seguro que es el que llegó a mi vida para quedarse definitivamente y para ser el protagonista en mi elección hacia un instrumento de todos los existentes ─afortunadamente─ en el exclusivo mundo musical, sito dentro de este gran mundo ordinario de todos los días; y hablo del ukelele.
Lo siento como ese instrumento que es justo el que mejor me sabe tocarlo (tenerlo junto a mí, rozarlo, acariciarlo), ejecutarlo y estar descubriendo cada día nuevas formas de abordarlo y de enriquecer cada interpretación, asombrándome por la riqueza y la calidad de sonidos que esta diminuta "cajita de madera" —guitarrita— de cuatro cuerdas puede ofrecerle a su intérprete; es decir, en este caso, a mí.
El ukelele llegó cuando el piano estaba relegado por la guitarra que, siendo comparativamente mucho más transportable y práctica que el primero, de todas formas no me nacía o llamaba llevarla a todos lados, como por ejemplo a las vacaciones, donde si bien la llevaba a la ciudad donde veraneaba no lo hacía a la playa (la tocaba sólo por las noches o cuando me encontraba en el departamento), en primera instancia por un tema de cuidados hacia el instrumento con respecto a la arena y la sal y todo eso, aunque creo que en definitiva era porque (aunque parezca una sinrazón) la veía demasiado grande para andar cargándola como una cosa más además de todos los otros objetos que, se sabe, uno lleva a la playa. En cambio con este instrumento, el ukelele, pasa todo lo contrario; este verano, por ejemplo, estuvo conmigo todos los días que fui a la playa, y si bien al regreso a mi casa, a mi ciudad ─al final de las vacaciones─, tuve que hacerle una limpieza muy profunda (producto de la suciedad que tenía y que era la misma que temía que ensuciara a la guitarra en otro tiempo) nada le pasó al instrumento ni a su estuche ni a nadie, lo que demuestra que con la guitarra nunca quise hacer lo que hice ─y hago ahora─ con mi ukelele porque no estaba motivado realmente para ello, sencillamente.
Que soy feliz con mi ukelele, y que toda la introducción que ha tenido esta entrada de blog era simplemente para demostrar, en primer lugar, que quien se conecta con la música desde la primera edad, desde los inicios de su caminar por esta vida, estará signado por ella hasta el último día que permanezca aquí y, en segundo término, para reflexionar acerca de que siempre podemos estar sorprendiéndonos ante el encuentro de una nueva forma musical ─un nuevo puente que nos acerque a ella de una manera diferente y renovadora─ (todos aquellos que vivimos o participamos de la música, y de su ejecución y creación, de alguna u otra forma) que venga a colmar en forma total nuestras expectativas, nuestros deseos y nuestros gustos, aunque quizás no nos hubiésemos dado cuenta completamente de ellos hasta no haber dado con la novedad en cuestión.
En esta nueva etapa de mi vida, entonces, y sé que de aquí en adelante para siempre, este pequeño instrumento de cuerdas ha venido a renovarme, a impulsarme creativamente y a colmarme de felicidad a cada momento que lo tomo entre mis manos para dejarme fluir y que de él y de mí brote simplemente música, sólo eso, y nada más que eso; ¡qué no es poco!

sábado, 4 de marzo de 2017

Vuelta al ruedo, ¿y al acostumbramiento?

Volviendo al ruedo ─al blog─ luego de un tiempo (un par de meses; desde el año pasado, más precisamente) de no andar por aquí; lo que me lleva a pensar en que todo es cuestión, en cierto grado, del acostumbramiento que vaya operándose en cada uno con respecto a "ciertas rutinas" que se llevan adelante, muchas veces ─quizás─, sin darse real cuenta de porqué nos vemos inmersos "en ellas".
En fin, que vuelve a arrancar paulatina y abruptamente ─contradicción válida según los casos─ el año ordinario de "durante el año", en el cual cada uno retoma a sus tareas habituales y de esta forma pasa a moverse imperceptiblemente de una manera que a la sazón lo llevará a la automatización de sus actos y a ese acostumbramiento del que hablaba al inicio y el cual, por más que queramos zafar para no caer presas de él, termina absorbiéndonos y ─valga la redundancia─ haciéndonos su presa.
Por eso estoy nuevamente aquí, escribiendo y expresándome, lo que no quiere decir que antes ─en ese tiempo en el que me ausenté del blog y de sus "acostumbradas" publicaciones diarias, semanales o de algún otro tipo de intensidad temporal— no hube experimentado algo digno de plasmar en una entrada (de blog) o no hube sentido ganas de expresar algo; sino que como, seguramente, al estar viviendo el momento extraordinario del año, hablando del mes de las vacaciones en la playa en el cual todo cambia su rutina con respecto al resto de los meses y por eso lo de "extraordinario", tuve otras prioridades en mi "nuevo acostumbramiento" y fue así que éste, el de volcar temas aquí, se vio relegado por pertenecer a otro tiempo del año, que es efectivamente éste en el cual estoy volviendo, como dije al comienzo, al ruedo con él.
Dicho esto, a modo de aclaración pertinente para reanudar el camino de la letras bloggeras, y sin más, arranco de lleno el año de "De todo como en Botica"; siempre sensible, siempre despiadado, siempre auténtico, siempre dispuesto a expresarme, para mí, para todo aquel que ose interesarse en pasar por aquí; o para nadie quizás (o porque sí) ya que sale naturalmente de mí ser escribir, y no lo reprimo, y me lo permito, y lo hago como salga en este espacio.
Y para inaugurar este año ─llamando de alguna forma a esta primera entrada─, en esta oportunidad, voy a seguir ahondando en el tema del acostumbramiento ya que es un vicio muy peligroso que, si se lo deja actuar y avanzar, amenaza, o puede hacerlo en un alto grado, con romper estructuras mucho más importantes que las que puede estar apañando o pueden estar encuadrándose dentro de él.
Dentro del acostumbramiento "maldito" (no vamos a tener piedad con este hábito), mientras se lo padece, se lo vive, las cosas se dan naturalmente y todo fluye dentro de parámetros aceptables; ya que esa es una de las capacidades admirables que produce este síntoma colectivo donde nada se ve claramente sino hasta que se está lejos del momento donde todos estaban acostumbrados a algo o inclinados al uso y práctica frecuente de una cosa u acto.
Por eso es a la distancia cuando mejor se puede descifrar la mentira que encierra en sí mismo este motor que hace que nada se subleve ni se revele contra nada ni contra nadie porque ese aroma engañoso de "lo acostumbrado a vivir" viene a ser como una clara nota de incienso que, imperceptiblemente, va adormitando los ánimos y las reacciones en pos de no romper el esquema tan "tolerable" del mismo acostumbramiento.
Es claramente predecible que todo esto lo podemos saber cuando ya ha pasado mucha agua bajo el puente y tenemos la oportunidad de revivir, aunque en contextos muy diferentes, y sin buscarlo por supuesto, parte de ese acostumbramiento que se operaba en otro contexto de tiempo y espacio y chocamos entonces contra la cruda realidad que representa el hecho de que se haya esfumado ese acostumbramiento para dar lugar a la verdad en su máxima expresión, haciendo que todo lo que otrora se toleraba, se fingía, o simplemente se manipulaba, ahora de rienda suelta a su verdadero ímpetu y a su más cabal intención de acción y reacción.
Puede sonar algo complicado, quizás, a la mera lectura de la idea, pero quienes han experimentado tales venturoso y afortunados desacostumbramientos porque su vida los ha bendecido permitiéndoselo, y luego se ven sometidos por esas vueltas del destino nuevamente a un contexto donde sí se contemplaba ─que aunque contexto diferente, al volver a convocar a los mismos actores no deja de ser el mismo─ lo deben comprender al dedillo; porque si se vuelve a sentir exactamente lo mismo de hace más de una o dos décadas atrás ─aunque sea por otro canal─ y ahora con la despiadada falta de tino que representa el paso de una o dos décadas en las que como puede apreciarse nada ha cambiado salvo la libertad de poder ahora sí, ya sin ese acostumbramiento, hacer lo que se venga en ganas y no apenas lo que se podía, te das cuenta que es ahora también cuando las cosas toman su verdadera significación y hablan por sí solas, aunque en ese viejo tiempo del acostumbramiento in situ también lo supieras y te dieras cuenta de ello.
¿Y cuál es la resultante de toda esta farsa; la resultante, a nivel emocional y vivencial?, a eso me refiero, claro; y no para quienes muestran su peor rostro ─que no deja de ser loable ya que es el auténtico y de esta manera se están salvando de cualquier tipo de acusación de falsedad o actuación premeditada─ sino para quienes vuelven a caer en la cuenta del vicio que significaba estar acostumbrados a eso que ahora ya no importa y por tal motivo se vulnera y se degrada.
¿Que cuál es entonces? Realmente, si bien son muchos los elementos que integran el abanico que resulta de volver a revivir algo así, todo puede resumirse, sin ninguna duda, al único estado, tan mentado y absoluto en diferentes momentos de la vida de todos los seres humanos, y por lo que podemos saber también de seres animales ─aunque no sea el tema que me compete en este momento─ que es el dolor. Porque todos los momentos y sensaciones que puedan atravesarse siempre van a llevar a este triste capítulo que abarca tanto las frustraciones, los enojos, los desencantos, las desesperanzas y todo aquello que pueda sentirse ante cimbronazos de este tipo producidos por hechos como el que les comparto.
Y sí, como estarán imaginando, volví a chocarme con esta pared yo también en algún momento cercano a éste de la escritura y a experimentar esta cruda realidad. Por eso comparto y desentraño este accidente, para tratar de razonarlo y entenderlo mejor yo y, quizás, ayudar a alguien que pueda estar atravesando por algo similar y, ¡justa casualidad!, ande por aquí leyendo.
Y la idea final no debe ser que ese dolor es inevitable. Es esperable, en todo caso, y nada más. De allí en adelante habrá que superar lo que deba ser superado y aceptar aquello que se muestra tal cual es, y seguir, y mirar para otro lado si es necesario, porque lo que se ha torcido desde un comienzo ─si nos ponemos a pensarlo fríamente─ era esperable que siguiera torcido con el pasar de los años.
Buena vida para todos, para ellos, y para nosotros; y sigamos caminando que esto no puede significar otra cosa más que una pequeña piedrita que hay que saltar o, en todo caso, patear para seguir caminando.