martes, 14 de marzo de 2017

El pequeño rebelde de la poesía universal.

Basándome en una reseña leída en Internet acerca del libro que acabo de adquirir con las obras completas del gran poeta francés del siglo XIX y de todos los tiempos, Arthur Rimbaud, donde dice que su obra había sido publicada hasta ahora solo en España ─haciendo clara referencia a su traducción al castellano─ (teniendo en cuenta que yo vivo en Buenos Aires, Argentina, Sudamérica) y de una forma “poco cuidadosa” ─así define la aparición anterior de libros de este autor─ argumentando que, entre otras cosas, su correspondencia sólo estaba disponible en breves antologías temáticas, por ejemplo, además de que su poesía aunque en algunas ediciones su título figurase como «Obra poética completa» había sido parcialmente sesgada ya que hasta en las mejores traducciones, a cargo de grandes poetas, se habían dejado de lado los veintidós poemas que conforman el llamado "Álbum Zutique" (seguramente por su contenido retorcido, escatológico y con marcadas dificultades que hacían ─porqué no─ inverosímil su traducción optando por descartarse su inclusión final en tales presentaciones aunque éstas osaran de ser completas) es que comparto este único estilo de felicidad que provee el hecho de ser amante de las letras ─específicamente de la poesía─ y dar con ellas, por casualidad quizás, pudiendo llevarnos con nosotros a nuestra casa tales tesoros para que pasen a formar parte de nuestra biblioteca, y no como adorno sino como motivo de lectura y consulta permanente.
La Obra completa ─realmente completa─ y bilingüe de Rimbaud que acabo de incorporar a mi vida literaria, luego de estar interiorizándome en ella, puedo contarles que reúne desde sus creaciones escolares en latín hasta sus poemarios (colección de poemas) finales. Tiene, como es de imaginar para los conocedores de la obra del poeta adolescente y rebelde, “Una temporada en el infierno”, y por supuesto “Iluminaciones”; sus textos en prosa, incluido el relato “Un corazón bajo una sotana”, que es definido de primordial importancia para entender gran parte de su obra.
Posee, claro está, la correspondencia completa y cabal que permite traslucir su relación con su familia y con Paul Verlaine, y su experiencia en África; como no podía ser de otra manera en la obra de este autor que se precia de completa.
La poesía en esta obra fundamental sigue el orden cronológico de redacción ─estimada (obviamente, y se entiende) cuando los manuscritos originales no tienen fecha de elaboración─, y posee también, convirtiendo esta pieza en un libro de una (moderada) fácil lectura ─la obra del poeta suele ser complicada, sinuosa y tortuosa para su abordaje aún luego de la traducción previa, en diferentes momentos de su lectura─ una glosa que aclara el contexto en el que fue escrita, las dificultades textuales que plantea (volvemos aquí a lo retorcido en diferentes momento de su escritura) y el oscuro sentido de algunos poemas, básicamente los reunidos en Iluminaciones.
En fin, que ayer caminando con mi perro por la calle de repente veo en la vidriera de una librería esta joya que siempre ─desde hace mucho tiempo al menos─ había deseado tener y que afortunadamente y por esas cosas del destino llegó a mí sin previo aviso y terminó, al día siguiente ─hoy martes 14 de marzo de 2017─, siendo mía, absoluta y enriquecedoramente mía.

martes, 7 de marzo de 2017

Que brote música, de él y de mis manos.

La música viene a mi vida para emocionarme de una manera que cada día me sorprende más ─descubrir─ cómo se manifiesta en mí.
Desde siempre amo la música, y tengo recuerdos que me remontan a la primera infancia, ese momento cuando uno es bien bien pequeñito pero que, vaya a saber porqué motivos, ya puede atesorar en su memoria emocional recuerdos del tipo de los que lo marcan para siempre.
Tal es así que me veo de pequeño con momentos, fugases o prolongados, que me relacionan al hecho de estar participando en algo que tenga que ver con la música.
Debo agradecer a mi papá que siempre, por lo general cada noche después de la comida, tocaba la guitarra y hacía que cantásemos junto a él en su cuarto ─para no molestar a mi mamá que se quedaría por el resto de la casa─ mi hermana y yo. Éste, por ejemplo, es el primer recuerdo vinculante que yo siento que me ligó a la música de una manera fundamental.
Y como todo comienzo tiene un inicio, que generalmente no suele ser para nada rimbombante o espectacular, este que acabo de contar fue el mío en el apasionado romance que tengo desde entonces con la música. Al menos el que yo puedo razonar y del que puedo tener conciencia explícita y contundente ─no creo, de todas maneras, que haya sido otro el origen de esta atracción que siento por la música ya que descarto que durante el embarazo hubiera recibido algún tipo de estímulo a través de mi madre (relacionado con músicas, melodías, o ese tipo de terapias que suelen hacerse principalmente en estos tiempos actuales) o que "el son" llegase hasta mi desde el exterior, producto de estar en un contexto musical, a no ser que mi padre transmitiera (por repetición con sus guitarreadas) estos estímulos a la panza de mi mamá y yo los captara muy capciosa y gustosamente. Pero esto ya es vacilar sobre un supuesto que nunca podré llegar a saber completamente─.
Volviendo al presente ─y teniendo en cuenta este pasado─ es que no puedo dejar de vivir un solo día sin la música. Es a través de ella que mi emoción, mi "a flor de piel", encuentra el punto exacto para alcanzar ese estado tan vivificante y pasional que me sitúa ─cuando estoy atravesándolo─ en un lugar de auténtica felicidad, realización y (al menos en mi caso) creación absoluta que no puede hacer otra cosa que reconfortarme y generar en mí el mejor bienestar.
Y como siempre estuve vinculado con la música recuerdo que en el jardín de infantes (kindergarten o jardín de infancia según los países) adoraba los actos de bailes ─fechas patrias con danzas típicas de mi país y todo eso─ más allá de por el mero hecho de figurar y estar in situ en esos acontecimientos escolares ─lo tengo bien claro, ya que también amaba todo lo relacionado a tocar los toc-toc, el triángulo y todos esos fáciles instrumentos con los que comienzan a relacionarse los niños al comienzo de su etapa educativa, incluido más adelante la flauta dulce, por supuesto─. Y tal es así, que 
siempre estuve vinculado con la música, que al crecer me relacioné por propia iniciativa yendo, por ejemplo, a estudiar al conservatorio (de música, claro). Y me vinculé con la forma coral, es decir vocal, también allí, además de con las teclas y las cuerdas (percutidas) del piano. Y como luego de varios años la vida me llevó por otro camino, aunque no dejé de vincularme con la música jamás, al no continuar el tiempo de estudio de la teoría y el solfeo, y todo lo que ello representa profundizando el ─arduo─ estudio de un instrumento específico, me alejé de este instrumento, simplemente porque convengamos que un piano no es fácil de llevar a todos lados (por ejemplo a una plaza, a la casa de un amigo, a unas vacaciones, etc.) y volví a un instrumento que tocaba desde pequeño, como lo hacía ─por puro hobby y placer─ mi papá, y que es fácil de suponer en este momento: la guitarra.
Y ahora, en mi presente, siempre musical también por supuesto, estoy absolutamente enamorado y enloquecido con un nuevo instrumento que estoy seguro que es el que llegó a mi vida para quedarse definitivamente y para ser el protagonista en mi elección hacia un instrumento de todos los existentes ─afortunadamente─ en el exclusivo mundo musical, sito dentro de este gran mundo ordinario de todos los días; y hablo del ukelele.
Lo siento como ese instrumento que es justo el que mejor me sabe tocarlo (tenerlo junto a mí, rozarlo, acariciarlo), ejecutarlo y estar descubriendo cada día nuevas formas de abordarlo y de enriquecer cada interpretación, asombrándome por la riqueza y la calidad de sonidos que esta diminuta "cajita de madera" —guitarrita— de cuatro cuerdas puede ofrecerle a su intérprete; es decir, en este caso, a mí.
El ukelele llegó cuando el piano estaba relegado por la guitarra que, siendo comparativamente mucho más transportable y práctica que el primero, de todas formas no me nacía o llamaba llevarla a todos lados, como por ejemplo a las vacaciones, donde si bien la llevaba a la ciudad donde veraneaba no lo hacía a la playa (la tocaba sólo por las noches o cuando me encontraba en el departamento), en primera instancia por un tema de cuidados hacia el instrumento con respecto a la arena y la sal y todo eso, aunque creo que en definitiva era porque (aunque parezca una sinrazón) la veía demasiado grande para andar cargándola como una cosa más además de todos los otros objetos que, se sabe, uno lleva a la playa. En cambio con este instrumento, el ukelele, pasa todo lo contrario; este verano, por ejemplo, estuvo conmigo todos los días que fui a la playa, y si bien al regreso a mi casa, a mi ciudad ─al final de las vacaciones─, tuve que hacerle una limpieza muy profunda (producto de la suciedad que tenía y que era la misma que temía que ensuciara a la guitarra en otro tiempo) nada le pasó al instrumento ni a su estuche ni a nadie, lo que demuestra que con la guitarra nunca quise hacer lo que hice ─y hago ahora─ con mi ukelele porque no estaba motivado realmente para ello, sencillamente.
Que soy feliz con mi ukelele, y que toda la introducción que ha tenido esta entrada de blog era simplemente para demostrar, en primer lugar, que quien se conecta con la música desde la primera edad, desde los inicios de su caminar por esta vida, estará signado por ella hasta el último día que permanezca aquí y, en segundo término, para reflexionar acerca de que siempre podemos estar sorprendiéndonos ante el encuentro de una nueva forma musical ─un nuevo puente que nos acerque a ella de una manera diferente y renovadora─ (todos aquellos que vivimos o participamos de la música, y de su ejecución y creación, de alguna u otra forma) que venga a colmar en forma total nuestras expectativas, nuestros deseos y nuestros gustos, aunque quizás no nos hubiésemos dado cuenta completamente de ellos hasta no haber dado con la novedad en cuestión.
En esta nueva etapa de mi vida, entonces, y sé que de aquí en adelante para siempre, este pequeño instrumento de cuerdas ha venido a renovarme, a impulsarme creativamente y a colmarme de felicidad a cada momento que lo tomo entre mis manos para dejarme fluir y que de él y de mí brote simplemente música, sólo eso, y nada más que eso; ¡qué no es poco!

sábado, 4 de marzo de 2017

Vuelta al ruedo, ¿y al acostumbramiento?

Volviendo al ruedo ─al blog─ luego de un tiempo (un par de meses; desde el año pasado, más precisamente) de no andar por aquí; lo que me lleva a pensar en que todo es cuestión, en cierto grado, del acostumbramiento que vaya operándose en cada uno con respecto a "ciertas rutinas" que se llevan adelante, muchas veces ─quizás─, sin darse real cuenta de porqué nos vemos inmersos "en ellas".
En fin, que vuelve a arrancar paulatina y abruptamente ─contradicción válida según los casos─ el año ordinario de "durante el año", en el cual cada uno retoma a sus tareas habituales y de esta forma pasa a moverse imperceptiblemente de una manera que a la sazón lo llevará a la automatización de sus actos y a ese acostumbramiento del que hablaba al inicio y el cual, por más que queramos zafar para no caer presas de él, termina absorbiéndonos y ─valga la redundancia─ haciéndonos su presa.
Por eso estoy nuevamente aquí, escribiendo y expresándome, lo que no quiere decir que antes ─en ese tiempo en el que me ausenté del blog y de sus "acostumbradas" publicaciones diarias, semanales o de algún otro tipo de intensidad temporal— no hube experimentado algo digno de plasmar en una entrada (de blog) o no hube sentido ganas de expresar algo; sino que como, seguramente, al estar viviendo el momento extraordinario del año, hablando del mes de las vacaciones en la playa en el cual todo cambia su rutina con respecto al resto de los meses y por eso lo de "extraordinario", tuve otras prioridades en mi "nuevo acostumbramiento" y fue así que éste, el de volcar temas aquí, se vio relegado por pertenecer a otro tiempo del año, que es efectivamente éste en el cual estoy volviendo, como dije al comienzo, al ruedo con él.
Dicho esto, a modo de aclaración pertinente para reanudar el camino de la letras bloggeras, y sin más, arranco de lleno el año de "De todo como en Botica"; siempre sensible, siempre despiadado, siempre auténtico, siempre dispuesto a expresarme, para mí, para todo aquel que ose interesarse en pasar por aquí; o para nadie quizás (o porque sí) ya que sale naturalmente de mí ser escribir, y no lo reprimo, y me lo permito, y lo hago como salga en este espacio.
Y para inaugurar este año ─llamando de alguna forma a esta primera entrada─, en esta oportunidad, voy a seguir ahondando en el tema del acostumbramiento ya que es un vicio muy peligroso que, si se lo deja actuar y avanzar, amenaza, o puede hacerlo en un alto grado, con romper estructuras mucho más importantes que las que puede estar apañando o pueden estar encuadrándose dentro de él.
Dentro del acostumbramiento "maldito" (no vamos a tener piedad con este hábito), mientras se lo padece, se lo vive, las cosas se dan naturalmente y todo fluye dentro de parámetros aceptables; ya que esa es una de las capacidades admirables que produce este síntoma colectivo donde nada se ve claramente sino hasta que se está lejos del momento donde todos estaban acostumbrados a algo o inclinados al uso y práctica frecuente de una cosa u acto.
Por eso es a la distancia cuando mejor se puede descifrar la mentira que encierra en sí mismo este motor que hace que nada se subleve ni se revele contra nada ni contra nadie porque ese aroma engañoso de "lo acostumbrado a vivir" viene a ser como una clara nota de incienso que, imperceptiblemente, va adormitando los ánimos y las reacciones en pos de no romper el esquema tan "tolerable" del mismo acostumbramiento.
Es claramente predecible que todo esto lo podemos saber cuando ya ha pasado mucha agua bajo el puente y tenemos la oportunidad de revivir, aunque en contextos muy diferentes, y sin buscarlo por supuesto, parte de ese acostumbramiento que se operaba en otro contexto de tiempo y espacio y chocamos entonces contra la cruda realidad que representa el hecho de que se haya esfumado ese acostumbramiento para dar lugar a la verdad en su máxima expresión, haciendo que todo lo que otrora se toleraba, se fingía, o simplemente se manipulaba, ahora de rienda suelta a su verdadero ímpetu y a su más cabal intención de acción y reacción.
Puede sonar algo complicado, quizás, a la mera lectura de la idea, pero quienes han experimentado tales venturoso y afortunados desacostumbramientos porque su vida los ha bendecido permitiéndoselo, y luego se ven sometidos por esas vueltas del destino nuevamente a un contexto donde sí se contemplaba ─que aunque contexto diferente, al volver a convocar a los mismos actores no deja de ser el mismo─ lo deben comprender al dedillo; porque si se vuelve a sentir exactamente lo mismo de hace más de una o dos décadas atrás ─aunque sea por otro canal─ y ahora con la despiadada falta de tino que representa el paso de una o dos décadas en las que como puede apreciarse nada ha cambiado salvo la libertad de poder ahora sí, ya sin ese acostumbramiento, hacer lo que se venga en ganas y no apenas lo que se podía, te das cuenta que es ahora también cuando las cosas toman su verdadera significación y hablan por sí solas, aunque en ese viejo tiempo del acostumbramiento in situ también lo supieras y te dieras cuenta de ello.
¿Y cuál es la resultante de toda esta farsa; la resultante, a nivel emocional y vivencial?, a eso me refiero, claro; y no para quienes muestran su peor rostro ─que no deja de ser loable ya que es el auténtico y de esta manera se están salvando de cualquier tipo de acusación de falsedad o actuación premeditada─ sino para quienes vuelven a caer en la cuenta del vicio que significaba estar acostumbrados a eso que ahora ya no importa y por tal motivo se vulnera y se degrada.
¿Que cuál es entonces? Realmente, si bien son muchos los elementos que integran el abanico que resulta de volver a revivir algo así, todo puede resumirse, sin ninguna duda, al único estado, tan mentado y absoluto en diferentes momentos de la vida de todos los seres humanos, y por lo que podemos saber también de seres animales ─aunque no sea el tema que me compete en este momento─ que es el dolor. Porque todos los momentos y sensaciones que puedan atravesarse siempre van a llevar a este triste capítulo que abarca tanto las frustraciones, los enojos, los desencantos, las desesperanzas y todo aquello que pueda sentirse ante cimbronazos de este tipo producidos por hechos como el que les comparto.
Y sí, como estarán imaginando, volví a chocarme con esta pared yo también en algún momento cercano a éste de la escritura y a experimentar esta cruda realidad. Por eso comparto y desentraño este accidente, para tratar de razonarlo y entenderlo mejor yo y, quizás, ayudar a alguien que pueda estar atravesando por algo similar y, ¡justa casualidad!, ande por aquí leyendo.
Y la idea final no debe ser que ese dolor es inevitable. Es esperable, en todo caso, y nada más. De allí en adelante habrá que superar lo que deba ser superado y aceptar aquello que se muestra tal cual es, y seguir, y mirar para otro lado si es necesario, porque lo que se ha torcido desde un comienzo ─si nos ponemos a pensarlo fríamente─ era esperable que siguiera torcido con el pasar de los años.
Buena vida para todos, para ellos, y para nosotros; y sigamos caminando que esto no puede significar otra cosa más que una pequeña piedrita que hay que saltar o, en todo caso, patear para seguir caminando.

domingo, 11 de diciembre de 2016

En el lugar del otro.

Lo esencial en cualquier relación de parejas, de amigos, de compañeros de trabajo, etc., es poder ponerse en el lugar del otro; pero no siempre y en todo momento sino en esos casos en los que uno está abusando de la otra parte, ya sea por un uso desproporcionado del enojo, de la confianza, de la superioridad de jerarquías, respectivamente; o de cualquier tipo de maltrato, en cualesquiera de los casos.
Siempre es posible ponerse en el lugar de quien uno está agrediendo y menospreciando de cualquier forma y a través de cualquier actitud o impronta, porque lo importante en estos casos es resolver las cosas con palabras que nunca sobrepasen el límite de lo que podría escucharse tranquilamente ─aquello que uno mismo podría escuchar sin sobresaltarse─, aunque sean temas que requieran de una urgente modificación y tratamiento, temas graves y complicados de entablar; para así entonces poder seguir tratando las cuestiones sin que ninguna ira ─que se vuelve incontrolable─ arruine el intercambio de palabras, opiniones, puntos de vista, formas de ser.
Nada más ni nada menos que esto es a lo que debemos aspirar personalmente en nuestra vida para, una vez logrado este "desenvolvernos ante los demás", tratar de ir inculcándolo en los otros, y sólo a partir de una plenitud que nos ofrezca el hecho de sabernos a nosotros mismos portadores de “eso” que deseamos para los demás, de eso que ahora sí estaremos en condiciones de intentar promoverlo para el afuera.
La vida es un camino en donde uno se va a ir encontrando con diferentes tipos de baches, unos más profundos e irregulares que otros, todo el tiempo. Uno es quien debe sortearlos para poder, en primera instancia, pararse frente a ellos y evaluando su magnitud ─sin demasiada contemplación ni reverencia─, luego enfrentarlos, y finalmente superarlos para poder continuar el camino despejado hasta la llegada del próximo desnivel.
Visto así, bien podría pensarse que uno basará su vida en la existencia, o no, de los accidentes que pueblen nuestro camino y no en disfrutar sin más de ella, como todos sabemos que debe ser el aspirar a tener una existencia plena ─la plenitud, como concepto absoluto, convengamos desde el vamos, no existe; pero hay muchas nociones que se entienden y que pueden acercar a esta fase de sensación─. Pero nada más lejos que pensarlo así, en base a esquivar cunetas o badenes todo el tiempo, ya que simplemente se recurre a este ejemplo a modo de entender de qué va todo esto cuando se quiere ir directamente al meollo de una cuestión particular sin extenderse o ampliarse hacia otras situaciones que pudieran llegar a acontecer.
Por lo tanto están ahí, se sabe, y aparecerán cuando menos nos lo esperemos, siendo en cada momento particular, cada infortunio caótico, el más terrible a enfrentar y llevar adelante antes de que podamos entender cómo tratarlo y hacia dónde dirigirnos para salir ilesos de tal suceso.
No hay más ciencia que ésta, tampoco remedios o pociones mágicas ─de hecho si se releen estas letras nunca se encontrarán con una receta exprés para evitar algo que irremediablemente aparecerá en determinados momentos de nuestro andar por aquí, por este plano terrenal, cumplidamente estremecedor y convulsivo─ y lo que resta es saberse inmersos en un mundo enojado, cambiante, absolutamente desmotivado de los valores auténticos que hacen bien al cuerpo y al alma humanos y que sólo está movido por lo snob y lo que se ve ─aparentemente─ desde el afuera y que hace ─aparentemente, también─ brillar y sobresalir a quienes lo poseen; llámese coches, casas cada vez más llamativas, viajes despampanantes, ropas caras, smartphones de última generación, y todo aquellos que juega en favor de un status que solo aleja y separa a las personas que no coinciden con el mismo.
A caminar, entonces, preparados eso sí; que para estar detenidos siempre va a haber tiempo.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Lo que pase por la cabeza, sin tamiz alguno.

Es un hecho que en las redes sociales se puede ver que la gente no pone filtro alguno a sus publicaciones, quizás amparada en ese anonimato que protege o en la privacidad pura y exclusiva del momento del tipeo de lo que escribe, no teniendo en cuenta que luego eso mismo podrá ser leído por gran parte de sus seguidores o por todo aquel que por mero accidente ─virtual─ llegue hasta esa publicación.
Tal es así que sin maldad alguna seguramente y ─estimo yo─ por el mero hecho de desestructurarse y desbocarse, que se puede manejar ante lo que se desea expresar, es que muy a menudo me siento impotente al ver idioteces y burradas tan grandes como la falta de intención de provocar esta sensación en los demás (en mí), innegablemente, de quien las escribe sin tomar dimensión exacta de lo que está diciendo.
En fin, las redes sociales ─ya sabemos─ están para que todos podamos expresarnos sin ningún reparo y para que el único freno que tengamos seamos nosotros mismos; y de ahí en más ¡qué Dios nos ampare, si es que creemos en Él, o que el Universo nos proteja!

martes, 29 de noviembre de 2016

Breve leyenda.

Cuenta una vieja leyenda que un ángel, una vez, cansado de no tener ninguna forma específica y aburrido de que los antiguos libros le hubieran atribuido el cuerpo de un hombre y las alas de un ave, decidió adoptar finalmente una apariencia definitiva.
Entonces, para despistar a quienes lo vieran por supuesto que en lugar de hacerse visible bajo la consabida imagen del hombre alado adoptó otra muy diferente.
Y fue así que luego de mucho pensarlo se decidió por un cuerpo peludo con cuatro patas y una larga cola.
Pero resultó que, en su confusión, al estar él también acostumbrado a pensarse con alas y ahora no tenerlas, no pudo dejar jamás de estar moviendo su cola todo el tiempo, en ese instinto de estar agitando algo que nunca había tenido; motivo que lo sorprendió tanto, al encontrarse a sí mismo haciendo ésto continuamente, que en el desconcierto exclamó la expresión "¡GUAU!" que, además de gustarle como había sonado, dejó para siempre como su voz para comunicarse con los demás.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Uno es lo que elige.

Todo eso que por esas cosas que tiene el destino nos toca elegir en nuestra vida (porque sepan que en la vida, salvo aquello que nos cae ─como se decía cuando yo era chico─ "como peludo de regalo", todo se elige) es lo que en definitiva habla de nosotros mismos.
Yo, por ejemplo, siempre opté por ubicarme en el lugar menos problemático posible que se pudiera dar ante una afrenta en la cual me viera involucrado. También, y consecuentemente con lo anterior, siempre evité generar todo tipo de disturbios, ya sean éstos de índole grupal, familiar o personal. Ese lugar, el de la discordia y la revuelta que podría caracterizarse como la erupción de un volcán, siempre supe que no era lo que mi alma y mi espíritu necesitaban.
Desde pequeño también opté, sin darme cuenta en un principio, por el amor hacia los animales. Siempre me gustó estar en contacto con ellos y tratar de acercarme lo máximo posible para interactuar de una manera diferente a la que yo podía ver que llevaban adelante otros chicos y otros adultos. Quizás tenga que ver con que en determinado momento de mi infancia, con tan sólo cuatro años y apunto de cumplir los cinco añitos, por motivos personales ─familiares─ me vi obligado a irme a vivir al campo con mis abuelos en donde definitivamente se marcaron para siempre mi carácter, mi afinidad y mi gusto por lo natural antes que por lo urbano y, podría asegurar sin temor a equivocarme, mi personalidad y mi forma de ser.
Tal es así que si bien en la actualidad vivo en una gran ciudad y no tengo ningún interés por el momento de alejarme de ella para optar por una vida en las afueras o directamente en alguna zona rural yo sé que esa esencia más "bucólica" (para llamarla de alguna manera) que anida en mí se traslada a gran parte de las decisiones que tomo de adulto y que marcan mi vida contundentemente.
Por esto hablaba de que las decisiones que uno toma y las cosas que uno elige en su vida lo marcan; y agrego ahora también que están directamente relacionadas con el bagaje interno y extremadamente personal que uno trae consigo de todo lo que ha caminado hasta el momento en el camino de su vida.
Tal es así que nunca opté por cosas por las que se inclinaba la mayoría de la gente que conocía. Y no para diferenciarme, o por mera rebeldía a hacer lo más común. Fue, sin dudas, porque no me encontraba absolutamente convencido ni atraído para inclinarme por tales elecciones, y porque las que me llamaban la atención y me atraían con todo su imán hacia ellas eran otras que por ahí el resto desestimaba por diferentes o extrañas.
Y sí, cada uno es como es. En determinado momento ─infancia─ no se elige la forma de llevar adelante la propia vida pero luego, de adultos, reconfirmamos que así debíamos ser, porque sino sólo bastaría con ponerse en mente cambiar de camino para así poder hallarse en otra forma de ser que bien podría encontrarse buscando entre una u otras hasta dar con la adecuada.
Dentro de lo que yo podía diagramar y digitar siempre me sentí a gusto con quién era, donde me veía ubicado con respecto a todo mi entorno y contexto, y con las cosas que veía que había obtenido sólo para mí ─internamente─ de acuerdo a las elecciones que había llevado acabo, en lo que al historial de mis recuerdos se refiere.
Mi vida ha sido un conjunto de decisiones tomadas no quizás "a troche y moche", como también se decía cuando yo era chico, sino en el momento justo (justo para mí, por supuesto) y sólo porque yo deseaba y necesitaba tomarlas; y nunca ─jamás de los jamases─ porque otros desearan que así fuese.
Por eso toda esta introducción previa para volver a expresar una de mis decisiones más importantes llevadas adelante hace más de tres años, que me ha acompañado y que se ha visto flaqueada varias veces pero que hoy, con más de cuatro décadas de vida encima, me tiene más fuerte y firme que nunca en su convicción y compromiso de llevarla adelante como una bandera inclaudicable de bajar y de esconder; haciéndome un ser más aceptable para mi propia aceptación con respecto a los demás pero en primer lugar a mí mismo, y convirtiéndome esencialmente en una persona más feliz y menos responsable del gran daño que se le hace al universo y, en especial a ellos, a los animales.
Yo elijo la vida vegana, entonces, porque no quiero lastimar a nadie y porque deseo poder mirar a los ojos a todos los seres vivos que cuentan con un sistema nervioso central ─que les produce sufrimientos pero también emociones y alegrías─ y seguir mi camino por esta vida despreocupado desde el lugar de que cada paso que yo dé no significará una ofensa, un maltrato o una discriminación para nadie, absolutamente para nadie.


lunes, 24 de octubre de 2016

La iluminación ante la confusión de la propia responsabilidad.

Todo es sensaciones confusas y encontradas, nada de lo de siempre; diferente esta vez pero no por eso menos confuso y digno de pensarse para asumir que constantemente, aunque de diferentes maneras, se van presentando las caras de una misma moneda para no hacer otra cosa que estar ahí recordando qué lugar se ocupa ─en el tiempo presente─ en esta vida, pero también oficiando de redescubridor continuo como disparador de nuevas posturas que se asumen luego, indefectiblemente, producto de las mismas (sensaciones).
¡Escritura que has llegado a mi vida para ponerme a resguardo de una implosión segura que no decantaría nada bueno y que hubiera lastimado mi tesoro más preciado y merecedor de protección, mi ser mismo! Después de todo si uno no comienza por amarse y valorarse en su carne propia nada bueno ni alentador puede esperarse que salga de sí mismo para con respecto al resto del universo; incluidos en éste otras personas, animales, naturaleza, medio ambiente, etc.
Saberse en determinado lugar es un síntoma de coherencia, o dicho en palabras más vulgares 'es no hacerse el idiota', pensándose en un punto de la historia personal que no es el que realmente se está atravesando. Ahora, si el pensarse diferente con respecto a la ubicación personal establecida sirve para caminar más liviano y luminoso, tampoco podríamos objetar algo determinante y negativo en ese modo de asumirse; siempre y cuando ─obviamente─ no se esté divagando de lo propio y permaneciendo en una burbuja que solo ofrezca engaño, del que no debe ser tolerado ni aceptado por muchas razones que son tan particulares en cada caso que ni serviría comenzar a enumerar en este momento.
Uno sabe por donde camina ─generalmente─ y, en ese caminar hacia el instante siguiente al que se encuentra, (uno) también sabe con quienes puede contar realmente y quienes están ahí para estar simplemente; para divertirnos, para pasar el rato, para reflexionar, para figurar en una apariencia que no se permiten desarticular por el mero hecho de que su vida es en gran medida aparentar, o simplemente para estar por costumbre y por miedo a no estar más; algo que no por eso es malo o de menor importancia pero que no hace al hecho de tener a alguien a sabiendas de que ese alguien está y estará siempre para todo y no que pasará a ser uno de los que simplemente están cada tanto.
Pero lo cierto es que cada uno sabe sólo acerca de sí mismo y nada más en esta vida. Uno sabe muchas cosas de su vida, porque ¿quién mejor que uno para saberse realmente en su vida? Lo trágico es cuando los demás creen saber mejor que el propio intérprete lo que uno siente, hace o es y nada ni nadie puede tratar de hacerles entender que eso ─saber a fondo acerca de uno mismo─ es algo que no les compete en absoluto siendo facultad determinante de cada persona en su auto conocimiento.
Yo, por ejemplo, no me arrogo jamás la capacidad de saber lo que los demás sienten para, partiendo de ese suponer de sentir, esperar algo de ellos y de no recibir lo esperado defraudarme ─con cierta y probada razón, en este caso─ de todos. Este es el principal problema de la media/alta de la gente que va por este mundo poniendo sus motores en los demás ─inconscientemente, o lo que es peor a sabiendas, para desligarse de responsabilidades por la propia vida y existencia─ y condicionándose a reaccionar en pos de esta modalidad de vida; olvidándose que deberían mirarse, interior y exteriormente, a sí mismos primero para luego de ahí en más ser felices o ser lo que quieran ser y entonces sí comenzar a relacionarse e interactuar con otros, ya relajados y solo intercambiando lo que sea con quienes se tenga enfrente y no interfiriendo o responsabilizando de alguna manera a ese interlocutor de algo que nada le corresponde asumir en tan escueto intercambio de experiencias; así sea toda una vida.
La lucidez brilla cada tanto en la confusión establecida como un faro que señala el camino hacia donde dirigir las propias fuerzas, y como el indicador de que se está en el rumbo apropiado aunque se creyese que se lo había perdido. Los demás jamás deben pensar que saben y que deben opinar sobre el fin que hará lograr la plenitud de los otros porque ese fin quizás ya se ha puesto en marcha mucho tiempo antes de que crean ─los demás─ que aún está "en veremos".
En fin, quiero quedarme y que nos quedemos todos con el párrafo que considero el más importante y revelador de todo el relato y que, a modo de cierre y puesta en valor de la idea que debería quedar de esta entrada de blog, repito para fortalecerlo y fortalecernos, ¿por qué no?
Yo, por ejemplo, no me arrogo jamás la capacidad de saber lo que los demás sienten para, partiendo de ese suponer de sentir, esperar algo de ellos y de no recibir lo esperado defraudarme ─con cierta y probada razón, en este caso─ de todos. Este es el principal problema de la media/alta de la gente que va por este mundo poniendo sus motores en los demás ─inconscientemente, o lo que es peor a sabiendas, para desligarse de responsabilidades por la propia vida y existencia─ y condicionándose a reaccionar en pos de esta modalidad de vida; olvidándose que deberían mirarse, interior y exteriormente, a sí mismos primero para luego de ahí en más ser felices o ser lo que quieran ser y entonces sí comenzar a relacionarse e interactuar con otros, ya relajados y solo intercambiando lo que sea con quienes se tenga enfrente y no interfiriendo o responsabilizando de alguna manera a ese interlocutor de algo que nada le corresponde asumir en tan escueto intercambio de experiencias, así sea toda una vida.

lunes, 17 de octubre de 2016

El derecho, y no el que se estudia.

Todos tenemos derecho a ser bien tratados, a que se nos valore y a que sea cual sea la actitud que asumamos en esta vida —actitud que solo concierna a nuestro ser y a las cosas que él mismo viva, además de las que intervengan para la propia realización y el crecimiento personal— los demás nos respeten y no opongan resistencia a nuestras elecciones por más cercanos, o con derecho a interferir, sean o crean serlo; más cuando nuestra vida no molesta ni interfiere en nada de lo que tenga que ver con la de lo demás.
Que siempre la postura de no entrar en el combate verbal o de la agresión es la llave para no salirse del eje armónico interno personal es la clave para abordar el camino a transitar cuando la mano se ponga heavy, no hay dudas, no queda otra. Porque veámoslo así: si nosotros entrásemos en ese circuito demoledor, de responder de igual manera ante agresiones recibidas, siempre lo negativo terminaría asentándose en el propio espíritu, ya que que al haber despedido maldad, así porque sí, aunque solo sea para tratar de interceptar de manera más piadosa las recibidas en primer lugar, no tendríamos descanso en nuestro interior al sabernos también partícipes de esa rueda viciosa que, básicamente, destila disconformidad.
Porque una cosa puede ser que, ante tanto oprobio recibido, se origine en la propia voluntad o reacción inmediata algo de mala onda, o falta de alegría si se quiere, al interactuar con nuestro... (¿cómo llamarlo?...) digamos con quien tenemos enfrente dispensándonos malos momentos, y otra muy distinta es ser emisor de maldad oral, gestual y conceptual, sin la necesidad de haber recurrido a ese lugar de agresor y adoptándolo por pleno placer y descarga emocional negativa —de vaya a saber que otros contratiempos que seguramente nada tienen que ver con los otros— de manera descarada; si bien convengamos que nunca es oportuno ni conveniente transformarse en alguien que profiera tales actitudes ni tres, ni dos, ni una vez, siquiera.
El amor que hayamos guardado y acumulado en nuestro cuerpo, mejor dicho en nuestro corazón, recibido por otros canales y atesorado como lo más valioso que podamos tener —aún sin saber en el momento de recibirlo que luego podría ser "utilizado" al prevalecer en nuestro ser ante tanta rabia recibida en otro momento— será el motor para no caer ni decaer ante nada, sabiéndonos protegidos por el universo y por ese amor, pudiendo de esta manera llevar adelante el feo momento y lo que decante de éste.
Quien sabe de sufrimientos y tempestades disfruta y goza de todo lo opuesto a eso —paz, tranquilidad, serenidad, silencio exterior e interior, armonía en el transcurso de las horas, bienestar espiritual— y de saberse lejos de cualquier confabulación dañina o falsa; y puede saberse y visualizarse en ese disfrute aún desde el mismo momento en que deba estar viviendo todo aquello que preferiría no haber conocido jamás, ni tener la oportunidad de contarlo o tan siquiera evocarlo en una idea.
Nada debe ser una queja que nos lleve a sentirnos impotentes o ─lo que es peor aún─ capaces de pensar que por algo recibimos lo que recibimos, mereciéndolo quizás por tal o cual razonamiento que solo la turbación y la flaqueza emocional pueden llevar a consentir en nuestros fundamentos.
Siempre fuertes, aún en la debilidad impensada, así hay que estar; siempre adelante, y no desde un lugar de fuerza o ímpetu fingido, sino desde ese que se aborda desde el amor recién mencionado y desde la paz interior de sabernos incapaces de merecer nada de lo malo que recibamos, sabiendo —a esta altura de la vida— que eso recibido inmerecidamente, y vaya a saber por qué motivos, es algo que no nos corresponde a nosotros asumir bajo ninguna circunstancia ni punto de vista.