viernes, 28 de abril de 2017

(in)Coherencia.

La coherencia lo es todo en la vida. En lo mucho y en lo poco. No se puede hacer una cosa que dé a entender o declame explícitamente algo que va en dirección del blanco para después comportarse y proceder como quien va directamente hacia el negro.
De esas cosas, por las que me doy cuenta que soy alguien opuestamente ubicado en su vida con respecto a la incoherencia, saco que nunca podré avalar una actitud o comportamiento de este estilo; sea quien sea, lo lleve adelante.
Me indigna indiscutiblemente tener que presenciar algo tan básico que debería poder evitarse para no hacer mella en la mera dignidad personal de quien lo lleva adelante ─dignidad que sólo hace a esta cuestión de la coherencia y el respeto propio que se genera alguien en primer lugar a sí mismo con su obrar no opacando otras virtudes o bondades de quien caiga en este vicio; pero dignidad también al fin─ y que sin embargo se hace y se lleva a cabo por algún placer o gusto, personal también, que no se está dispuesto a resignar.
Yo podré ser ─lo soy, lo sé, sin dudas─ de ese tipo de personas que llevan más de un encontronazo o algún menosprecio en su bagaje de experiencias personales por este mismo motivo de nunca, ya desde un lugar inconsciente y absolutamente resuelto racionalmente en algún momento de mi vida o a través de las sucesivas experiencias vividas; decía, de nunca pero nunca ceder ante unas mieles que podrían ser atractivas o al menos encantadoras si me estarían llevando a verme ubicado en algún lugar en el que no todo condiga con lo que soy y hago con mi vida, conmigo mismo, desde siempre.
Es tal vez por este motivo que hoy, viernes 28 de abril de 2017, escribo estas líneas como disparador de alguna idea que no es para nada efímera o general, por otra parte, y que viene a sostener en mí la consigna de que ser coherente es fundamental para sentirse bien y saberse auténtico desde lo personal pero no necesariamente lo más conveniente para ser respetado, seguido o valorado a ultranza por el resto de la gente. Ya se sabe, por estos días, los de esta era moderna, todo va y es para el lado que sople el viento y así se acostumbran todos ─una gran mayoría al menos─ a dejarse arrastrar y ser por esos vientos de placeres, brillantes quizás pero escuetos como todo ese tipo de cosas, propias de estos tiempos.
Es así, y está bueno saberlo. Prefiero quedarme con mi autenticidad vinculante por esa coherencia tan en desuso u olvidada quizás y ser auténtico para mí y para los pocos, pero fuertes vínculos, que me acepten y no ir siendo una veleta que hace algo que luego se olvida para participar de otra cosa en la que si se tuviera en cuenta eso primero que se hizo no se podría siquiera tener la osadía de intervenir.

jueves, 27 de abril de 2017

Tantas vidas.

Es infinito el abanico de momentos por los que atraviesa una vida cualquiera (un ser humano) sin ningún otro aditivo ─esa vida─ que simplemente vivir.
Por este motivo ninguna vida es pobre en el sentido de vivencias y experiencias acumuladas. Ninguna vida quedará jamás obsoleta en su metier de vivir puesto que siempre se va a estar experimentando algo diferente al segundo anterior y esto, sin dudas, es una inmensa facultad ─que se trae desde la cuna y que hace a cualquier vida múltiple en vivencias para de ahí en más ser lo que cada vida es y hace consigo misma─ que nos hace inmensamente ricos. Definitivamente ricos.
Hay que saberse siempre en el momento y lugar justo porque de otra manera, pensándose por el contrario siempre en el lugar equivocado y el momento menos oportuno, se va a estar restando en esa facultad innata de experimentar cosas que fluyan a través de nuestro ser por lo que decante lo vivido en diferentes momentos.
También se podría hacer una observación con respecto a eso de creerse equivocado, de momento y lugar, ya que esto vendría a sumar en el crisol de sentires y experiencias interiores personales experimentadas que seguramente se presentarán para dar paso luego a otros abordajes de la misma empresa concluyendo de esta manera que ese es también otro de los escalafones de tantas vivencias que atraviesa una vida, como dijimos, cualquiera. Algo para tener en cuenta, por cierto.
Que se vive, y eso es lo importante, de esto no hay dudas. Siempre vamos a ir tanteando sobre el camino como “ir”, según el tiempo y trayecto que nos toque experimentar, porque en definitiva ese será el mejor parámetro para “ver” cómo seguir.
Son las vidas que van por este universo tan diferentes unas de otras y tan similares a la vez que si se quisiera hacer una lista que enumerara al menos las principales nociones de cada idea ─igualdades y diferencias─ sería imposible, no el hecho de comenzarla pero sí finalizarla o darle una forma definitiva para que pueda ser presentada como guía a tener en cuenta.
Vivir es una aventura y aunque sea esta una frase tan trillada y repetida siempre toma nuevo significado y justa aplicación cuando se la utiliza o se la dice en contextos como el aplicado ahora.
Por eso, ¿vamos a pensarnos pobres o menos que algunos o, a la inversa, vamos a considerar a otros u otras inferiores a nosotros por lo que apenas podamos ver en la superficie de lo mínimo que se deja asomar cuando uno ve a alguien más?
Sincerémonos y vayamos por la vida valorándonos, sí, pero también, y fundamentalmente, valorando a todos los demás porque tanta riqueza oculta, o quizás demostrada a los cuatro vientos, no puede pasar desapercibida. Al menos no lo merece.

miércoles, 29 de marzo de 2017

El barro de la soledad.

No siempre la vida de las personas es eso que los demás creen ver a simple vista.
Muchas veces la paz y el brillo que pueden emanar algunos individuos puede ser la antesala de un padecimiento que no nos podemos imaginar por ese mismo motivo de que no muestran la cara auténtica, exhibiendo ─no una falsa pero sí─ una convenientemente construida para no dar a entender motivos que nada deben significar, en teoría, para los demás; y, por tal motivo, mejor ocultarlos.
El dolor no solo debe traducirse en un malestar físico, esta es una noción de jardín de infantes, claro; el dolor puede inundar un cuerpo ─¡un cuerpo sí!─ sin ser un dolor físico cuando ese alma que lo contiene y es afligida excede su poder de contención y ─quiérase o no─ se desborda dejando expandir tal malestar por el ser entero; aunque sólo por éste y nunca hacia los demás ─respetando la consigna inicial de mostrar una cara que jamás dé a entender el dolor atravesado─. Después de todo ya se sabe que nadie quiere enterarse de nada que no sea alegre o venturoso, menos si no es algo acerca de sí mismo o del círculo de los que realmente le importan en su vida.
Es por motivos similares a ese desborde del alma herida que quienes están solos, a pesar de tener a un puñado de almas que los aman y quieren lo mejor para ellos ─dando incluso todo lo que pudieran para sí saber tales desventuras y pesares para consolar y (tratar de) ayudar─ aunque sin ser (estas almas) quienes deberían en realidad “estar ahí” (él o ella, porque en este caso no hay plurales para el protagonismo de quienes no se hacen protagonistas), no tienen más remedio que paliar bajo diferentes formas y compañías esas ausencias tan contundentes que los convierten en “solotarios”.
A veces, teniendo en cuenta este dolor de soledad que aparece primero en determinado momento del año, luego en algunos días particulares de la semana y finalmente en la idea de mirarse a uno mismo y verse, saberse y sentirse de “tal” forma, todo se vuelve irrelevante y las cosas van y afloran por diferentes caminos y alternativas; siendo muchas de éstas, muchas veces, las menos imaginables en otro contexto atravesado con anterioridad, antes de haber llegado a ocupar el que póstumamente congrega a la soledad.
Y la soledad es una sola (valga la redundancia) y es esa que no se puede eximir de una existencia fundamentando amigos alrededor, conocidos, vecinos o ─punto absolutamente relevante en este momento─ familia paterna y materna cerca (o lejos, pero presente al fin) porque cuando uno creció y voló del seno familiar primario formando, o acercándose en la comparación de lo logrado, un tipo de familia del tipo que sea (tradicional o de unión no convencional, sin papeles en primera instancia y sin toda esa batería de cosas que encierran las familias tipo, como esa de la que uno proviene generalmente) uno quiere, pretende al menos, aunque sin entrar en exigencias perentorias o vanas, que esa otra base de esta segunda familia que aparece en nuestra vida, la formada por nosotros una vez despegados de la que nos vio nacer, sea quien esté y "se vea", al menos para mirarla a los ojos y saberla cerca; todo esto por supuesto cuando ambas partes desean estar y sentirse tan cerca como sea posible de la otra, venciendo los obstáculos que se les pudieran presentar para logar tal aspiración.
Y a veces sucede, muy seguido, ¡claro que sucede!; hablo del hecho de desear desde ambos lugares el saberse presente en cuerpo y alma para el otro, sin importar nada más. Y es una bendición que se dé así entre dos personas que decidieron en algún momento formar algo ─más allá de lo que fuera la forma redundante finalmente conseguida de lo deseado─ que perdure en el tiempo, acrecentando todos los deseos y las ganas de estar mutuamente dependiendo afectivamente del otro para evitar, en definitiva, lo que todos y todas buscamos evitar en este mundo, aunque a veces nos ufanemos de lo contrario por no tener otro as en la manga para evitar mostrarnos vulnerables y susceptibles, la soledad.
Y también pasa que no sucede, y muy seguido pasa también; inclusive habiéndose dado los primeros pasos en ese “decidir formar algo de a dos”, tan encantador y soñado inicialmente. Aunque a decir verdad pasa de manera muy diferente con respecto al caso anterior, claro; con accidentes (la idea de los del tipo geográficos, esencialmente, que van definiendo un terreno y su constitución) y trastabillones que dejan en claro que la cosa que no fue bien iniciada al principio no podrá, por más que se la trabaje, encauzarse y seguir un curso esperable; al menos esperable por una parte ya que cuando es sólo una de las parte la que desea que algo mejore y se transforme, en aras de la unión real de verse y de estar para el otro y no de la (unión) ficticia que tranquiliza (?) conciencias que “haciéndose presentes” a través de cosas que no tienen mayor significación en el hecho del deseo o el esfuerzo de intentar conseguir estar juntos, es cuando la cosa no avanza ya que se requiere del impulso de ambos motores de una relación para sacar lo que sea necesario “a flote”, o de lo contrario nada se conseguirá a pesar de esfuerzos, resignaciones difíciles y ganas de mejorar algo (sólo desde una parte).
Todo esto a cuento de que siempre hay que tratar de la mejor manera posible a todas las personas que se crucen en nuestro camino porque hasta las que ofrecen un trato poco cortés quizás en algún punto estén atravesando el desbordamiento de un alma abatida que solo quiere contener su dolor pero que se le hace muy difícil y hasta imposible hacerlo.

martes, 14 de marzo de 2017

El pequeño rebelde de la poesía universal.

Basándome en una reseña leída en Internet acerca del libro que acabo de adquirir con las obras completas del gran poeta francés del siglo XIX y de todos los tiempos, Arthur Rimbaud, donde dice que su obra había sido publicada hasta ahora solo en España ─haciendo clara referencia a su traducción al castellano─ (teniendo en cuenta que yo vivo en Buenos Aires, Argentina, Sudamérica) y de una forma “poco cuidadosa” ─así define la aparición anterior de libros de este autor─ argumentando que, entre otras cosas, su correspondencia sólo estaba disponible en breves antologías temáticas, por ejemplo, además de que su poesía aunque en algunas ediciones su título figurase como «Obra poética completa» había sido parcialmente sesgada ya que hasta en las mejores traducciones, a cargo de grandes poetas, se habían dejado de lado los veintidós poemas que conforman el llamado "Álbum Zutique" (seguramente por su contenido retorcido, escatológico y con marcadas dificultades que hacían ─porqué no─ inverosímil su traducción optando por descartarse su inclusión final en tales presentaciones aunque éstas osaran de ser completas) es que comparto este único estilo de felicidad que provee el hecho de ser amante de las letras ─específicamente de la poesía─ y dar con ellas, por casualidad quizás, pudiendo llevarnos con nosotros a nuestra casa tales tesoros para que pasen a formar parte de nuestra biblioteca, y no como adorno sino como motivo de lectura y consulta permanente.
La Obra completa ─realmente completa─ y bilingüe de Rimbaud que acabo de incorporar a mi vida literaria, luego de estar interiorizándome en ella, puedo contarles que reúne desde sus creaciones escolares en latín hasta sus poemarios (colección de poemas) finales. Tiene, como es de imaginar para los conocedores de la obra del poeta adolescente y rebelde, “Una temporada en el infierno”, y por supuesto “Iluminaciones”; sus textos en prosa, incluido el relato “Un corazón bajo una sotana”, que es definido de primordial importancia para entender gran parte de su obra.
Posee, claro está, la correspondencia completa y cabal que permite traslucir su relación con su familia y con Paul Verlaine, y su experiencia en África; como no podía ser de otra manera en la obra de este autor que se precia de completa.
La poesía en esta obra fundamental sigue el orden cronológico de redacción ─estimada (obviamente, y se entiende) cuando los manuscritos originales no tienen fecha de elaboración─, y posee también, convirtiendo esta pieza en un libro de una (moderada) fácil lectura ─la obra del poeta suele ser complicada, sinuosa y tortuosa para su abordaje aún luego de la traducción previa, en diferentes momentos de su lectura─ una glosa que aclara el contexto en el que fue escrita, las dificultades textuales que plantea (volvemos aquí a lo retorcido en diferentes momento de su escritura) y el oscuro sentido de algunos poemas, básicamente los reunidos en Iluminaciones.
En fin, que ayer caminando con mi perro por la calle de repente veo en la vidriera de una librería esta joya que siempre ─desde hace mucho tiempo al menos─ había deseado tener y que afortunadamente y por esas cosas del destino llegó a mí sin previo aviso y terminó, al día siguiente ─hoy martes 14 de marzo de 2017─, siendo mía, absoluta y enriquecedoramente mía.

martes, 7 de marzo de 2017

Que brote música, de él y de mis manos.

La música viene a mi vida para emocionarme de una manera que cada día me sorprende más ─descubrir─ cómo se manifiesta en mí.
Desde siempre amo la música, y tengo recuerdos que me remontan a la primera infancia, ese momento cuando uno es bien bien pequeñito pero que, vaya a saber porqué motivos, ya puede atesorar en su memoria emocional recuerdos del tipo de los que lo marcan para siempre.
Tal es así que me veo de pequeño con momentos, fugases o prolongados, que me relacionan al hecho de estar participando en algo que tenga que ver con la música.
Debo agradecer a mi papá que siempre, por lo general cada noche después de la comida, tocaba la guitarra y hacía que cantásemos junto a él en su cuarto ─para no molestar a mi mamá que se quedaría por el resto de la casa─ mi hermana y yo. Éste, por ejemplo, es el primer recuerdo vinculante que yo siento que me ligó a la música de una manera fundamental.
Y como todo comienzo tiene un inicio, que generalmente no suele ser para nada rimbombante o espectacular, este que acabo de contar fue el mío en el apasionado romance que tengo desde entonces con la música. Al menos el que yo puedo razonar y del que puedo tener conciencia explícita y contundente ─no creo, de todas maneras, que haya sido otro el origen de esta atracción que siento por la música ya que descarto que durante el embarazo hubiera recibido algún tipo de estímulo a través de mi madre (relacionado con músicas, melodías, o ese tipo de terapias que suelen hacerse principalmente en estos tiempos actuales) o que "el son" llegase hasta mi desde el exterior, producto de estar en un contexto musical, a no ser que mi padre transmitiera (por repetición con sus guitarreadas) estos estímulos a la panza de mi mamá y yo los captara muy capciosa y gustosamente. Pero esto ya es vacilar sobre un supuesto que nunca podré llegar a saber completamente─.
Volviendo al presente ─y teniendo en cuenta este pasado─ es que no puedo dejar de vivir un solo día sin la música. Es a través de ella que mi emoción, mi "a flor de piel", encuentra el punto exacto para alcanzar ese estado tan vivificante y pasional que me sitúa ─cuando estoy atravesándolo─ en un lugar de auténtica felicidad, realización y (al menos en mi caso) creación absoluta que no puede hacer otra cosa que reconfortarme y generar en mí el mejor bienestar.
Y como siempre estuve vinculado con la música recuerdo que en el jardín de infantes (kindergarten o jardín de infancia según los países) adoraba los actos de bailes ─fechas patrias con danzas típicas de mi país y todo eso─ más allá de por el mero hecho de figurar y estar in situ en esos acontecimientos escolares ─lo tengo bien claro, ya que también amaba todo lo relacionado a tocar los toc-toc, el triángulo y todos esos fáciles instrumentos con los que comienzan a relacionarse los niños al comienzo de su etapa educativa, incluido más adelante la flauta dulce, por supuesto─. Y tal es así, que 
siempre estuve vinculado con la música, que al crecer me relacioné por propia iniciativa yendo, por ejemplo, a estudiar al conservatorio (de música, claro). Y me vinculé con la forma coral, es decir vocal, también allí, además de con las teclas y las cuerdas (percutidas) del piano. Y como luego de varios años la vida me llevó por otro camino, aunque no dejé de vincularme con la música jamás, al no continuar el tiempo de estudio de la teoría y el solfeo, y todo lo que ello representa profundizando el ─arduo─ estudio de un instrumento específico, me alejé de este instrumento, simplemente porque convengamos que un piano no es fácil de llevar a todos lados (por ejemplo a una plaza, a la casa de un amigo, a unas vacaciones, etc.) y volví a un instrumento que tocaba desde pequeño, como lo hacía ─por puro hobby y placer─ mi papá, y que es fácil de suponer en este momento: la guitarra.
Y ahora, en mi presente, siempre musical también por supuesto, estoy absolutamente enamorado y enloquecido con un nuevo instrumento que estoy seguro que es el que llegó a mi vida para quedarse definitivamente y para ser el protagonista en mi elección hacia un instrumento de todos los existentes ─afortunadamente─ en el exclusivo mundo musical, sito dentro de este gran mundo ordinario de todos los días; y hablo del ukelele.
Lo siento como ese instrumento que es justo el que mejor me sabe tocarlo (tenerlo junto a mí, rozarlo, acariciarlo), ejecutarlo y estar descubriendo cada día nuevas formas de abordarlo y de enriquecer cada interpretación, asombrándome por la riqueza y la calidad de sonidos que esta diminuta "cajita de madera" —guitarrita— de cuatro cuerdas puede ofrecerle a su intérprete; es decir, en este caso, a mí.
El ukelele llegó cuando el piano estaba relegado por la guitarra que, siendo comparativamente mucho más transportable y práctica que el primero, de todas formas no me nacía o llamaba llevarla a todos lados, como por ejemplo a las vacaciones, donde si bien la llevaba a la ciudad donde veraneaba no lo hacía a la playa (la tocaba sólo por las noches o cuando me encontraba en el departamento), en primera instancia por un tema de cuidados hacia el instrumento con respecto a la arena y la sal y todo eso, aunque creo que en definitiva era porque (aunque parezca una sinrazón) la veía demasiado grande para andar cargándola como una cosa más además de todos los otros objetos que, se sabe, uno lleva a la playa. En cambio con este instrumento, el ukelele, pasa todo lo contrario; este verano, por ejemplo, estuvo conmigo todos los días que fui a la playa, y si bien al regreso a mi casa, a mi ciudad ─al final de las vacaciones─, tuve que hacerle una limpieza muy profunda (producto de la suciedad que tenía y que era la misma que temía que ensuciara a la guitarra en otro tiempo) nada le pasó al instrumento ni a su estuche ni a nadie, lo que demuestra que con la guitarra nunca quise hacer lo que hice ─y hago ahora─ con mi ukelele porque no estaba motivado realmente para ello, sencillamente.
Que soy feliz con mi ukelele, y que toda la introducción que ha tenido esta entrada de blog era simplemente para demostrar, en primer lugar, que quien se conecta con la música desde la primera edad, desde los inicios de su caminar por esta vida, estará signado por ella hasta el último día que permanezca aquí y, en segundo término, para reflexionar acerca de que siempre podemos estar sorprendiéndonos ante el encuentro de una nueva forma musical ─un nuevo puente que nos acerque a ella de una manera diferente y renovadora─ (todos aquellos que vivimos o participamos de la música, y de su ejecución y creación, de alguna u otra forma) que venga a colmar en forma total nuestras expectativas, nuestros deseos y nuestros gustos, aunque quizás no nos hubiésemos dado cuenta completamente de ellos hasta no haber dado con la novedad en cuestión.
En esta nueva etapa de mi vida, entonces, y sé que de aquí en adelante para siempre, este pequeño instrumento de cuerdas ha venido a renovarme, a impulsarme creativamente y a colmarme de felicidad a cada momento que lo tomo entre mis manos para dejarme fluir y que de él y de mí brote simplemente música, sólo eso, y nada más que eso; ¡qué no es poco!

sábado, 4 de marzo de 2017

Vuelta al ruedo, ¿y al acostumbramiento?

Volviendo al ruedo ─al blog─ luego de un tiempo (un par de meses; desde el año pasado, más precisamente) de no andar por aquí; lo que me lleva a pensar en que todo es cuestión, en cierto grado, del acostumbramiento que vaya operándose en cada uno con respecto a "ciertas rutinas" que se llevan adelante, muchas veces ─quizás─, sin darse real cuenta de porqué nos vemos inmersos "en ellas".
En fin, que vuelve a arrancar paulatina y abruptamente ─contradicción válida según los casos─ el año ordinario de "durante el año", en el cual cada uno retoma a sus tareas habituales y de esta forma pasa a moverse imperceptiblemente de una manera que a la sazón lo llevará a la automatización de sus actos y a ese acostumbramiento del que hablaba al inicio y el cual, por más que queramos zafar para no caer presas de él, termina absorbiéndonos y ─valga la redundancia─ haciéndonos su presa.
Por eso estoy nuevamente aquí, escribiendo y expresándome, lo que no quiere decir que antes ─en ese tiempo en el que me ausenté del blog y de sus "acostumbradas" publicaciones diarias, semanales o de algún otro tipo de intensidad temporal— no hube experimentado algo digno de plasmar en una entrada (de blog) o no hube sentido ganas de expresar algo; sino que como, seguramente, al estar viviendo el momento extraordinario del año, hablando del mes de las vacaciones en la playa en el cual todo cambia su rutina con respecto al resto de los meses y por eso lo de "extraordinario", tuve otras prioridades en mi "nuevo acostumbramiento" y fue así que éste, el de volcar temas aquí, se vio relegado por pertenecer a otro tiempo del año, que es efectivamente éste en el cual estoy volviendo, como dije al comienzo, al ruedo con él.
Dicho esto, a modo de aclaración pertinente para reanudar el camino de la letras bloggeras, y sin más, arranco de lleno el año de "De todo como en Botica"; siempre sensible, siempre despiadado, siempre auténtico, siempre dispuesto a expresarme, para mí, para todo aquel que ose interesarse en pasar por aquí; o para nadie quizás (o porque sí) ya que sale naturalmente de mí ser escribir, y no lo reprimo, y me lo permito, y lo hago como salga en este espacio.
Y para inaugurar este año ─llamando de alguna forma a esta primera entrada─, en esta oportunidad, voy a seguir ahondando en el tema del acostumbramiento ya que es un vicio muy peligroso que, si se lo deja actuar y avanzar, amenaza, o puede hacerlo en un alto grado, con romper estructuras mucho más importantes que las que puede estar apañando o pueden estar encuadrándose dentro de él.
Dentro del acostumbramiento "maldito" (no vamos a tener piedad con este hábito), mientras se lo padece, se lo vive, las cosas se dan naturalmente y todo fluye dentro de parámetros aceptables; ya que esa es una de las capacidades admirables que produce este síntoma colectivo donde nada se ve claramente sino hasta que se está lejos del momento donde todos estaban acostumbrados a algo o inclinados al uso y práctica frecuente de una cosa u acto.
Por eso es a la distancia cuando mejor se puede descifrar la mentira que encierra en sí mismo este motor que hace que nada se subleve ni se revele contra nada ni contra nadie porque ese aroma engañoso de "lo acostumbrado a vivir" viene a ser como una clara nota de incienso que, imperceptiblemente, va adormitando los ánimos y las reacciones en pos de no romper el esquema tan "tolerable" del mismo acostumbramiento.
Es claramente predecible que todo esto lo podemos saber cuando ya ha pasado mucha agua bajo el puente y tenemos la oportunidad de revivir, aunque en contextos muy diferentes, y sin buscarlo por supuesto, parte de ese acostumbramiento que se operaba en otro contexto de tiempo y espacio y chocamos entonces contra la cruda realidad que representa el hecho de que se haya esfumado ese acostumbramiento para dar lugar a la verdad en su máxima expresión, haciendo que todo lo que otrora se toleraba, se fingía, o simplemente se manipulaba, ahora de rienda suelta a su verdadero ímpetu y a su más cabal intención de acción y reacción.
Puede sonar algo complicado, quizás, a la mera lectura de la idea, pero quienes han experimentado tales venturoso y afortunados desacostumbramientos porque su vida los ha bendecido permitiéndoselo, y luego se ven sometidos por esas vueltas del destino nuevamente a un contexto donde sí se contemplaba ─que aunque contexto diferente, al volver a convocar a los mismos actores no deja de ser el mismo─ lo deben comprender al dedillo; porque si se vuelve a sentir exactamente lo mismo de hace más de una o dos décadas atrás ─aunque sea por otro canal─ y ahora con la despiadada falta de tino que representa el paso de una o dos décadas en las que como puede apreciarse nada ha cambiado salvo la libertad de poder ahora sí, ya sin ese acostumbramiento, hacer lo que se venga en ganas y no apenas lo que se podía, te das cuenta que es ahora también cuando las cosas toman su verdadera significación y hablan por sí solas, aunque en ese viejo tiempo del acostumbramiento in situ también lo supieras y te dieras cuenta de ello.
¿Y cuál es la resultante de toda esta farsa; la resultante, a nivel emocional y vivencial?, a eso me refiero, claro; y no para quienes muestran su peor rostro ─que no deja de ser loable ya que es el auténtico y de esta manera se están salvando de cualquier tipo de acusación de falsedad o actuación premeditada─ sino para quienes vuelven a caer en la cuenta del vicio que significaba estar acostumbrados a eso que ahora ya no importa y por tal motivo se vulnera y se degrada.
¿Que cuál es entonces? Realmente, si bien son muchos los elementos que integran el abanico que resulta de volver a revivir algo así, todo puede resumirse, sin ninguna duda, al único estado, tan mentado y absoluto en diferentes momentos de la vida de todos los seres humanos, y por lo que podemos saber también de seres animales ─aunque no sea el tema que me compete en este momento─ que es el dolor. Porque todos los momentos y sensaciones que puedan atravesarse siempre van a llevar a este triste capítulo que abarca tanto las frustraciones, los enojos, los desencantos, las desesperanzas y todo aquello que pueda sentirse ante cimbronazos de este tipo producidos por hechos como el que les comparto.
Y sí, como estarán imaginando, volví a chocarme con esta pared yo también en algún momento cercano a éste de la escritura y a experimentar esta cruda realidad. Por eso comparto y desentraño este accidente, para tratar de razonarlo y entenderlo mejor yo y, quizás, ayudar a alguien que pueda estar atravesando por algo similar y, ¡justa casualidad!, ande por aquí leyendo.
Y la idea final no debe ser que ese dolor es inevitable. Es esperable, en todo caso, y nada más. De allí en adelante habrá que superar lo que deba ser superado y aceptar aquello que se muestra tal cual es, y seguir, y mirar para otro lado si es necesario, porque lo que se ha torcido desde un comienzo ─si nos ponemos a pensarlo fríamente─ era esperable que siguiera torcido con el pasar de los años.
Buena vida para todos, para ellos, y para nosotros; y sigamos caminando que esto no puede significar otra cosa más que una pequeña piedrita que hay que saltar o, en todo caso, patear para seguir caminando.

domingo, 11 de diciembre de 2016

En el lugar del otro.

Lo esencial en cualquier relación de parejas, de amigos, de compañeros de trabajo, etc., es poder ponerse en el lugar del otro; pero no siempre y en todo momento sino en esos casos en los que uno está abusando de la otra parte, ya sea por un uso desproporcionado del enojo, de la confianza, de la superioridad de jerarquías, respectivamente; o de cualquier tipo de maltrato, en cualesquiera de los casos.
Siempre es posible ponerse en el lugar de quien uno está agrediendo y menospreciando de cualquier forma y a través de cualquier actitud o impronta, porque lo importante en estos casos es resolver las cosas con palabras que nunca sobrepasen el límite de lo que podría escucharse tranquilamente ─aquello que uno mismo podría escuchar sin sobresaltarse─, aunque sean temas que requieran de una urgente modificación y tratamiento, temas graves y complicados de entablar; para así entonces poder seguir tratando las cuestiones sin que ninguna ira ─que se vuelve incontrolable─ arruine el intercambio de palabras, opiniones, puntos de vista, formas de ser.
Nada más ni nada menos que esto es a lo que debemos aspirar personalmente en nuestra vida para, una vez logrado este "desenvolvernos ante los demás", tratar de ir inculcándolo en los otros, y sólo a partir de una plenitud que nos ofrezca el hecho de sabernos a nosotros mismos portadores de “eso” que deseamos para los demás, de eso que ahora sí estaremos en condiciones de intentar promoverlo para el afuera.
La vida es un camino en donde uno se va a ir encontrando con diferentes tipos de baches, unos más profundos e irregulares que otros, todo el tiempo. Uno es quien debe sortearlos para poder, en primera instancia, pararse frente a ellos y evaluando su magnitud ─sin demasiada contemplación ni reverencia─, luego enfrentarlos, y finalmente superarlos para poder continuar el camino despejado hasta la llegada del próximo desnivel.
Visto así, bien podría pensarse que uno basará su vida en la existencia, o no, de los accidentes que pueblen nuestro camino y no en disfrutar sin más de ella, como todos sabemos que debe ser el aspirar a tener una existencia plena ─la plenitud, como concepto absoluto, convengamos desde el vamos, no existe; pero hay muchas nociones que se entienden y que pueden acercar a esta fase de sensación─. Pero nada más lejos que pensarlo así, en base a esquivar cunetas o badenes todo el tiempo, ya que simplemente se recurre a este ejemplo a modo de entender de qué va todo esto cuando se quiere ir directamente al meollo de una cuestión particular sin extenderse o ampliarse hacia otras situaciones que pudieran llegar a acontecer.
Por lo tanto están ahí, se sabe, y aparecerán cuando menos nos lo esperemos, siendo en cada momento particular, cada infortunio caótico, el más terrible a enfrentar y llevar adelante antes de que podamos entender cómo tratarlo y hacia dónde dirigirnos para salir ilesos de tal suceso.
No hay más ciencia que ésta, tampoco remedios o pociones mágicas ─de hecho si se releen estas letras nunca se encontrarán con una receta exprés para evitar algo que irremediablemente aparecerá en determinados momentos de nuestro andar por aquí, por este plano terrenal, cumplidamente estremecedor y convulsivo─ y lo que resta es saberse inmersos en un mundo enojado, cambiante, absolutamente desmotivado de los valores auténticos que hacen bien al cuerpo y al alma humanos y que sólo está movido por lo snob y lo que se ve ─aparentemente─ desde el afuera y que hace ─aparentemente, también─ brillar y sobresalir a quienes lo poseen; llámese coches, casas cada vez más llamativas, viajes despampanantes, ropas caras, smartphones de última generación, y todo aquellos que juega en favor de un status que solo aleja y separa a las personas que no coinciden con el mismo.
A caminar, entonces, preparados eso sí; que para estar detenidos siempre va a haber tiempo.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Lo que pase por la cabeza, sin tamiz alguno.

Es un hecho que en las redes sociales se puede ver que la gente no pone filtro alguno a sus publicaciones, quizás amparada en ese anonimato que protege o en la privacidad pura y exclusiva del momento del tipeo de lo que escribe, no teniendo en cuenta que luego eso mismo podrá ser leído por gran parte de sus seguidores o por todo aquel que por mero accidente ─virtual─ llegue hasta esa publicación.
Tal es así que sin maldad alguna seguramente y ─estimo yo─ por el mero hecho de desestructurarse y desbocarse, que se puede manejar ante lo que se desea expresar, es que muy a menudo me siento impotente al ver idioteces y burradas tan grandes como la falta de intención de provocar esta sensación en los demás (en mí), innegablemente, de quien las escribe sin tomar dimensión exacta de lo que está diciendo.
En fin, las redes sociales ─ya sabemos─ están para que todos podamos expresarnos sin ningún reparo y para que el único freno que tengamos seamos nosotros mismos; y de ahí en más ¡qué Dios nos ampare, si es que creemos en Él, o que el Universo nos proteja!

martes, 29 de noviembre de 2016

Breve leyenda.

Cuenta una vieja leyenda que un ángel, una vez, cansado de no tener ninguna forma específica y aburrido de que los antiguos libros le hubieran atribuido el cuerpo de un hombre y las alas de un ave, decidió adoptar finalmente una apariencia definitiva.
Entonces, para despistar a quienes lo vieran por supuesto que en lugar de hacerse visible bajo la consabida imagen del hombre alado adoptó otra muy diferente.
Y fue así que luego de mucho pensarlo se decidió por un cuerpo peludo con cuatro patas y una larga cola.
Pero resultó que, en su confusión, al estar él también acostumbrado a pensarse con alas y ahora no tenerlas, no pudo dejar jamás de estar moviendo su cola todo el tiempo, en ese instinto de estar agitando algo que nunca había tenido; motivo que lo sorprendió tanto, al encontrarse a sí mismo haciendo ésto continuamente, que en el desconcierto exclamó la expresión "¡GUAU!" que, además de gustarle como había sonado, dejó para siempre como su voz para comunicarse con los demás.