lunes, 5 de marzo de 2018

ONVI.


Siempre he tenido este lugar, mi blog De todo como en Botica, como un sitio para compartir con los demás, para expresar y transmitir todo aquello que, según los diferentes momentos que atraviese, considerase los más oportunos para reflexionar ─la mayor parte de las veces sobre puntos y aspectos importantes de la vida─.
Y si bien es cierto que esto de compartir es muy loable y le hace muy bien, esporádicamente quizás, a quienes reciben lo compartido, también es muy cierto que quienes comparten se llevan una porción muy grande de ese gozo “de compartir algo"; y en mi caso particular es esta razón de compartir por la que desemboco cada tanto aquí, ya que me hace bien volcar lo que pasa en mi interior, desarrollando y expulsando, en cierta forma también, de mí todo eso que seguramente necesito expresar, sí, pero que es más seguro que necesito sacar fuera de mi mente y de mi alma.
«Andan por las calles lo poetas» dice en una oración de uno de los versos de la canción “Biromes y Servilletas”, del uruguayo Leo Maslíah, y si bien todos somos un poco poetas por un lado, aunque yo no me considere apto para aplicar ese sustantivo a mi persona, por una cuestión meramente de humildad, respeto a lo que dicho término encierra y realidad por el otro, reconozco que también yo, muchas veces, suelo ir por la calle, y lo que es más pertinente aún, escribiendo este tipo de entradas para mi blog, por ejemplo.
¿Que por qué voy escribiendo por la calle? ¿Y que cómo lo hago? Muy simple, mientras camino con mi perro ─Boro, mi hermoso labrador de 10 años, que además de ser mi hijo del corazón es mi bálsamo de serenidad y amor─ y con mi smartphone. Esto ocurre generalmente por las noches, en esos momentos del día cuando sin ningún tipo de premeditación surge de mi ser eso que yo llamaría la limpieza o purga interior que me permite, en un desahogo inconsciente, desprenderme de algún bagaje oscuro que ha logrado tocarme y acoplarse sobre mis hombros por diferentes motivos e interacciones que tuvieron lugar durante el día, siendo sin lugar a dudas éste el mejor momento por ser un tiempo de tranquilidad y de sosiego que transcurro diariamente con una postura absolutamente despojada ante todo y desprotegida─, muy vulnerable quizás, por estar con el ser que más amo en este Universo y haciendo lo que mejor me sienta ─hablando, claramente, de esa caminata, antes de irnos a dormir, como un ritual recurrente para cerrar el día─. Por eso escribo.
Tal es así que es muy importante entonces para mí tanto el hecho de compartir temas que puedan ayudar ─a reflexionar al menos─ a quienes me lean, como hacer catarsis yo y "dejarme liviano" cuando las tormentas de la vida han asolado mis tierras (personales) no dejándome otra opción que  la de vivirlas, hacerles frente mientras durasen y finalmente reponerme de los efectos que han tenido sobre mí, muchas veces devastadores, para luego seguir adelante y con suerte, es decir con inspiración genuina y valedera ─esa que aflora del centro de mi ser─, poder intentar quitar toda esa "suciedad" de mí plasmando todo aquello que me vino de repente como escape ante algunos dolores propios.
No más rollo por ahora. Basta de tan intenso proemio, que para seguir adelante por el día de hoy, con esto, ya ha sido suficiente; teniendo en cuenta que éste bastará para que si alguien siente algo parecido a lo que yo intento explicar, como fundamento principal de todo este trabajo mío aquí, o se expresa también de una forma similar a la expuesta por mí, pueda saber que siempre hay una salida, aunque pequeña e insignificante quizás, que ayude a comenzar a edificar desde nuestro interior esas paredes que nos derriba alguna tormenta o algún contundente Onvi (objeto no volador identificado).

martes, 7 de noviembre de 2017

¡Bienvenidos, todos, a la vida real!


Es fácil entender que nadie es perfecto porque sin ánimos de entrar en una explicación barata acerca de la perfección todos sabemos que siempre tenemos algo que va contra ella. Nadie está absolutamente conforme, a gusto, satisfecho con la primera impresión que la vida le ha regalado de sí mismo; de hecho es muy frecuente que hagamos cosas para modificar eso que justamente no nos gusta de nosotros, ya sea algo a nivel espiritual, de nuestra forma de ser, o directamente algo muy visible que haga a la apariencia, si se quiere, estética personal.
Por eso nunca hay que perder de vista que todo lo que podamos hacer con nosotros, siempre que sea para mejorar nuestra calidad de vida ─desde cualquier lugar y punto de vista que se aborde esta mejora─ va a ser algo positivo. Y ni hablar si con nuestra modificación, adrede, logramos mejorar la calidad de vida de los demás.
No se porqué brota de mí esta reflexión en este momento de mi vida; generalmente dejo que lo que siento internamente salga a la luz a través de cualquiera de los canales que tengo para expresarme, ya sean éstos los personales que pongo en marcha todo el tiempo sin darme cuenta o estos de tipo virtual, aunque también personales, que son más armados y en los que vuelco conscientemente lo que quiero expresar. aunque también inconscientemente en muchas oportunidades.
¿Será quizás que me parece oportuno refrescar la idea de que la perfección es una idea triste y opaca, contrariamente a todo lo que de esta idea podría pensarse?
No quiero ser perfecto. No podría serlo. No podría sobrellevar ese peso sobre mi espalda. Además, no puedo aspirar a algo que no existe.
La vida normal, de gente común, esa en la que muchas veces hay que tomar envión para poder atravesar algo que nos duele o que nos molesta reconocer cerca nuestro, y también esa en la que se disfrutan muchísimo los buenos momentos que llegan y hacen tan bien, es el tipo de vida que deseo y que elijo. Y no lo hago desde la única opción que me quede, no pudiendo optar por alguna otra cosa; yo, consciente de mis decisiones y de mis elecciones, siempre elijo lo mejor para mí, y definitivamente la perfección es algo que dista mucho de ser tentadora, atrapante, deseada y valorada en mi existencia.
Seguramente ya lo he dicho, pero bien vale volver a repetirlo:

¡Bienvenidos, todos, a la vida real!


domingo, 18 de junio de 2017

Confusión.

Cuando todo suma a que la confusión sensitiva se instale en nosotros, aunque sólo sea por breves momentos, confusión sensitiva basada en una dolencia espiritual que se manifiesta en la amargura y en la angustia que comienzan levemente para continuar su in crescendo de manera estrepitosa ─si no se les intenta poner un freno que mitigue tales dolores─, todo comienza a verse desde dos ópticas muy relevantes, concretas y diferentes.
La primera, la de la tristeza; indudablemente es la que nos lleva a sentirnos mal y a no entender, en un primer momento, porqué hemos llegado a ese lugar en el que nos encontramos, lugar que sólo nos deja un sabor amargo por estar teñido de sentimentalismo y añoranza, ambos sentimientos que podrían ser buenos y loables en su constitución pero que en estos casos solo vienen a revestir cierta opresión y, por supuesto, mucha desolación. Tristeza que nos mitiga en nuestro accionar concreto y que llega para aflojar nuestro espíritu y hacernos recalar en todo aquello que nos aflige y que en ese momento lo podemos ver y sentir a flor de piel; todo esto dando lugar a la otra de las ópticas, íntimamente relacionada a ésta primera si bien muy diferente.
La otra entonces, la segunda, es la de la claridad que nos permite darnos cuenta de que algo estamos haciendo mal y que todo lo que podamos creernos ─a nosotros mismos─ sobre que las cosas se dan de determinada forma por algo es una falacia que bastaría con solo moverse de una manera diferente para ser derribada y no tener más vigencia ni poder en su enunciado. Porque es cierto que muchas veces nosotros mismos nos vamos ubicando en determinado lugar ─físico y espiritual─ y cuando queremos darnos cuenta de dónde estamos realmente ubicados ya es demasiado tarde para modificar y cambiar algo en todo este cuadro que se nos presenta; a no ser, claro, que nos dispongamos a ver y generar una variación real en todo lo que descubrimos que no era lo que deseábamos para nosotros y para nuestra vida y la de los que nos rodean que, por estar en nuestro contexto de alguna u otra manera, también pasan a formar parte activa de todo lo que se desprende de ese cuadro que nos arrojó la claridad de esta confusión sensitiva.
Que vivir es también sufrir y eso todos lo sabemos y que los sufrimientos no deberían llegarnos “en balde” (de gusto) es un hecho. Por lo tanto es imprescindible poder tomar la batuta de esta orquesta que es en definitiva nuestra vida y manejarla, dirigirla, como realmente nos plazca. Porque después de todo ¿para qué sentirnos mal si es tan hermoso pasarlo lo mejor posible?; con el plus, al mismo tiempo, de hacer que los demás también lo pasen mejor gracias a nosotros.
Que el Universo Sabio, que dictamina en alguna medida sobre nosotros, y que nuestra vida toda, desde sus comienzos y hasta nuestros días ─con lo que ello significa: experiencias pasadas y herramientas recibidas a través de los años así como una maduración y determinación únicas que nos llevaron a ser quienes somos─ sean nuestros mejores aliados y nuestros ángeles protectores que nos ayuden a ser felices y a disfrutar cada vez más de ésto, de vivir.

jueves, 15 de junio de 2017

Empatía. La clave de todo.


EMPATÍA

f. Sentimiento de participación afectiva de una persona en la realidad que afecta a otra:
la empatía consiste en ser capaz de ponerse en la situación de los demás.

(WordReference.com)


Es muy triste ─no hay otra palabra que defina mejor lo experimentado─, al menos para mí y para la concepción que tengo de los valores y posturas asumidos en la vida, ver como se puede ir degenerando una actitud en algunas personas y, por este motivo, cambiando una forma de ser que, en general y a groso modo, podríamos decir que todos traemos desde la cuna, que es aquella que nos hace ser empáticos con los demás, y no a través de impostaciones de la personalidad sino por medio de no dar rienda suelta a esos bajos modales que quizás en otros ámbitos suelen ser aceptados, celebrados y disfrutados (escasos ámbitos, seguramente) pero que en los círculos más amplios y generales pasan a ser una desatención y una desubicación llana y lisa.
Cuando uno llega a cierta edad, cuando se considera adulto (lo que no quiere decir que uno sea un ser aburrido o sin sentido del humor o con una expresión adusta todo el tiempo), hay cosas que deben quedar en el tintero definitivamente, más cuando se está compartiendo con otras personas diferentes a las de todos los días que podría incluir a esas que saben de nuestras reacciones que en otro contexto diferente a ése, el de siempre, llegan a ser odiosas, molestas y provocan cada tanto un desencuentro entre la gente, al no saber cómo reaccionar o asumir los comentarios por ejemplo, que se lanzan de cualquier cosa que pueda estar sucediendo en un instante preciso, así sin más.
Experimentar esos instantes suele ser cómico en algunos casos en primera instancia (aduciendo esta comicidad contextualizada a la desazón de no saber qué hacer o cómo reaccionar ante lo sucedido o dicho; resultante de todo esto: la risa, como sinónimo de una expresión o chivo expiatorio para salir del momento a como dé lugar) y a posteriori suele desembocar en las reacciones más inesperadas; ésas que, por cierto, quienes menos se las esperan son quienes se dieron cuenta de lo que se estaba produciendo y pasaron por un desencanto fugaz pero contundente aunque finalmente hayan podido sortearlo y quienes produjeron tal desacierto con su proceder, ya que para estas personas, nada más natural que ser, desenvolverse y manejarse así.
Porque hasta cierto punto podría entenderse que cada cual es como es y de ahí en más nada debería interferir en el ser como se es, valga la redundancia; pero no, ocurre que hay tiempo y lugar para todo y por tal motivo no se puede ir por la vida como se es siempre, sin tratar de contemplar al menos en un porcentaje ínfimo al otro y a lo que ese otro pudiera sentir con las expresiones que uno tiene.
Pasa por una chiquilinada y formas de ser absolutamente inmaduras, egoístas y ridículas que todos debamos adaptarnos, aunque las entendamos y podamos darnos cuenta que no revisten ninguna maldad, a reacciones adquiridas en otro contexto absolutamente diferente al nuestro. En cada sitio se es como el contexto lo vaya marcando, tampoco esto significa andar siendo falsos y poco auténticos si lo entendemos desde el lugar de que quien se encuentra con alguien es de una manera específica, siendo a la vez, con certeza, completamente diferente a cuando se encuentra con alguien más. Sino estaríamos hablando de un egoísmo sin par en el que los demás deben adaptarse a nosotros para nunca interactuar plenamente, adaptándonos todos (cada uno desde su lugar), como un “encuentro” ─siempre de más de uno, que por eso se “encuentran”─ lo requiere.
Y experimentar, vivir, este tipo de momentos, con sus “in situ” y sus “a posteriori”, es francamente incómodo y desconcertante porque hay que entender que el malestar de presenciarlos y la confusión derivada de las reacciones de todas las partes es algo que nunca podremos evitar aunque bien por fuera nos sintamos estar de lo que dictaminan y decantan todas ellas.
Tal es así que siempre vamos a tener que chocar contra esa realidad que nos sofoca y, nuevamente, nos entristece provocando en nuestro ser, en ese más íntimo y profundo que aspira siempre a la concordia y al bienestar de todas las partes, una añoranza de cuando la empatía abundaba en las almas humanas y no se andaba esperando tanto que a uno lo entiendan en todo lo que hace sino adaptándose a cada momento, como así tampoco sintiendo que todo era contra uno y que el mundo estaba contra uno siempre porque uno, vaya a saber porqué, lo experimentaba de esa manera.
En fin, la gente crece en años y en rebusques y si bien es necesario superarse y entender que no todos pueden estar bien con todos todo el tiempo, está bueno saberse simple y en esa simplicidad hacer sentir simples y bien a los demás.

miércoles, 24 de mayo de 2017

2666. ¿Por qué este título?

Yo he leído 2666 recién ahora, en 2017, es decir un tiempo prolongado después de su primera edición (2004), y realmente me quedé pensando varios días acerca del título que daba nombre a la obra póstuma de Bolaño y de lo que habría querido significar él con éste y lo que llegué a figurarme finalmente (aclaro lo de figuración ─personal─ debido a que es un desenlace propio sobre este supuesto que muchos manejan, acerca de la presente denominación de la obra) fue que tenía que ver con algo caótico, en primer lugar, que por otra parte se ve en cada segmento de la novela donde (el caos) de una u otra manera sobrevuela las páginas a cada momento, caos que tiende a mostrar el desarrollo del mundo contemporáneo, y hacia dónde va dirigido su rumbo, a partir ─y en continuación─ de todo lo que sucede en un presente poco menos que siniestro desencadenado por un pasado no menos tortuoso y mortuorio o pestilente de la humanidad ─toda─, se ubique donde se ubiquen sus protagonistas temporales ─México, París, España, Italia, Alemania, EE.UU, etc.─, todo esto por un lado; y además, por otro lado, al hecho de apuntar decididamente a desconectar al lector de la premisa, tan inherente a cada lectura, de la asociación continua a un epíteto con respecto a una obra, algo que debería olvidarse al momento de comenzar a transitarla para otorgarle el sentido genuino y puro a lo leído, desprendido de cualquier idea preconcebida que podamos hacernos a partir de algo tan efímero como una denominación. En definitiva, el título deberá volar en la imaginación de cada lector que, en teoría, se encontrará en el mismo lugar ─al momento de pensarlo y significarlo─ del comienzo (antes de abrir el libro) cuando termine la novela. Eso fue Bolaño, precisamente, entre tantas cosas más por supuesto, a mi humilde entender; marcador de parámetros a seguir que renueven el acto de leer y de quedarse con una historia dentro de uno, partiendo y finalizando ─y continuando─ con su título, tan intrascendente, en esencia, y a la vez tan absoluto.

viernes, 12 de mayo de 2017

Hipótesis. Suposiciones. Supuestos. ¿Qué otra cosa puede hacerse?

Cuando hay una situación no resuelta en alguna persona, sea ésta situación del estilo que sea, siempre se va a materializar en algo negativo para ella, al menos negativo ante ─algunas─ otras personas, esto es un hecho; y algo que también lo es, y tiene que ver con el mismo hecho que trascenderá a esa persona e involucrará a otras que la estiman, es que ésta acoge la solución de no dar lugar, ni siquiera por acostumbramiento o mero vínculo, a un encontronazo que pudiera ponerla en evidencia ─tan solo ante ella misma, quizás─ de ese motivo que en su vida la supera y la obliga a tomar distancia con una postura de negación, por el simple hecho de no poder asumir y dar con eso de lleno.
¿Y en qué lugar se encuentran, o qué lugar vienen a ocupar, esas personas que estiman a la del tema no resuelto? En el de sentirse separadas y aisladas de ella por el único motivo de que estas terceras personas sí han asumido algo ─eso mismo, sin dudas─ que la primera no pudo y que, por tal motivo, antes de seguir interactuando con quienes sí lo han hecho prefiere olvidarlas y seguir en otro plano su vida de relaciones y vínculos, para que nada ─ni por mera casualidad o contexto─ las lleve a cuestionarse nada de nada. Jamás.
Esto es al menos lo que pueden suponer las terceras personas, aisladas de los vínculos de ésta primera. Simple. Elemental, podría decirse. Seguro, sin temor a equivocación, esa debe ser la hipótesis más cercana a la veracidad en la explicación de un proceder tal que, cuando no ha mediado nada malo entre la persona en cuestión y las otras ─esas que son dejadas de lado en el mero vínculo de relaciones normales─, relega a estás otras por sobre otras más que, teniendo una mirada muy obvia y general (a la vez que snob), son iguales a la protagonista en alguna de las tantas formas de ser ─y elegir ser─ de las personas.
Cosas de las relaciones humanas, por cierto, tan complicadas y vastas en su abanico de presentaciones; pero que vale la pena decir ─aclarar─ que suelen ser más complicadas, muchas veces, en unas personas que en otras que, finalmente, eligiendo ser auténticas pueden estar aquí o allá sabiéndose libres ante el hecho de que nada podría interferir en su relación con el mundo ─con cualquier otro ser─ porque cuando se es quien se desea nada puede frenar ni obstruir el hecho de no andarse con cosas extrañas, que desplazan cualquier tipo de conducta normal y cotidiana, que no pueden ser entendidas completamente sino es a través de una suposición encumbrada tan solo para intentar deducir, un poco al menos, toda esta maraña que viene a significar relacionarse humanamente.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Solo se trata de no agrandar cosas sin importancia.

Muchas veces uno se encuentra afligiéndose, o al menos sintiéndose abatido, por alguna cosa que no merece la menor importancia, teniendo en cuenta lo que realmente reviste su foco de atención además de lo que viene a significar para la propia vida, una vida que siempre debería aspirar en todo momento a dar a cada cosa su verdadera trascendencia.
Por eso hay que tratar de hacer foco en las cosas, o mejor dicho, en los seres verdaderamente importantes que se tiene alrededor y que hacen que la vida no deba reparar en tales cometidos que llevan a sentirse mal para de esta manera, por tal motivo, seguramente lograr, volver a sentirse bien, sonreír y saber que lo demás siempre tiene solución o al menos siempre se puede intentar darle una.
Y se debe sacar de cada experiencia traumática (en definitiva sentirse mal, aunque sea de gusto, es traumático siempre que se tenga en cuenta que uno deja de estar y sentirse bien por algún motivo externo y eso lleva ─se lo quiera o no─ al trauma momentáneo o pasajero pero trauma al fin) algo que sirva para afrontar la próxima. Y aunque en la siguiente desventura de este tipo uno quizás se vuelva a sentir mal a priori, como un mecanismo inconsciente de reflexión ante lo que sucede, hay que saber que enseguida volverán las imágenes y opciones encontradas en la superación de la desazón anterior y entonces todo volverá a estar bien nuevamente.

viernes, 28 de abril de 2017

(in)Coherencia.

La coherencia lo es todo en la vida. En lo mucho y en lo poco. No se puede hacer una cosa que dé a entender o declame explícitamente algo que va en dirección del blanco para después comportarse y proceder como quien va directamente hacia el negro.
De esas cosas, por las que me doy cuenta que soy alguien opuestamente ubicado en su vida con respecto a la incoherencia, saco que nunca podré avalar una actitud o comportamiento de este estilo; sea quien sea, lo lleve adelante.
Me indigna indiscutiblemente tener que presenciar algo tan básico que debería poder evitarse para no hacer mella en la mera dignidad personal de quien lo lleva adelante ─dignidad que sólo hace a esta cuestión de la coherencia y el respeto propio que se genera alguien en primer lugar a sí mismo con su obrar no opacando otras virtudes o bondades de quien caiga en este vicio; pero dignidad también al fin─ y que sin embargo se hace y se lleva a cabo por algún placer o gusto, personal también, que no se está dispuesto a resignar.
Yo podré ser ─lo soy, lo sé, sin dudas─ de ese tipo de personas que llevan más de un encontronazo o algún menosprecio en su bagaje de experiencias personales por este mismo motivo de nunca, ya desde un lugar inconsciente y absolutamente resuelto racionalmente en algún momento de mi vida o a través de las sucesivas experiencias vividas; decía, de nunca pero nunca ceder ante unas mieles que podrían ser atractivas o al menos encantadoras si me estarían llevando a verme ubicado en algún lugar en el que no todo condiga con lo que soy y hago con mi vida, conmigo mismo, desde siempre.
Es tal vez por este motivo que hoy, viernes 28 de abril de 2017, escribo estas líneas como disparador de alguna idea que no es para nada efímera o general, por otra parte, y que viene a sostener en mí la consigna de que ser coherente es fundamental para sentirse bien y saberse auténtico desde lo personal pero no necesariamente lo más conveniente para ser respetado, seguido o valorado a ultranza por el resto de la gente. Ya se sabe, por estos días, los de esta era moderna, todo va y es para el lado que sople el viento y así se acostumbran todos ─una gran mayoría al menos─ a dejarse arrastrar y ser por esos vientos de placeres, brillantes quizás pero escuetos como todo ese tipo de cosas, propias de estos tiempos.
Es así, y está bueno saberlo. Prefiero quedarme con mi autenticidad vinculante por esa coherencia tan en desuso u olvidada quizás y ser auténtico para mí y para los pocos, pero fuertes vínculos, que me acepten y no ir siendo una veleta que hace algo que luego se olvida para participar de otra cosa en la que si se tuviera en cuenta eso primero que se hizo no se podría siquiera tener la osadía de intervenir.

jueves, 27 de abril de 2017

Tantas vidas.

Es infinito el abanico de momentos por los que atraviesa una vida cualquiera (un ser humano) sin ningún otro aditivo ─esa vida─ que simplemente vivir.
Por este motivo ninguna vida es pobre en el sentido de vivencias y experiencias acumuladas. Ninguna vida quedará jamás obsoleta en su metier de vivir puesto que siempre se va a estar experimentando algo diferente al segundo anterior y esto, sin dudas, es una inmensa facultad ─que se trae desde la cuna y que hace a cualquier vida múltiple en vivencias para de ahí en más ser lo que cada vida es y hace consigo misma─ que nos hace inmensamente ricos. Definitivamente ricos.
Hay que saberse siempre en el momento y lugar justo porque de otra manera, pensándose por el contrario siempre en el lugar equivocado y el momento menos oportuno, se va a estar restando en esa facultad innata de experimentar cosas que fluyan a través de nuestro ser por lo que decante lo vivido en diferentes momentos.
También se podría hacer una observación con respecto a eso de creerse equivocado, de momento y lugar, ya que esto vendría a sumar en el crisol de sentires y experiencias interiores personales experimentadas que seguramente se presentarán para dar paso luego a otros abordajes de la misma empresa concluyendo de esta manera que ese es también otro de los escalafones de tantas vivencias que atraviesa una vida, como dijimos, cualquiera. Algo para tener en cuenta, por cierto.
Que se vive, y eso es lo importante, de esto no hay dudas. Siempre vamos a ir tanteando sobre el camino como “ir”, según el tiempo y trayecto que nos toque experimentar, porque en definitiva ese será el mejor parámetro para “ver” cómo seguir.
Son las vidas que van por este universo tan diferentes unas de otras y tan similares a la vez que si se quisiera hacer una lista que enumerara al menos las principales nociones de cada idea ─igualdades y diferencias─ sería imposible, no el hecho de comenzarla pero sí finalizarla o darle una forma definitiva para que pueda ser presentada como guía a tener en cuenta.
Vivir es una aventura y aunque sea esta una frase tan trillada y repetida siempre toma nuevo significado y justa aplicación cuando se la utiliza o se la dice en contextos como el aplicado ahora.
Por eso, ¿vamos a pensarnos pobres o menos que algunos o, a la inversa, vamos a considerar a otros u otras inferiores a nosotros por lo que apenas podamos ver en la superficie de lo mínimo que se deja asomar cuando uno ve a alguien más?
Sincerémonos y vayamos por la vida valorándonos, sí, pero también, y fundamentalmente, valorando a todos los demás porque tanta riqueza oculta, o quizás demostrada a los cuatro vientos, no puede pasar desapercibida. Al menos no debería.