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domingo, 11 de diciembre de 2016

En el lugar del otro.

Lo esencial en cualquier relación de parejas, de amigos, de compañeros de trabajo, etc., es poder ponerse en el lugar del otro; pero no siempre y en todo momento sino en esos casos en los que uno está abusando de la otra parte, ya sea por un uso desproporcionado del enojo, de la confianza, de la superioridad de jerarquías, respectivamente; o de cualquier tipo de maltrato, en cualesquiera de los casos.
Siempre es posible ponerse en el lugar de quien uno está agrediendo y menospreciando de cualquier forma y a través de cualquier actitud o impronta, porque lo importante en estos casos es resolver las cosas con palabras que nunca sobrepasen el límite de lo que podría escucharse tranquilamente ─aquello que uno mismo podría escuchar sin sobresaltarse─, aunque sean temas que requieran de una urgente modificación y tratamiento, temas graves y complicados de entablar; para así entonces poder seguir tratando las cuestiones sin que ninguna ira ─que se vuelve incontrolable─ arruine el intercambio de palabras, opiniones, puntos de vista, formas de ser.
Nada más ni nada menos que esto es a lo que debemos aspirar personalmente en nuestra vida para, una vez logrado este "desenvolvernos ante los demás", tratar de ir inculcándolo en los otros, y sólo a partir de una plenitud que nos ofrezca el hecho de sabernos a nosotros mismos portadores de “eso” que deseamos para los demás, de eso que ahora sí estaremos en condiciones de intentar promoverlo para el afuera.
La vida es un camino en donde uno se va a ir encontrando con diferentes tipos de baches, unos más profundos e irregulares que otros, todo el tiempo. Uno es quien debe sortearlos para poder, en primera instancia, pararse frente a ellos y evaluando su magnitud ─sin demasiada contemplación ni reverencia─, luego enfrentarlos, y finalmente superarlos para poder continuar el camino despejado hasta la llegada del próximo desnivel.
Visto así, bien podría pensarse que uno basará su vida en la existencia, o no, de los accidentes que pueblen nuestro camino y no en disfrutar sin más de ella, como todos sabemos que debe ser el aspirar a tener una existencia plena ─la plenitud, como concepto absoluto, convengamos desde el vamos, no existe; pero hay muchas nociones que se entienden y que pueden acercar a esta fase de sensación─. Pero nada más lejos que pensarlo así, en base a esquivar cunetas o badenes todo el tiempo, ya que simplemente se recurre a este ejemplo a modo de entender de qué va todo esto cuando se quiere ir directamente al meollo de una cuestión particular sin extenderse o ampliarse hacia otras situaciones que pudieran llegar a acontecer.
Por lo tanto están ahí, se sabe, y aparecerán cuando menos nos lo esperemos, siendo en cada momento particular, cada infortunio caótico, el más terrible a enfrentar y llevar adelante antes de que podamos entender cómo tratarlo y hacia dónde dirigirnos para salir ilesos de tal suceso.
No hay más ciencia que ésta, tampoco remedios o pociones mágicas ─de hecho si se releen estas letras nunca se encontrarán con una receta exprés para evitar algo que irremediablemente aparecerá en determinados momentos de nuestro andar por aquí, por este plano terrenal, cumplidamente estremecedor y convulsivo─ y lo que resta es saberse inmersos en un mundo enojado, cambiante, absolutamente desmotivado de los valores auténticos que hacen bien al cuerpo y al alma humanos y que sólo está movido por lo snob y lo que se ve ─aparentemente─ desde el afuera y que hace ─aparentemente, también─ brillar y sobresalir a quienes lo poseen; llámese coches, casas cada vez más llamativas, viajes despampanantes, ropas caras, smartphones de última generación, y todo aquellos que juega en favor de un status que solo aleja y separa a las personas que no coinciden con el mismo.
A caminar, entonces, preparados eso sí; que para estar detenidos siempre va a haber tiempo.

martes, 27 de septiembre de 2016

Hay límites que no se deberían pasar jamás.

Quien ha traspasado el límite de permitirse decir “hasta ahí”, cuando bien se sabe que la palabra arrojada no vuelve más y en muchos casos es difícil de olvidar, y se permite decir todo lo que a su cabeza se le acerque, sin poner ningún filtro que tamice lo dicho, es seguro ─me atrevería a decir inevitable─ que piense, en algún momento de su verborragia verbal ─si es que, supongamos, podría llegar a pensar acerca de lo que hace y dice─ que sus palabras solo actúan en el otro como un descargo de su parte y que por tal motivo serán tomadas ─por el otro─ como simples e impulsivas consignas dichas en momentos que, producto de la ira, sabrán entenderse como frases sin el real significado de lo que expresan, al igual que otras ─palabras, expresiones─ que también puedan decirse pero que en realidad no revisten de mayor significado que el de una mera ofensa, para llamarlas de alguna manera.
Pero resulta que esto no es así, ni por casualidad, y todo lo que sale de la boca, con menor o mayor intensidad, es producto en cierta forma de lo que se piensa o se desea (decir).
Muchas cosas podemos tirarle al otro en su propia cara cuando de una discusión se trata; o no, porque también estamos quienes nada agresivo podemos decir, quizás porque hemos aprendido que con incentivar la hoguera del la discordia nada se gana, y si lo que realmente se desea es terminar a la brevedad con la disputa es conveniente centrarse en otra cosa más interesante que agrandar el foco de la pelea y arremeter con artillería pesada que solo hará arder más y más esa hoguera a la que acabamos de hacer mención.
Pero siempre son dos las partes intervinientes en este tipo de cuestiones, o tres o más personas, quienes se enfrentan o tratan de enfrentarse a toda costa para evacuar alguna frustración, algún enojo o sencillamente algo no resuelto que tienen dentro de sí; y por eso aunque una parte única de la rencilla trate de salirse por la tangente para dar por finalizado el desgastante ataque verbal, si la otra parte o las otras parten que intervienen no desean cortar esa efusiva descarga de odio, de poca utilidad será querer conseguirlo de forma inmediata.
Ya se sabe, escuchar y permitir ─no desde la bonhomía o bondad de hacerle el favor a alguien que por otra parte lo merezca sino desde el cuasi único lugar que toca asumir─ es generalmente el primer paso a seguir en estos albores de una gresca que podría extenderse in aeternum pero que si sabemos abordarla, manejándola nosotros aunque la otra parte no se dé cuenta de ello, puede acabar a la brevedad, por agotamiento o falta de recursos verbales y/o estructurales para seguir destilando la furia.
Tal es así que tampoco debe darse vital importancia a lo escuchado; pero no para dar la razón implícitamente a quien agrede y podría llegar a suponer como lo hemos visto al principio del relato que decir lo que venga a su mente está bien con tal de tirar palabras lacerantes que duelan y toquen puntos concretos en el otro, sino para estar, la parte agredida, protegida ante tanta desazón que podría producirse al escuchar expresiones que en el momento pueden llegar a parecer que nadie más las diría a otras personas pero que, seguramente amigos, más de uno o de una debe escucharlas gratuitamente ─lo gratuito haciendo alusión a que nada se ha hecho para ser merecedores de tales improperios─ tratando de sortear en el momento, y con los recursos que se hayan adquirido de la triste experiencia, momentos oscuros, entonaciones groseras, malintencionados tratos y la recurrente falta de respeto que siempre se hace presente en toda discusión; ya que lo único que se desprende de éstas es la pérdida de la compasión y del poder ponerse en el lugar del otro para sentir ─simplemente eso─ y continuar de una manera diferente, no cayendo justamente en esa detestable discordia, nunca bienvenida y siempre despreciable.

sábado, 20 de agosto de 2016

No se es nada.

No se puede estar todo el tiempo destilando mala onda. No se puede. El tiempo hace que quien sea portador de tanta mala onda y tanto enojo ─al menos con una parte, siempre con la que lo padece─ se vuelva insoportable.
Podemos entender un poco de mala onda cada tanto, que se yo, así como también se puede comprender que alguien no pueda estar de buen humor o con el mejor de los talantes siempre, pero de ahí a estar viviendo en una emoción negativa constantemente es algo completamente diferente e infundado, además de indigno.
La agresión debe ser canalizada de manera positiva, redituable, es decir con actos que lleven a expulsarla del propio organismo para transformarla en algo ─si se quiere─ bueno, como podría ser relajarse escuchando la música que más nos guste o también fusionando esa agresión en cansancio haciendo una actividad física para quitarse ese feo cúmulo de cosas malas y sentirse mejor. No sé si estaré en lo cierto pero me parece que así debería abordarse este tema en cuestión.
Es la vida que toca, pero también la que se puede llevar de mejor manera trocando lo malo por lo bueno. Siempre se puede llegar a cambiar algo, pero la determinación debe partir del querer hacerlo, no hay dudas con respecto a este tema.
¿Y saben qué? Quien sea de una manera despreciable en las mayores horas del trato con uno, por más que con otro/s sea la mejor persona, siempre será eso que muestra al menos con uno solo. Porque en la vida se es transparente y auténtico siempre O NO SE ES NADA. ¡Joder!

martes, 16 de febrero de 2016

¿Será así?

¿Cuando alguien le desea el mal a otra persona realmente estará deseando lo que expresa y ese augurio será un mero fluir de su verborragia que no hace más que sacar a la luz eso que se manifiesta en su alma?, o ¿será que sólo se está diciendo con palabras, "de la boca para afuera", ideas que suenan terriblemente agresivas para hacer mella en el otro pero que no se sienten ni desean verdaderamente?
Yo he visto desear cosas tremendas a otros, y no hablo a niveles sofisticados o específicos de una relación (entre políticos, periodistas, mediáticos televisivos, etc.), sino entre dos personas comunes y corrientes para las cuales su estelaridad solo brillaría ante unos pocos que las conocen y nada más.
Entonces, ¿cuál será la verdadera intención y/o motivación de tales actos?
Quisiera creer que la segunda de las opciones esgrimidas (...sólo se está diciendo con palabras, "de la boca para afuera", ideas que suenan terriblemente agresivas...) sería la correcta, ya que de ser cierta la primera de las alternativas es muy triste pensar que alguien pueda convivir consigo mismo y enfrentar cada día la vida teniendo tamaña maldad encima, por dentro.
De todos modos es cierto que aunque la elección fuese sobre la segunda, también sería penoso tener esa forma de ser interior y exterior; de quien profiere tales expresiones aunque solo sea de palabra y por el solo hecho de escucharse decirlas y superarse, en cada nueva ocasión, con su batería de agravios.
Por eso de una u otra forma, es decir con una escandalosa y alborotada elocuencia que queda solo en eso o con una verdadera intención, cuando se encuentren con alguien así tengan en cuenta que, en mayor o menor medida, la oscuridad los abrazará tarde o temprano.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Yo padecí bullying cuando aún no se lo identificaba con un nombre.

Y sí, no hay que ser una persona sarcásticamente tocada por alguna fístula (a modo de atrofia) del destino para sentirse un sapo de otro pozo en algún momento, lugar o contexto. Pero de ahí a sentirlo siempre y a poder darse cuenta de ello por expresa voluntad de otras personas, llegando a padecer de alguna forma tales agravios, hay una enorme diferencia. 
A mi de grande (actualmente) no me pasa casi nunca, salvo alguna excepción muy concreta contada con los dedos de una mano y por algún motivo, razón o circunstancia que hace que quizás no me sienta bien en algún sitio; cosa que se soluciona dando por terminada tal experiencia y listo. Es por eso que ahora, a esta altura de mi vida, reconozco que en mi niñez y adolescencia, en ese tiempo tan alejado a éste actual, fue moneda corriente en mi vida eso de sentirme así.
Comenzando por la época del colegio primario, en esos grados superiores donde ya se comienzan a observar las diferencias entre grupos de alumnos y sus formas de ser y la implacable impronta de algunos compañeros de curso; y ni hablar del tiempo del secundario luego, donde las clases de educación física solo de varones por ejemplo se volvían momentos en los que no lo pasaba nada bien; fue para mi ésta, la etapa de mi vida en la que más incómodamente viví, definitivamente.
Siempre todo asociado a mi condición sexual, por supuesto; por ese entonces no asumida o bien entendida por mi pero quizás sí visible y burlada por otros del resto de la clase. (Paradójico que entre los hostigadores e instigadores de la burla hubo alguno que se asumió de la misma condición SEXUAL que yo; pero en fin, cosas de la vida.)
Tres ejemplos bastan para entender a que me refiero con el maltrato que recibía y que no es evidente para los demás pero sí lo es, y lastima, para quien lo sufre en carne propia.
1) empujones, risas, burlas, y explícitas muestras de amaneradas y mariconas actitudes que ponían en práctica algunos chicos cuando me hablaban o hablaban de mi muy cerca mío para que yo escuchara lo que decían y opinaban (de mi);
2) faltas de respeto absolutas como por ejemplo que estando en la biblioteca del colegio en horario extra escolar buscando información para un trabajo de alguna materia tener que soportar el hecho de ver que algún alumno escupiera dentro de mi mochila y no poder hacer nada ya que en la introversión a la que me abrazaba, como le sucede a cualquier adolescente que es agredido/a con este tipo de cosas habitualmente, no me estaba permitido, por vergüenza, temor a otra burla, o dolor a reconocer públicamente lo que sucedía, expresarme o buscar una ayuda o un amparo;
3) sentir una velada pero manifiesta exclusión al momento de tener que armar grupos de trabajo en el aula o simples partidos de fútbol o algún otro deporte en clases de educación física.
En fin, todos ejemplos de lo mismo; de separación, de desplazamiento y de no inclusión en actividades y momentos diarios donde en general se sentían (se sienten) incluidos todos los alumnos de un curso o colegio; y sumado a esto, además de la desatención, aparecía el hecho de la agresión, verbal y psicológica. Completo.   
El tema es que de ahí en adelante siempre sentía que para mi no era normal caerle "naturalmente agradable" a la gente y a los grupos de gente. Vaya a saber porque el ser humano (la mente humana) se aferra a conceptos y experiencias traumáticas pasadas y repetidas, no pudiendo permitirse luego desprenderse fácilmente de esos magullones psicológicos y espirituales.
También en el club, o en algunos partidos de fútbol del barrio, o en cosas tan básicas y simples como salidas a la plaza de mi ciudad alguna tarde del fin de semana, o en la asistencia a los cumpleaños de mis compañeros de la escuela yo era presa de burlas que no pasaban de eso pero que al ser constantes y recurrentes en todo lugar (en la mayoría de ellos) a mi me resultaban tediosas de sobrellevar y muy opresivas; además de hacerme sentir desahuciado y turbado, volviéndome absolutamente disminuido en el potencial real de mi interacción con los demás y arruinando el paseo o evento en el cual estuviera participando, obviamente. Siempre recuerdo que antes de ir a los cumpleaños, ya en casa, yo me sentía nervioso, siempre, con ganas de no ir pero a la vez deseando poder hacerlo y pasarlo bien; y que cuando estaba terminando alguna de estas celebraciones y esperaba que mis padres me pasaran a buscar por el lugar, si no había sucedido nada relevante en cuanto a burlas y cargadas, yo me sentía feliz; y creo que esa felicidad era más porque volvía a mi casa donde nadie podría ya desacreditarme que por no haberlo pasado mal, ya que de estar en esa expectativa constante, de todos modos, lo pasaba mal.
Es así que el tiempo de escuela (primario y principalmente secundario), en el que fui también dichoso y feliz gracias a la amistad y al acercamiento de otr@s compañer@s, fue para mi el más traumático; pudiendo volver a revivir y sentir ahora, en una retrospección que se produce en mí, producto de abordar tales recuerdos, las sensaciones de vergüenza, nerviosismo, angustia, desesperación, soledad, sudor frío, querer literalmente que "me trague la tierra", etc., que tanto me asolaron por aquel entonces. Sí, al escribir esta entrada tan personal experimento, de manera diferente pero en esencia básicamente igual, eso que sentía en la etapa narrada.
Fue así que a la inversa del colegio primario, donde la hostilidad no apareció en el comienzo de los primeros grados (1°, 2°, 3° y 4º) quizás porque todavía se era muy pequeño ahí para que aflore la crueldad en niñ@s de estos niveles y sí fue decantándose hacia los últimos (5°, 6° y 7°), en el secundario tuvo su máximo auge en los 3 primeros años, para ir apaciguándose (quizás por acostumbramiento, interacción forzada pero interacción al fin, o algún otro motivo) hacia el transcurso de los dos años finales.
Afortunadamente al término del colegio secundario, y con el ingreso a la universidad, nuevas amistades universitarias, algunas sesiones de terapia llegadas mucho tiempo después, y el rumbo de mi vida que siguió otro camino alejado de ese lugar físico y emocional donde me sentí "no libre" de expresarme naturalmente, ese tiempo de relegación personal autoinfligido comenzó a modificarse por el traslado a otra ciudad para seguir mis estudios, y de a poco, sin darme cuenta, me fui sanando y desprendiendo de todo ese hostigamiento al que había sido sometido y que sólo conocíamos quienes lo llevaban adelante y yo, ya que muchas veces quienes rodean estos crueles episodios (ahora llamados bullying) ni se dan cuenta de que suceden; y cuando participan, escuetamente y por fracciones de segundos, interpretan entre risas y/o bromas que son sólo eso, una broma y nada más.
Seguramente todo lo compartido haya tenido que ver con que la vida de un niño o una niña, y posterior adolescente gay, a finales de los 80 e inicio de los 90 no fue fácil para ningun@, pero yo creo que para cada un@ que vive su propio destierro y calvario personal con respecto al resto de los niños y las niñas, su caso es el peor de todos. Obvio que los hay peores, y sabemos de algunos que han terminado mal, aún a costas de cobrarse las vidas que de tanto padecer ataques y afrentas decidieron dar un término absoluto a tales agresiones. Más todos sufren de padecer tales males sociales y el sufrimiento se sobrelleva en cierto punto de igual manera: sufriendo.
Por eso cuando se celebra el crecimiento, producto de este tiempo de igualdad y aceptación de que no hay más diferencia que la que el propio ser humano dictamina y condena, no hay que olvidar que en otro tiempo sí la hubo y se la marcaba de manera contundente haciendo que quienes quedaban (quedábamos como fue mi caso) del lado "incorrecto" lo pasaran muy feo, ya que además de cargar con su "sentirse vulnerad@s y a contramano del mundo" debían afrontar terribles e injustos agravios por ser considerad@s rar@s.
De esta manera, todos, por el simple hecho de ser personas (demás está decir que es altruista el hecho de apoyar) debemos valorar y defender siempre, y ante cualquier intento de disminución, retroceso, o segmentación, la causa de la igualdad desde todos los niveles de la sociedad, para que algún día se cierre definitivamente el arcón que guarda todo lo que ha quedado en desuso entre la gente, y con ese cierre se extinga la última, pacata, inhumana y vulgar conciencia que discrimina entre una u otra persona por su gusto y elección sexual.
¡Bienvenida la diversidad! ¡Bienvenida la diferencia!
¡BIENVENIDO EL RESPETO!

sábado, 27 de abril de 2013

Momentos de maltrato y agresión.

Nadie necesita estar instruido en el tema o hacer demasiadas investigaciones sino que por el contrario basta con haber sido al menos una vez en la vida partícipe de alguna situación estresante donde el maltrato se haga presente desde lo verbal, lo silencioso (los silencios son armar de agresión usados en el momento y lugar justos), cuando no desde lo físico.
Es así que haciendo alusión a los dos primeros ejemplos de los tres enunciados como maltrato que uno puede haber presenciado en carne propia o viéndolo en terceros podemos decir que nada bueno, positivo o constructivo sale de esos momentos tan... ¿cómo llamarlos?, tan... de mierda.
Si se presentan dejan siempre una fea experiencia ineludiblemente plasmada al pasar el mal trago vivido que muchas veces persiste con el correr de los días posteriores al hecho. ¡Y ni hablar del transcurso o del "mientras tanto" de la situación de maltrato en sí misma! Ese sí que es angustiante, incómodo y doloroso de sobrellevar.
Existen, se generan, aparecen, y adquieren forma porque al menos una de las partes apuesta a llevar adelante tan desgastante y espantosa empresa, ya que aquí no es necesario que todas las partes intervinientes en una situación de maltrato adhieran a ella porque basta con que una sola arroje las municiones aunque la otra no las recepciones (no las haga carne, acepte, o de relevancia, etc.) para que se ponga de manifiesto un maltrato constante y sonante.
Muchas veces también se da que ambas partes -maltratadora y maltratada- aceptan el lugar que ocupan poniéndose en cierta manera de acuerdo para el fin tan denigrante de la agresión; pero qué decir entonces si ya esto es otro tema más rebuscado desde lo psicológico y desde lo existencial de cada uno; me parece.
Retomando el tema de ignorar por la parte receptora las agresiones proporcionadas adrede por la parte maltratadora (ignoradas 'en teoría' ya que todo lo negativo que se recibe en algo debe mellar sobre quien es destinatario/a por más que se ponga todo el énfasis y la fuerza para que tal mala energía no llegue a dañar), es un método efectivo ya que recurrir a esa desatención con respecto a lo que se esté recibiendo -siempre haciendo alusión a la agresión verbal o de silencios que dicen mucho, y no hablando de la física ya que en esta entrada ese tipo de agresión extrema no la abordo- hace que quien no puede hacer nada para evitar la agresión al menos al momento de recibirla, comience a desentenderse del maltrato recibido simplemente porque sabe, entiende y decreta que no es justificable hacer caso al mismo.
Porque estuvieron, están y seguirán estando los maltratos y las agresiones en cualquiera de sus formas y presentaciones, sólo hasta que la persona que los y las recibe cambie su forma pasiva -receptora- y transforme esas circunstancias desfavorables para todos los participantes de un hecho de maltrato y agresión en una situación que no se repite más en su vida y pasa a ser sólo un mal recuerdo.
Las formas se irán dando desde y a partir del mismo momento de decidir que nunca más se dé esta situación tan... ¿cómo llamarle?, tan... de mierda.

domingo, 3 de febrero de 2013

Escribir, como canal de deshago y expresión.

Si uno canaliza o expresa a través de su escritura lo que vive, ya sea positivo o negativo (¿existirá tal división teniendo en cuenta que todo es según c/u lo asimila y permita dentro de su ser?), hoy quizás, como tantas veces, voy a emitir una reflexión de un tema que no me es totalmente ajeno.
Pueden existir mil y una razones para fastidiar y molestar a alguien, más es el motivo de hacer algo a propósito lo que justificaría un fastidio y queja originados en la otra parte, ante determinado suceso.
Pero cuando eso que molesta es algo inherente a la parte que lo produce no se puede hacer otra cosa que aceptarlo o, en su defecto, alejarse para no estar, sentirse y convivir con "eso" molesto.
Más cuando lo que en teoría molesta es algo que se podría decir que forma parte, más de la imaginación de quien se siente afectado que de la realidad o existencia concreta de tal motivo, y se sigue permaneciendo cercano a esa molestia, no se puede hacer otra cosa que asumir -por parte de quien se molesta- que se está buscando la aguja en el pajar, para hacer de eso un motivo de discordia.
Y agrego esto último ya que me estoy refiriendo precisamente a las situaciones en las cuales quienes se sienten molestos reaccionan en consecuencia, de una manera hostil, agresiva, ordinaria y nada injustificable; es decir con mala leche, como decíamos cuando éramos chicos: "de acá a la China".
En fin..., acá estoy, siempre tratando de escribir aquello que, de tenerlo ahí al alcance de mi vida en algunas oportunidades, me surge y me consuela compartir en mi blog hasta que otra sea la decisión que logre abordar.
Y aclaro que nadie es trigo limpio en la totalidad de sus actos, obvio, pero hay quienes sólo quieren levantar discordia "de y en casi" todos los momentos de su vida; algo que no se puede ni se debe aceptar, bajo ningún punto de vista ni circunstancia; algo muy cierto también, repito, "de acá a la China".

martes, 12 de junio de 2012

martes, 10 de abril de 2012

Hay que desenojarse un poco.

La gente, en su mayoría, pierde tanto tiempo (tomado en horas, minutos y segundos para ser bien claro) enojándose, ofendiéndose, gritando, puteando, maldiciendo y otras yerbas; que si se frenaran a tiempo en su ofuscamiento estoy seguro que agregarían horas, minutos y segundos más a su vida.
Tanta mala onda carcome y corroe un poco todo, y en ese todo entra la vida misma, también.
Por eso, ¿por qué no se dan cuenta y dejan de fastidiarse y de fastidiar a los demás, todos los que precisan "de nada" para saltar como leche hervida? y ¿por qué no se predisponen para cambiar ese aspecto tan negativo e importante en la vida de cualquier persona?
En definitiva, si cambian, todo será mejor, para todos. Para ellos y para los demás.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Dolor frente al hallazgo del cuerpo sin vida de Tomás Santillán.

Conforme al estilo de mi blog donde reflejo temas relacionados con lo político, la actualidad, aquellos que se encuentran en el tapete de la información, y demás tipos y estilos de temas; siento ahora la necesidad de reflejar la triste realidad en la que nos vemos inmersos cada tanto y que tiene que ver con hechos que seguramente podrían evitarse partiendo de la premisa de que quien los comete, en ese segundo fatal, podría tomar la decisión de no continuar con su cometido.
El tema es el hallazgo del cuerpo sin vida del pequeño Tomás Santillán, de 9 años de edad, desaparecido desde el día martes, cuando salió de la escuela para ir a su casa.
Detalles de la muerte que trascienden por estas horas realmente me son nefastos o al menos inoportunos en este momento, si bien entiendo que son prioritarios y sumamente necesarios para activar la investigación que apunte a buscar al culpable material e intelectual de este penoso hecho.
Por eso sólo me quedo con lo que gran parte de la población se queda en estos momentos frente a noticias como estas: un amargo sabor que conjuga dolor, bronca, asco y necesidad de que realmente no sucedan nunca más este tipo de atrocidades.
Tristeza, desazón y angustia, es también lo que provoca en mi ver la noticia en todos los informativos de la tv, como pude ver que ocurrió cuando llegué a casa y que seguramente se extenderá por varios días más teniendo en cuenta la relevancia de lo sucedido. También el mismo estremecimiento que determinó la muerte de Candela Sol Rodríguez hoy me embarga el alma y el pecho nuevamente, y no exagero ni un poco, ya que no lo haría en un caso como este.
Y pienso que si yo, un simple habitante de la ciudad de Buenos Aires, como cualquier otro ciudadano de cualquier lugar del país, un bloguero más, hoy siento estas emociones y sensaciones espantosas, que quedará entonces para la familia de Tomás que realmente debe estar sintiendo y desgarrándose este jueves en un dolor que supongo inimaginable e imposible de describir en la entrada de un blog.

COMO OTRAS VECES, FRENTE A OTROS ASESINATOS PERPETUADOS SOBRE ALMAS INOCENTES, PIDO POR EL ETERNO DESCANSO DEL ALMA DE TOMÁS.
PIDO TAMBIÉN, IMPERIOSAMENTE, QUE SE HAGA JUSTICIA, REAL, CONCRETA Y EFECTIVA.
Y PIDO FINALMENTE RESPETO EN EL TRATO QUE SE LE DE A LA NOTICIA, RESPETANDO DE ESTA FORMA A ESTE PEQUEÑO Y A TODOS LOS QUE HAN CORRIDO CON SU DESAFORTUNADA E INMUNDA SUERTE.

lunes, 31 de octubre de 2011

Hay días...

Hoy tengo un día de mierda si bien yo nunca tengo “días de mierda” y por ende este tampoco sería en definitiva uno de ellos, y no se si tiene que ver con que soy o trato de ser muy positivo, siempre veo o trato de ver el vaso medio lleno, buscarle las cosas buenas a todo lo que pasa o directamente soy muy cabeza fresca, pero en general no podría decir que tengo días negativos si bien este es uno que no me gusta del todo.
Bueno, volviendo a la idea inicial de tomarme una licencia y permitirme el hecho de decir “este es un día de los no tan buenos” es que puedo afirmar que me encuentro en uno de esos días, feúchos.
Son muchas cosas y pocas a la vez la que me suceden ahora y parte de este día tiene que ver con la dualidad que expreso, pero en fin, aclaro que escribo sin ningún rumbo prefijado o conciente, no se en que terminará esta entrada, adonde apuntará, o si en la próxima oración ya va a encontrar su final, pero el tema es que generalmente cuando puedo llegar a sentir que me encuentro en un día “de este estilo”, un día como el de hoy, tiene que ver no por mi sino por algo externo a mi persona.
Y no es delegar culpas en otros para no asumir las mías verlo de esta forma porque yo soy el primero en criticarse, y hacer un mea culpa y una revisión de las cosas que van sucediendo para ver si lo negativo o la culpa (otra vez) parte de mi. Y la verdad que en este caso y en muchos más, no, generalmente parte de otro lado.
Yo soy así y me manejo así; y ustedes dirán en este momento: “¿Qué es 'ser así'?”. Ser así, en este caso, es absorbiendo cosas y permitiendo que pasen también. Y bueno, es mi forma de ser, mi esencia y no estoy muy orgullosos de ella, si bien prefiero la gente que evita la discordia y los problemas y todo lo que tenga que ver con quilombos, como es mi caso, a los que los promueven.
En este día estoy como desmotivado, sin ganas, y quería plasmarlo en mi blog para mí en primer lugar y después para quien pase por acá y lo vea. En definitiva es algo básico y muy común esto de que la vida no siempre es color de rosa y por más que uno le ponga todas las fichas a la buena energía, la buena vibra, la positividad personal y todo lo que esté relacionado con las cosas buenas y nobles hay veces que uno también puede ver empañados estos propósitos por causas ajenas a uno mismo.
Hoy es un día de “los menos” (para acercarme a la idea de negatividad), un día bajón, pero nada relevante por cierto y que por tal motivo me opaque la felicidad de estar vivo, poder permitirme la tristeza o la aflicción cada tanto y seguir adelante siempre en pos de estar mejor.
Eso es todo. Lo quise expresar y compartir acá como otra de las tantas vivencias que publico y comparto.


lunes, 10 de octubre de 2011

Contar hasta tres, sirve.

Hay veces que según las respuestas obtenidas de la gente uno se encuentra con ganas de actuar de diferente manera a la que acostumbra y a la que más cómoda y placentera le resulta. Y es que según las reacciones que obtenemos de las personas es que nos vemos modificados internamente en nuestras propias reacciones y es ahí donde tenemos que poner todo de nosotros, entendiendo por esto el hecho de poner todas nuestras fuerzas para no sucumbir ante la reacción inesperada y por lo general nefasta de otra persona para que esto no signifique que justificadamente o no seamos nosotros también los que modifiquemos negativamente nuestra actitud y respuesta.
Cuando uno es quien quiere mantenerse calmo, sereno, y tratar de canalizar por otro lado todo tipo de cosas que vivamos, siempre apelando a la no agresión y a la cordura y/o urbanidad si se quiere, es en este tipo de momentos cuando se nos pone a prueba y tenemos que sacar a relucir lo mejor de cada uno para poder salir airosos en lo que podríamos llamar pequeñas embestidas a nuestra idea de profesar y promulgar la paz desde nuestro ámbito personal para de ahí en más poder reclamarla y exigirla a todo nivel.
Es parte de la vida, lo sé, y siempre será así. Está bueno darse cuenta a tiempo para mantenerse en el camino de la conciliación y la armonía elegidos para nuestra vida y hacer foco en ello para que no nos tome desprevenidos en el futuro nunca, haciéndonos flaquear en las reacciones que tanto buscamos manejar (controlar) para ser cada día un poquito mejores. Algo que no es poca cosa!!