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jueves, 15 de junio de 2017

Empatía. La clave de todo.


EMPATÍA

f. Sentimiento de participación afectiva de una persona en la realidad que afecta a otra:
la empatía consiste en ser capaz de ponerse en la situación de los demás.

(WordReference.com)


Es muy triste ─no hay otra palabra que defina mejor lo experimentado─, al menos para mí y para la concepción que tengo de los valores y posturas asumidos en la vida, ver como se puede ir degenerando una actitud en algunas personas y, por este motivo, cambiando una forma de ser que, en general y a groso modo, podríamos decir que todos traemos desde la cuna, que es aquella que nos hace ser empáticos con los demás, y no a través de impostaciones de la personalidad sino por medio de no dar rienda suelta a esos bajos modales que quizás en otros ámbitos suelen ser aceptados, celebrados y disfrutados (escasos ámbitos, seguramente) pero que en los círculos más amplios y generales pasan a ser una desatención y una desubicación llana y lisa.
Cuando uno llega a cierta edad, cuando se considera adulto (lo que no quiere decir que uno sea un ser aburrido o sin sentido del humor o con una expresión adusta todo el tiempo), hay cosas que deben quedar en el tintero definitivamente, más cuando se está compartiendo con otras personas diferentes a las de todos los días que podría incluir a esas que saben de nuestras reacciones que en otro contexto diferente a ése, el de siempre, llegan a ser odiosas, molestas y provocan cada tanto un desencuentro entre la gente, al no saber cómo reaccionar o asumir los comentarios por ejemplo, que se lanzan de cualquier cosa que pueda estar sucediendo en un instante preciso, así sin más.
Experimentar esos instantes suele ser cómico en algunos casos en primera instancia (aduciendo esta comicidad contextualizada a la desazón de no saber qué hacer o cómo reaccionar ante lo sucedido o dicho; resultante de todo esto: la risa, como sinónimo de una expresión o chivo expiatorio para salir del momento a como dé lugar) y a posteriori suele desembocar en las reacciones más inesperadas; ésas que, por cierto, quienes menos se las esperan son quienes se dieron cuenta de lo que se estaba produciendo y pasaron por un desencanto fugaz pero contundente aunque finalmente hayan podido sortearlo y quienes produjeron tal desacierto con su proceder, ya que para estas personas, nada más natural que ser, desenvolverse y manejarse así.
Porque hasta cierto punto podría entenderse que cada cual es como es y de ahí en más nada debería interferir en el ser como se es, valga la redundancia; pero no, ocurre que hay tiempo y lugar para todo y por tal motivo no se puede ir por la vida como se es siempre, sin tratar de contemplar al menos en un porcentaje ínfimo al otro y a lo que ese otro pudiera sentir con las expresiones que uno tiene.
Pasa por una chiquilinada y formas de ser absolutamente inmaduras, egoístas y ridículas que todos debamos adaptarnos, aunque las entendamos y podamos darnos cuenta que no revisten ninguna maldad, a reacciones adquiridas en otro contexto absolutamente diferente al nuestro. En cada sitio se es como el contexto lo vaya marcando, tampoco esto significa andar siendo falsos y poco auténticos si lo entendemos desde el lugar de que quien se encuentra con alguien es de una manera específica, siendo a la vez, con certeza, completamente diferente a cuando se encuentra con alguien más. Sino estaríamos hablando de un egoísmo sin par en el que los demás deben adaptarse a nosotros para nunca interactuar plenamente, adaptándonos todos (cada uno desde su lugar), como un “encuentro” ─siempre de más de uno, que por eso se “encuentran”─ lo requiere.
Y experimentar, vivir, este tipo de momentos, con sus “in situ” y sus “a posteriori”, es francamente incómodo y desconcertante porque hay que entender que el malestar de presenciarlos y la confusión derivada de las reacciones de todas las partes es algo que nunca podremos evitar aunque bien por fuera nos sintamos estar de lo que dictaminan y decantan todas ellas.
Tal es así que siempre vamos a tener que chocar contra esa realidad que nos sofoca y, nuevamente, nos entristece provocando en nuestro ser, en ese más íntimo y profundo que aspira siempre a la concordia y al bienestar de todas las partes, una añoranza de cuando la empatía abundaba en las almas humanas y no se andaba esperando tanto que a uno lo entiendan en todo lo que hace sino adaptándose a cada momento, como así tampoco sintiendo que todo era contra uno y que el mundo estaba contra uno siempre porque uno, vaya a saber porqué, lo experimentaba de esa manera.
En fin, la gente crece en años y en rebusques y si bien es necesario superarse y entender que no todos pueden estar bien con todos todo el tiempo, está bueno saberse simple y en esa simplicidad hacer sentir simples y bien a los demás.

viernes, 12 de mayo de 2017

Hipótesis. Suposiciones. Supuestos. ¿Qué otra cosa puede hacerse?

Cuando hay una situación no resuelta en alguna persona, sea ésta situación del estilo que sea, siempre se va a materializar en algo negativo para ella, al menos negativo ante ─algunas─ otras personas, esto es un hecho; y algo que también lo es, y tiene que ver con el mismo hecho que trascenderá a esa persona e involucrará a otras que la estiman, es que ésta acoge la solución de no dar lugar, ni siquiera por acostumbramiento o mero vínculo, a un encontronazo que pudiera ponerla en evidencia ─tan solo ante ella misma, quizás─ de ese motivo que en su vida la supera y la obliga a tomar distancia con una postura de negación, por el simple hecho de no poder asumir y dar con eso de lleno.
¿Y en qué lugar se encuentran, o qué lugar vienen a ocupar, esas personas que estiman a la del tema no resuelto? En el de sentirse separadas y aisladas de ella por el único motivo de que estas terceras personas sí han asumido algo ─eso mismo, sin dudas─ que la primera no pudo y que, por tal motivo, antes de seguir interactuando con quienes sí lo han hecho prefiere olvidarlas y seguir en otro plano su vida de relaciones y vínculos, para que nada ─ni por mera casualidad o contexto─ las lleve a cuestionarse nada de nada. Jamás.
Esto es al menos lo que pueden suponer las terceras personas, aisladas de los vínculos de ésta primera. Simple. Elemental, podría decirse. Seguro, sin temor a equivocación, esa debe ser la hipótesis más cercana a la veracidad en la explicación de un proceder tal que, cuando no ha mediado nada malo entre la persona en cuestión y las otras ─esas que son dejadas de lado en el mero vínculo de relaciones normales─, relega a estás otras por sobre otras más que, teniendo una mirada muy obvia y general (a la vez que snob), son iguales a la protagonista en alguna de las tantas formas de ser ─y elegir ser─ de las personas.
Cosas de las relaciones humanas, por cierto, tan complicadas y vastas en su abanico de presentaciones; pero que vale la pena decir ─aclarar─ que suelen ser más complicadas, muchas veces, en unas personas que en otras que, finalmente, eligiendo ser auténticas pueden estar aquí o allá sabiéndose libres ante el hecho de que nada podría interferir en su relación con el mundo ─con cualquier otro ser─ porque cuando se es quien se desea nada puede frenar ni obstruir el hecho de no andarse con cosas extrañas, que desplazan cualquier tipo de conducta normal y cotidiana, que no pueden ser entendidas completamente sino es a través de una suposición encumbrada tan solo para intentar deducir, un poco al menos, toda esta maraña que viene a significar relacionarse humanamente.

viernes, 28 de abril de 2017

(in)Coherencia.

La coherencia lo es todo en la vida. En lo mucho y en lo poco. No se puede hacer una cosa que dé a entender o declame explícitamente algo que va en dirección del blanco para después comportarse y proceder como quien va directamente hacia el negro.
De esas cosas, por las que me doy cuenta que soy alguien opuestamente ubicado en su vida con respecto a la incoherencia, saco que nunca podré avalar una actitud o comportamiento de este estilo; sea quien sea, lo lleve adelante.
Me indigna indiscutiblemente tener que presenciar algo tan básico que debería poder evitarse para no hacer mella en la mera dignidad personal de quien lo lleva adelante ─dignidad que sólo hace a esta cuestión de la coherencia y el respeto propio que se genera alguien en primer lugar a sí mismo con su obrar no opacando otras virtudes o bondades de quien caiga en este vicio; pero dignidad también al fin─ y que sin embargo se hace y se lleva a cabo por algún placer o gusto, personal también, que no se está dispuesto a resignar.
Yo podré ser ─lo soy, lo sé, sin dudas─ de ese tipo de personas que llevan más de un encontronazo o algún menosprecio en su bagaje de experiencias personales por este mismo motivo de nunca, ya desde un lugar inconsciente y absolutamente resuelto racionalmente en algún momento de mi vida o a través de las sucesivas experiencias vividas; decía, de nunca pero nunca ceder ante unas mieles que podrían ser atractivas o al menos encantadoras si me estarían llevando a verme ubicado en algún lugar en el que no todo condiga con lo que soy y hago con mi vida, conmigo mismo, desde siempre.
Es tal vez por este motivo que hoy, viernes 28 de abril de 2017, escribo estas líneas como disparador de alguna idea que no es para nada efímera o general, por otra parte, y que viene a sostener en mí la consigna de que ser coherente es fundamental para sentirse bien y saberse auténtico desde lo personal pero no necesariamente lo más conveniente para ser respetado, seguido o valorado a ultranza por el resto de la gente. Ya se sabe, por estos días, los de esta era moderna, todo va y es para el lado que sople el viento y así se acostumbran todos ─una gran mayoría al menos─ a dejarse arrastrar y ser por esos vientos de placeres, brillantes quizás pero escuetos como todo ese tipo de cosas, propias de estos tiempos.
Es así, y está bueno saberlo. Prefiero quedarme con mi autenticidad vinculante por esa coherencia tan en desuso u olvidada quizás y ser auténtico para mí y para los pocos, pero fuertes vínculos, que me acepten y no ir siendo una veleta que hace algo que luego se olvida para participar de otra cosa en la que si se tuviera en cuenta eso primero que se hizo no se podría siquiera tener la osadía de intervenir.

sábado, 4 de marzo de 2017

Vuelta al ruedo, ¿y al acostumbramiento?

Volviendo al ruedo ─al blog─ luego de un tiempo (un par de meses; desde el año pasado, más precisamente) de no andar por aquí; lo que me lleva a pensar en que todo es cuestión, en cierto grado, del acostumbramiento que vaya operándose en cada uno con respecto a "ciertas rutinas" que se llevan adelante, muchas veces ─quizás─, sin darse real cuenta de porqué nos vemos inmersos "en ellas".
En fin, que vuelve a arrancar paulatina y abruptamente ─contradicción válida según los casos─ el año ordinario de "durante el año", en el cual cada uno retoma a sus tareas habituales y de esta forma pasa a moverse imperceptiblemente de una manera que a la sazón lo llevará a la automatización de sus actos y a ese acostumbramiento del que hablaba al inicio y el cual, por más que queramos zafar para no caer presas de él, termina absorbiéndonos y ─valga la redundancia─ haciéndonos su presa.
Por eso estoy nuevamente aquí, escribiendo y expresándome, lo que no quiere decir que antes ─en ese tiempo en el que me ausenté del blog y de sus "acostumbradas" publicaciones diarias, semanales o de algún otro tipo de intensidad temporal— no hube experimentado algo digno de plasmar en una entrada (de blog) o no hube sentido ganas de expresar algo; sino que como, seguramente, al estar viviendo el momento extraordinario del año, hablando del mes de las vacaciones en la playa en el cual todo cambia su rutina con respecto al resto de los meses y por eso lo de "extraordinario", tuve otras prioridades en mi "nuevo acostumbramiento" y fue así que éste, el de volcar temas aquí, se vio relegado por pertenecer a otro tiempo del año, que es efectivamente éste en el cual estoy volviendo, como dije al comienzo, al ruedo con él.
Dicho esto, a modo de aclaración pertinente para reanudar el camino de la letras bloggeras, y sin más, arranco de lleno el año de "De todo como en Botica"; siempre sensible, siempre despiadado, siempre auténtico, siempre dispuesto a expresarme, para mí, para todo aquel que ose interesarse en pasar por aquí; o para nadie quizás (o porque sí) ya que sale naturalmente de mí ser escribir, y no lo reprimo, y me lo permito, y lo hago como salga en este espacio.
Y para inaugurar este año ─llamando de alguna forma a esta primera entrada─, en esta oportunidad, voy a seguir ahondando en el tema del acostumbramiento ya que es un vicio muy peligroso que, si se lo deja actuar y avanzar, amenaza, o puede hacerlo en un alto grado, con romper estructuras mucho más importantes que las que puede estar apañando o pueden estar encuadrándose dentro de él.
Dentro del acostumbramiento "maldito" (no vamos a tener piedad con este hábito), mientras se lo padece, se lo vive, las cosas se dan naturalmente y todo fluye dentro de parámetros aceptables; ya que esa es una de las capacidades admirables que produce este síntoma colectivo donde nada se ve claramente sino hasta que se está lejos del momento donde todos estaban acostumbrados a algo o inclinados al uso y práctica frecuente de una cosa u acto.
Por eso es a la distancia cuando mejor se puede descifrar la mentira que encierra en sí mismo este motor que hace que nada se subleve ni se revele contra nada ni contra nadie porque ese aroma engañoso de "lo acostumbrado a vivir" viene a ser como una clara nota de incienso que, imperceptiblemente, va adormitando los ánimos y las reacciones en pos de no romper el esquema tan "tolerable" del mismo acostumbramiento.
Es claramente predecible que todo esto lo podemos saber cuando ya ha pasado mucha agua bajo el puente y tenemos la oportunidad de revivir, aunque en contextos muy diferentes, y sin buscarlo por supuesto, parte de ese acostumbramiento que se operaba en otro contexto de tiempo y espacio y chocamos entonces contra la cruda realidad que representa el hecho de que se haya esfumado ese acostumbramiento para dar lugar a la verdad en su máxima expresión, haciendo que todo lo que otrora se toleraba, se fingía, o simplemente se manipulaba, ahora de rienda suelta a su verdadero ímpetu y a su más cabal intención de acción y reacción.
Puede sonar algo complicado, quizás, a la mera lectura de la idea, pero quienes han experimentado tales venturoso y afortunados desacostumbramientos porque su vida los ha bendecido permitiéndoselo, y luego se ven sometidos por esas vueltas del destino nuevamente a un contexto donde sí se contemplaba ─que aunque contexto diferente, al volver a convocar a los mismos actores no deja de ser el mismo─ lo deben comprender al dedillo; porque si se vuelve a sentir exactamente lo mismo de hace más de una o dos décadas atrás ─aunque sea por otro canal─ y ahora con la despiadada falta de tino que representa el paso de una o dos décadas en las que como puede apreciarse nada ha cambiado salvo la libertad de poder ahora sí, ya sin ese acostumbramiento, hacer lo que se venga en ganas y no apenas lo que se podía, te das cuenta que es ahora también cuando las cosas toman su verdadera significación y hablan por sí solas, aunque en ese viejo tiempo del acostumbramiento in situ también lo supieras y te dieras cuenta de ello.
¿Y cuál es la resultante de toda esta farsa; la resultante, a nivel emocional y vivencial?, a eso me refiero, claro; y no para quienes muestran su peor rostro ─que no deja de ser loable ya que es el auténtico y de esta manera se están salvando de cualquier tipo de acusación de falsedad o actuación premeditada─ sino para quienes vuelven a caer en la cuenta del vicio que significaba estar acostumbrados a eso que ahora ya no importa y por tal motivo se vulnera y se degrada.
¿Que cuál es entonces? Realmente, si bien son muchos los elementos que integran el abanico que resulta de volver a revivir algo así, todo puede resumirse, sin ninguna duda, al único estado, tan mentado y absoluto en diferentes momentos de la vida de todos los seres humanos, y por lo que podemos saber también de seres animales ─aunque no sea el tema que me compete en este momento─ que es el dolor. Porque todos los momentos y sensaciones que puedan atravesarse siempre van a llevar a este triste capítulo que abarca tanto las frustraciones, los enojos, los desencantos, las desesperanzas y todo aquello que pueda sentirse ante cimbronazos de este tipo producidos por hechos como el que les comparto.
Y sí, como estarán imaginando, volví a chocarme con esta pared yo también en algún momento cercano a éste de la escritura y a experimentar esta cruda realidad. Por eso comparto y desentraño este accidente, para tratar de razonarlo y entenderlo mejor yo y, quizás, ayudar a alguien que pueda estar atravesando por algo similar y, ¡justa casualidad!, ande por aquí leyendo.
Y la idea final no debe ser que ese dolor es inevitable. Es esperable, en todo caso, y nada más. De allí en adelante habrá que superar lo que deba ser superado y aceptar aquello que se muestra tal cual es, y seguir, y mirar para otro lado si es necesario, porque lo que se ha torcido desde un comienzo ─si nos ponemos a pensarlo fríamente─ era esperable que siguiera torcido con el pasar de los años.
Buena vida para todos, para ellos, y para nosotros; y sigamos caminando que esto no puede significar otra cosa más que una pequeña piedrita que hay que saltar o, en todo caso, patear para seguir caminando.

domingo, 11 de diciembre de 2016

En el lugar del otro.

Lo esencial en cualquier relación de parejas, de amigos, de compañeros de trabajo, etc., es poder ponerse en el lugar del otro; pero no siempre y en todo momento sino en esos casos en los que uno está abusando de la otra parte, ya sea por un uso desproporcionado del enojo, de la confianza, de la superioridad de jerarquías, respectivamente; o de cualquier tipo de maltrato, en cualesquiera de los casos.
Siempre es posible ponerse en el lugar de quien uno está agrediendo y menospreciando de cualquier forma y a través de cualquier actitud o impronta, porque lo importante en estos casos es resolver las cosas con palabras que nunca sobrepasen el límite de lo que podría escucharse tranquilamente ─aquello que uno mismo podría escuchar sin sobresaltarse─, aunque sean temas que requieran de una urgente modificación y tratamiento, temas graves y complicados de entablar; para así entonces poder seguir tratando las cuestiones sin que ninguna ira ─que se vuelve incontrolable─ arruine el intercambio de palabras, opiniones, puntos de vista, formas de ser.
Nada más ni nada menos que esto es a lo que debemos aspirar personalmente en nuestra vida para, una vez logrado este "desenvolvernos ante los demás", tratar de ir inculcándolo en los otros, y sólo a partir de una plenitud que nos ofrezca el hecho de sabernos a nosotros mismos portadores de “eso” que deseamos para los demás, de eso que ahora sí estaremos en condiciones de intentar promoverlo para el afuera.
La vida es un camino en donde uno se va a ir encontrando con diferentes tipos de baches, unos más profundos e irregulares que otros, todo el tiempo. Uno es quien debe sortearlos para poder, en primera instancia, pararse frente a ellos y evaluando su magnitud ─sin demasiada contemplación ni reverencia─, luego enfrentarlos, y finalmente superarlos para poder continuar el camino despejado hasta la llegada del próximo desnivel.
Visto así, bien podría pensarse que uno basará su vida en la existencia, o no, de los accidentes que pueblen nuestro camino y no en disfrutar sin más de ella, como todos sabemos que debe ser el aspirar a tener una existencia plena ─la plenitud, como concepto absoluto, convengamos desde el vamos, no existe; pero hay muchas nociones que se entienden y que pueden acercar a esta fase de sensación─. Pero nada más lejos que pensarlo así, en base a esquivar cunetas o badenes todo el tiempo, ya que simplemente se recurre a este ejemplo a modo de entender de qué va todo esto cuando se quiere ir directamente al meollo de una cuestión particular sin extenderse o ampliarse hacia otras situaciones que pudieran llegar a acontecer.
Por lo tanto están ahí, se sabe, y aparecerán cuando menos nos lo esperemos, siendo en cada momento particular, cada infortunio caótico, el más terrible a enfrentar y llevar adelante antes de que podamos entender cómo tratarlo y hacia dónde dirigirnos para salir ilesos de tal suceso.
No hay más ciencia que ésta, tampoco remedios o pociones mágicas ─de hecho si se releen estas letras nunca se encontrarán con una receta exprés para evitar algo que irremediablemente aparecerá en determinados momentos de nuestro andar por aquí, por este plano terrenal, cumplidamente estremecedor y convulsivo─ y lo que resta es saberse inmersos en un mundo enojado, cambiante, absolutamente desmotivado de los valores auténticos que hacen bien al cuerpo y al alma humanos y que sólo está movido por lo snob y lo que se ve ─aparentemente─ desde el afuera y que hace ─aparentemente, también─ brillar y sobresalir a quienes lo poseen; llámese coches, casas cada vez más llamativas, viajes despampanantes, ropas caras, smartphones de última generación, y todo aquellos que juega en favor de un status que solo aleja y separa a las personas que no coinciden con el mismo.
A caminar, entonces, preparados eso sí; que para estar detenidos siempre va a haber tiempo.

lunes, 17 de octubre de 2016

El derecho, y no el que se estudia.

Todos tenemos derecho a ser bien tratados, a que se nos valore y a que sea cual sea la actitud que asumamos en esta vida —actitud que solo concierna a nuestro ser y a las cosas que él mismo viva, además de las que intervengan para la propia realización y el crecimiento personal— los demás nos respeten y no opongan resistencia a nuestras elecciones por más cercanos, o con derecho a interferir, sean o crean serlo; más cuando nuestra vida no molesta ni interfiere en nada de lo que tenga que ver con la de lo demás.
Que siempre la postura de no entrar en el combate verbal o de la agresión es la llave para no salirse del eje armónico interno personal es la clave para abordar el camino a transitar cuando la mano se ponga heavy, no hay dudas, no queda otra. Porque veámoslo así: si nosotros entrásemos en ese circuito demoledor, de responder de igual manera ante agresiones recibidas, siempre lo negativo terminaría asentándose en el propio espíritu, ya que que al haber despedido maldad, así porque sí, aunque solo sea para tratar de interceptar de manera más piadosa las recibidas en primer lugar, no tendríamos descanso en nuestro interior al sabernos también partícipes de esa rueda viciosa que, básicamente, destila disconformidad.
Porque una cosa puede ser que, ante tanto oprobio recibido, se origine en la propia voluntad o reacción inmediata algo de mala onda, o falta de alegría si se quiere, al interactuar con nuestro... (¿cómo llamarlo?...) digamos con quien tenemos enfrente dispensándonos malos momentos, y otra muy distinta es ser emisor de maldad oral, gestual y conceptual, sin la necesidad de haber recurrido a ese lugar de agresor y adoptándolo por pleno placer y descarga emocional negativa —de vaya a saber que otros contratiempos que seguramente nada tienen que ver con los otros— de manera descarada; si bien convengamos que nunca es oportuno ni conveniente transformarse en alguien que profiera tales actitudes ni tres, ni dos, ni una vez, siquiera.
El amor que hayamos guardado y acumulado en nuestro cuerpo, mejor dicho en nuestro corazón, recibido por otros canales y atesorado como lo más valioso que podamos tener —aún sin saber en el momento de recibirlo que luego podría ser "utilizado" al prevalecer en nuestro ser ante tanta rabia recibida en otro momento— será el motor para no caer ni decaer ante nada, sabiéndonos protegidos por el universo y por ese amor, pudiendo de esta manera llevar adelante el feo momento y lo que decante de éste.
Quien sabe de sufrimientos y tempestades disfruta y goza de todo lo opuesto a eso —paz, tranquilidad, serenidad, silencio exterior e interior, armonía en el transcurso de las horas, bienestar espiritual— y de saberse lejos de cualquier confabulación dañina o falsa; y puede saberse y visualizarse en ese disfrute aún desde el mismo momento en que deba estar viviendo todo aquello que preferiría no haber conocido jamás, ni tener la oportunidad de contarlo o tan siquiera evocarlo en una idea.
Nada debe ser una queja que nos lleve a sentirnos impotentes o ─lo que es peor aún─ capaces de pensar que por algo recibimos lo que recibimos, mereciéndolo quizás por tal o cual razonamiento que solo la turbación y la flaqueza emocional pueden llevar a consentir en nuestros fundamentos.
Siempre fuertes, aún en la debilidad impensada, así hay que estar; siempre adelante, y no desde un lugar de fuerza o ímpetu fingido, sino desde ese que se aborda desde el amor recién mencionado y desde la paz interior de sabernos incapaces de merecer nada de lo malo que recibamos, sabiendo —a esta altura de la vida— que eso recibido inmerecidamente, y vaya a saber por qué motivos, es algo que no nos corresponde a nosotros asumir bajo ninguna circunstancia ni punto de vista.

martes, 27 de septiembre de 2016

Hay límites que no se deberían pasar jamás.

Quien ha traspasado el límite de permitirse decir “hasta ahí”, cuando bien se sabe que la palabra arrojada no vuelve más y en muchos casos es difícil de olvidar, y se permite decir todo lo que a su cabeza se le acerque, sin poner ningún filtro que tamice lo dicho, es seguro ─me atrevería a decir inevitable─ que piense, en algún momento de su verborragia verbal ─si es que, supongamos, podría llegar a pensar acerca de lo que hace y dice─ que sus palabras solo actúan en el otro como un descargo de su parte y que por tal motivo serán tomadas ─por el otro─ como simples e impulsivas consignas dichas en momentos que, producto de la ira, sabrán entenderse como frases sin el real significado de lo que expresan, al igual que otras ─palabras, expresiones─ que también puedan decirse pero que en realidad no revisten de mayor significado que el de una mera ofensa, para llamarlas de alguna manera.
Pero resulta que esto no es así, ni por casualidad, y todo lo que sale de la boca, con menor o mayor intensidad, es producto en cierta forma de lo que se piensa o se desea (decir).
Muchas cosas podemos tirarle al otro en su propia cara cuando de una discusión se trata; o no, porque también estamos quienes nada agresivo podemos decir, quizás porque hemos aprendido que con incentivar la hoguera del la discordia nada se gana, y si lo que realmente se desea es terminar a la brevedad con la disputa es conveniente centrarse en otra cosa más interesante que agrandar el foco de la pelea y arremeter con artillería pesada que solo hará arder más y más esa hoguera a la que acabamos de hacer mención.
Pero siempre son dos las partes intervinientes en este tipo de cuestiones, o tres o más personas, quienes se enfrentan o tratan de enfrentarse a toda costa para evacuar alguna frustración, algún enojo o sencillamente algo no resuelto que tienen dentro de sí; y por eso aunque una parte única de la rencilla trate de salirse por la tangente para dar por finalizado el desgastante ataque verbal, si la otra parte o las otras parten que intervienen no desean cortar esa efusiva descarga de odio, de poca utilidad será querer conseguirlo de forma inmediata.
Ya se sabe, escuchar y permitir ─no desde la bonhomía o bondad de hacerle el favor a alguien que por otra parte lo merezca sino desde el cuasi único lugar que toca asumir─ es generalmente el primer paso a seguir en estos albores de una gresca que podría extenderse in aeternum pero que si sabemos abordarla, manejándola nosotros aunque la otra parte no se dé cuenta de ello, puede acabar a la brevedad, por agotamiento o falta de recursos verbales y/o estructurales para seguir destilando la furia.
Tal es así que tampoco debe darse vital importancia a lo escuchado; pero no para dar la razón implícitamente a quien agrede y podría llegar a suponer como lo hemos visto al principio del relato que decir lo que venga a su mente está bien con tal de tirar palabras lacerantes que duelan y toquen puntos concretos en el otro, sino para estar, la parte agredida, protegida ante tanta desazón que podría producirse al escuchar expresiones que en el momento pueden llegar a parecer que nadie más las diría a otras personas pero que, seguramente amigos, más de uno o de una debe escucharlas gratuitamente ─lo gratuito haciendo alusión a que nada se ha hecho para ser merecedores de tales improperios─ tratando de sortear en el momento, y con los recursos que se hayan adquirido de la triste experiencia, momentos oscuros, entonaciones groseras, malintencionados tratos y la recurrente falta de respeto que siempre se hace presente en toda discusión; ya que lo único que se desprende de éstas es la pérdida de la compasión y del poder ponerse en el lugar del otro para sentir ─simplemente eso─ y continuar de una manera diferente, no cayendo justamente en esa detestable discordia, nunca bienvenida y siempre despreciable.

miércoles, 27 de abril de 2016

Sí, existen.

¿Que si existen cosas que distancian a dos personas aunque no tengan que ver directamente con ellas sino con contextos externos y terceras personas que, aunque podríamos aventurarnos a decir que no lo hacen a propósito ─sería lo ideal pensarlo así─, ayudan a ese distanciamiento? Sin dudas que existen.
Es tan amplio y puede ser a la vez tan específico abordar este tema que es preferible generalizar la noción para que cualquiera pueda sentirse identificado en ella y a la vez no identificar a nadie.
Porque siempre va a haber motivos concretos para que dos personas se alejen y se sientan un poco más separadas que antes y éstos no necesariamente van a partir siempre del seno de estas dos personas, cualesquiera que sean.
Es pertinente que si se está tirando y avanzando en una misma dirección, compartiendo y tratando de ir caminando ─más o menos─ a la par, todo lleve a sentir igualdad en ese aspecto en donde ambas partes brillan por igual sin tener la necesidad, una de ellas, de ser siempre la agraciada con el máximo esplendor ─del brillo, se entiende─.
Porque cuando todo se desnivela y se descontrola marcadamente es ahí donde aparecen las diferencias que cuesta sortear y hacer de cuenta que no saltan a la vista, ni se notan, ahora sí en el seno de esas dos personas.
Porque haciendo una reflexión realista acerca de los terceros ¿qué va a importarles a ellos lo que sus actos puedan provocar sobre otros, cuando esos otros ni existen en su escala de valores y de personas a tener en cuenta o a contemplar ante acciones directamente ejercidas por ellos?
La vida es así, preocupate por vos y no te olvides que los demás nunca van a preocuparse por nadie más que no sea ellos mismos o los pocos que realmente les interesen. Hace tiempo entendí que de eso iba la vida.
Y porque quizás uno trate de no perjudicar a nadie con sus actos, propios movimientos y decisiones, es que no puede dejar pasar por alto cuando desde otro lugar ─desde otras personas/"terceros"─ esto no se aborda de la misma manera y esa otra gente viene a determinar movimientos y contextos propios (ahora sí, de uno y no de ellos) en lugares para los que no tendría que representar ningún factor determinante. Dicho de otra manera: cuando otra gente influye (repito, quizás sin saberlo, pero agrego, pudiendo haberse dado cuenta lo que generaría con su acción específica) en lo propio y lo de ésa persona más próxima a uno, provocando una grieta entre ambos.
Todo es parte de la vida, lo sé, pero aveces cansa, y otras aburre; y siempre viene a representar un hito negativo, que sumado a otro hito anterior, a otro, y a otros más, nada bueno determinan si se los observa detenidamente intentando hacer algún tipo de reflexión para poder continuar.
En fin, de adversidades también está hecha la vida y quizás sea cierto eso de que siempre deban estar ahí para fortalecernos y marcarnos el camino; porque como dijo José Ingenieros: "A los hombres fuertes les pasa lo que a los barriletes; se elevan cuando es mayor el viento que se opone a su ascenso."

martes, 29 de marzo de 2016

Dato curioso.

¿Se han dado cuenta que cuando, en medio de una conversación, queremos indicar que algo es negativo en nuestro interlocutor comenzamos diciendo "a mí me parece que…" para luego continuar la oración; y si por el contrario ese algo es positivo decimos directamente "vos sos/estás…" y largamos lo que vamos a decir, así sin más?
No es algo que se me ocurra a mí, ni mucho menos, sino que está comprobado que así se da cuando tienen lugar una u otra situación ─decir algo negativo o positivo del otro en una conversación─ y escuché hablar de este tema en programa de radio durante el fin de semana y me pareció que no dejaba de ser interesante la idea.
Yo, por mi parte, opino que debe ser que, ante la objeción negativa que podemos llegar a hacerle a alguien, preferimos comenzar suavizando la sentencia con ese "a mí me parece que..." (o similares) que podría dar a entender que estamos aceptando, quizás de antemano y a modo de autoprotección, estar errados en nuestro parecer.
Y con respecto al tema de que cuando vayamos a decir algo positivo del otro no demos demasiadas vueltas o no andemos con rodeos me parece que tiene que ver con que cuando sabemos que vamos a expresar algo ─en definitiva─ bueno, y que por otro lado a todo el mundo le gusta escuchar sobre sí mismo, no precisamos de ningún artificio de protección previo y por lo tanto exponemos directamente la idea comenzando con ese "vos sos/estás..." (o similares).
Bueno, básicamente de esto trata la entrada que ofrezco en este momento, sólo de esto. Como les decía, al escucharlo durante el fin de semana en un programa radial, me llamo la atención darme cuenta de que nunca me había puesto pensar en esto, como quizás tampoco jamás ustedes lo hayan hecho, y por tal motivo, y porque ─repito─ no deja de parecerme un dato curioso, quise compartirlo con ustedes. Hasta otro momento.

lunes, 21 de marzo de 2016

Y será lo que deba ser.

¡Qué desgaste continuo representa no poder entablar ningún tipo de diálogo, bajo ningún punto de vista, con una persona! Cuando sólo se puede hablar para asentir, elogiar, o en última instancia ─adivinando─ decir lo que la otra parte quiere escuchar es imposible poder establecer el verdadero diálogo donde ambas partes se expresan libremente, intercambiando opiniones y pareceres, para llegar a un punto de equilibrio entre ambas ponencias.
Y resulta agotador tener que estar siempre a la orden del día con respecto al tema de no permitirse nunca alguna expresión o pensamiento porque sí, para evitar los diferentes desencadenamientos a posteriori al no ser éstos, en algunos casos, del agrado de la otra parte.
¡Es que no siempre se puede estar de acuerdo en todo ─ni tan siquiera eso─ y es sano discurrir en la forma de pensar y ver las cosas!
El ver una misma cosa desde diferentes lugares y puntos de vista es algo completamente normal, y claro que las ópticas que se le den a un mismo panorama siempre van a ser dispares según de donde provengan; pero esto no tiene porque representar un problema mayor que determine que todo se pudra de un segundo al otro.
El expresarse independientemente, no importa bajo qué influencias pero espontáneamente al fin, nunca debe ser reprochado ni censurado, mucho menos cuando la otra parte sí lo hace, no tolerando, en forma claramente contradictoria, lo mismo para el resto, o al menos para una única parte; y ya se sabe que con que la prohibición sea sólo para una parte es reprochable y no debe ser aceptada bajo ningún punto de vista.
Reza un dicho: "tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe" pero esto no siempre es así; de serlo, esa parte inamovible frente a la tolerancia del otro pensamiento tendría que ir ablandándose y permitiendo la expresión, pero no siempre sucede así; es por lo tanto en este momento del relato sólo una frase risueña que comprueba que no siempre tiene lugar en la realidad.
Las palabras muchas veces pueden transmitir fidedignamente una situación y contexto, otras quizás no, pero lo cierto es que en la mayoría de los casos el hecho de reflejar una experiencia y permitir a su emisor expresarse a través de ellas viene a salvar y a sanear un poco tanta amargura y aflicción.
Y será lo que deba ser, con respecto al desarrollo futuro del trato y de las instancias de diálogo venideras, pero en definitiva es bueno saberse ubicado en el lugar que, al margen de los motivos o incentivos que se posean para pensar diferente y cada tanto permitirse expresarlo, nos sitúa del lado más flexible y permisivo y no del autoritario, violento y, resumiendo toda la historia, inmaduro.

sábado, 20 de febrero de 2016

Nunca, de nada.

Cuando alguien tiene una forma de ser combativa, desagradable y muy fea todo lo que pueda prevalecer por sobre esa forma de ser, que sea bueno y agradable, siempre se verá opacado y tapado definitivamente por la maldad que emerge de las entrañas mismas de esa personalidad.
Y cuando poco se puede hacer, para evitar tratar con esas formas de ser en la vida propia, lo que queda es esperar a que el tiempo, en su carácter de ayuda milagrosa (a veces hay que creer en esa ayuda que con el tiempo puede llegarnos desde el lugar menos pensado quizás y que, literalmente, nos cambie la vida), haga lo suyo y algún día nos sorprenda dejándonos actuar y hacer algo por nuestra parte más que tolerar y tener que permitir, en forma obligatoriamente impuesta, como condición sine qua non, el agravio gratuito e inmerecido.
Y está claro que siempre hay que hacer algo ante el destrato y la falta de respeto, y visto desde un contexto diferente a aquel donde se da el maltrato podría ser común exigir una modificación instantánea ante tanto oprobio recibido; pero siempre, aunque no se vea ni parezca, va a estar habiendo una modificación y un cambio que en gran medida apunte a, primero desde la esperanza y luego (debería ser así) desde la acción, modificar en algún momento, radicalmente, esas situaciones que no son otra cosa que vivencias dolorosas y oscuras.
Es muy desafortunado tener que atravesar los campos de la ofensa permanente y del yugo psicológico más brutal impuestos por una parte que, lejos de ser la más fuerte, en su debilidad arrasa con todo lo que tenga frente a ella para sentir ¡vaya a saber qué cosas que la hagan sentirse vaya a saber cómo!, y por eso debería ser ideal, para la salud física, psicológica y espiritual y emocional de cualquier persona, no tener que experimentar jamás nada de eso. Pero ya se sabe que no todos corren con la misma suerte y entonces es ahí donde a la suerte hay que buscarla, y buscarla, y rebuscarla hasta encontrarla, porque nadie puede vivir tanto tiempo con una suerte ficticia, una suerte económica, social, y/o de fachadas, que no hace otra cosa que tapar el verdadero infortunio de no gozar plenamente de nada, nunca.

viernes, 19 de febrero de 2016

Sensibilidad por sobre intelecto.

Ser bueno en la vida y servir, no sintiéndonos inútiles, innecesarios o menospreciados ante nada ni nadie, es algo sumamente importante que debe llevarnos a saber que hay diferencias insoslayables entre la calidad de una u otra gente, separando formación y cualidades innatas, entre unas y otras personas.
A saber. Uno puede ser un poco más o menos versado en letras que otros, más o menos culto a niveles de literatura leída o de escalones universitarios alcanzados pero hay algo que nadie puede comprar ni forjar a base de cultura adquirida y es el hecho de optar por pararse ante la vida de manera realista, valiente y decisiva frente a las cosas que debe enfrentar.
Tal es así que si alguien posee ese talento, esa virtud, de poder ser un ser racional (hasta frío) ante determinadas circunstancias de la vida pero también ser todo lo contrario, es decir sentimental y/o sensitivo y sensible, ante otras, es ahí donde la verdadera sapiencia se hace presente, más allá de esa que adorna a quienes son letrados de la vida académica pero faltos de tacto y sentido común ante la mayoría de otras cosas, las que prevalecen a cada momento de la vida.
Por eso, ¿qué podríamos decir acerca de la ignorancia que alude a la falta de formación intelectual, si por otro lado no es condición indispensable poseer esta formación para tener la sutileza de la ubicación y el buen tino frente al resto de las cosas de la vida, más que alegar que no debe significar un desmedro de la condición humana, de unos frente a otros, cuando en definitiva lo que verdaderamente importa para ser una persona íntegra no es ser aviesos en arte, literatura y todo aquello que venga a pulir nuestra vida y nuestra intelectualidad mejorando nuestra existencia y percepción de las cosas (como no cabe duda que la adquisición de tales saberes viene a representar en favor de quienes los adquieren) sino ser perceptivo e inteligente desde el razonamiento ejercitado con la reflexión y el análisis periódico de lo vivido, para poder de esta forma alejarnos de la ignorancia verdadera que quizás tiñe a quienes, aunque ultra galardonados de conocimientos y formación, no pueden superar el estadío de quedarse en las notas de color o en la superficialidad de lo vivido (en todo aquello que no necesita de la cáscara intelectual) para enfrentarlo, afrontarlo, evaluarlo, manejarlo o sortearlo y seguir adelante?
Por eso, parafraseando a alguien quizás un poco vulgar pero auténtico, como Jacobo Winograd, y cambiando las palabras y el sentido de su frase, podemos decir que: "sensibilidad mata conocimiento".

martes, 9 de febrero de 2016

Ojos que no ven...


La gente debería tolerarse, o respetarse al menos, toda, una con otra, y sin contaminación política, social, deportiva, o del tipo que sea la barrera que venga a interferir en la mutua aceptación.
Es imposible, lo sé, pero el deseo y la imaginación, así como el pensamiento, son gratuitos y por tal motivo siempre lo imaginaré, lo desearé y lo pensaré de esta manera.
Abordando un pensamiento más profundo en la cuestión de las relaciones humanas "que no tienen lugar" es fácil reconocer el momento, o el "a partir de" desde el cual comienza a afectarse todo tipo de trato, y es cuando se abandona la idea de disfrutar el estar con alguien para dejar primar, por sobre toda idea o gusto, eso que nos separa y nos vuelve irascibles contra todos.
¿La clave? Imagínense que yo no la voy a tener, obviamente, pero sí mi modo de tratar de hacer frente a este bache que viene a interferir el camino llano y sin obstáculos de las relaciones humanas.
Me parece que lo más oportuno es "no averiguar demasiado nada" en aquellos a quienes conocemos de manera esporádica, para de esta manera evitar llegar a descubrimientos que, sabemos, van a venir a lacerar el vínculo que deseamos establecer, ya sea éste intencionalmente esporádico o duradero.
Es difícil, lo sé, pero ante las alternativas posibles a tener en cuenta me parece que se podría considerar al momento de comenzar a tratar con alguien, total después, bueno, el futuro irá delineando el resto.
Y no digo hacer esto mismo con quienes ya conocemos desde hace mucho tiempo porque ahí sí generalmente sabemos todo, o casi todo del otro (al igual que el otro de nosotros); aunque también podríamos hacer el esfuerzo, siempre y cuando la otra parte no intente recordarnos o machacarnos con eso que sabe que nos distancia, de olvidar a conciencia, amén de que sea fácil o imposible hacerlo también, la parte más personal o en todo caso enquistada en el pensamiento del otro, esa que por supuesto nos embroma, nos irrita.
Resumiendo: si realmente nos interesa estar con alguien, por un momento o por mucho tiempo, limitarnos entonces a pasarlo bien, porque ya se sabe: ojos que no ven, corazón que no siente.

lunes, 7 de diciembre de 2015

La ajena vs. la propia.

La mala onda en el otro, cuando aparece, es un ciclón que golpea y desata toda su furia como una de esas tormentas que se dan en la mar y que si no se las aborda correctamente derriban (hunden) cualquier embarcación.
Aparece a veces de a poco, en forma paulatina, pero dejando entrever desde antes que algo fuerte y bravo se está gestando y, entonces y salvado cada caso en particular, permite que uno suelte amarras y pueda estar un poco prevenido; al menos cuando se desate en todo su potencial.
Otras veces se desencadena instantáneamente y uno solo debe intentar sortearla y tratar de manejarla, hasta que desaparezca.
Siempre va a dejar su secuela en quien la enfrente y es esta secuela la que no puede adoptar otra forma más que la misma que la hizo desencadenar; es decir, una nueva mala onda. Otra. Ahora la propia. La de uno.
Por eso si aparece, al igual que en la analogía que venimos haciendo con la tormenta en alta mar, uno saldrá mojado, empapado y con restos de ella de cualquier manera; inevitablemente. Es decir, vamos a encontrarnos luchando, además de con la ajena, con la nuestra, esa mala onda que va a decantar del desgaste de enfrentar a la primera y no poder salir "seco" de tal "tormentoso mar".
Y teniendo en cuenta que esta entrada de blog refleja el hecho de enfrentarse a una mala onda ajena y no a la propia, cuando esa mala onda de otros aparece ante la inexistente actividad negativa propia, es que se refleja aquí que muy poco se puede hacer más que sortearla si la tenemos encima y nos hemos dado cuenta tarde de que se estaba armando ante nosotros.
Siempre abandonar el barco en plena tormenta, una vez que la misma ya se ha desatado en toda su magnitud, es literalmente imposible, y lo que resta es tratar de pasar ese mal tiempo como sea porque siempre después de toda tormenta saldrá el sol y todo volverá de a poco al estado de tranquilidad y paz que solo un mar en calma puede brindarnos.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Transformar para continuar.

Todo en la vida siempre será por algo. Tener que revivir, por ejemplo, viejas experiencias, aunque bajo un formato nuevo acorde a los tiempos, te hace no perder de vista jamás que las cosas no se modifican sustancialmente cuando parten de una matriz que ya está dañada en su base.
Por eso cada nueva experiencia nos permite avanzar un paso más en este camino en donde tenemos que sortear, eventualmente, diferentes incomodidades y malos momentos.
Pero no todo es negativo, ya que esto anterior pasa a ser absolutamente positivo cuando te deja una enseñanza y a la vez te permite rescatar de entre la mugre tesoros que habían quedado ocultos por no detenernos a observar y, porqué no, a revivir tales momentos.
Siempre saco lo bueno de todo, así me he formado personalmente para sacarle el mayor provecho a la vida. Cada cosa que me pasa, si bien en una primera instancia puede lastimarme, no permito que vaya más allá de eso y transformo 'a conciencia', y aunque me cueste muchísimo, todo lo feo en todo lo que me hace bien y en eso que me ayuda a continuar.
Tener como saldo final un puñado de buenas cosas (personas, momentos, vivencias, etc.) en la mano como conclusión de todo lo atravesado me deja tranquilo y feliz con mi corazón y conmigo mismo, en definitiva lo más importante para poder estarlo y serlo con los demás.

viernes, 16 de octubre de 2015

El valor de cada momento.


Creo que la vida, en su faceta de lo que podríamos llamar destino, nos sorprende continuamente y nos ubica en el lugar que (haciendo una retrospección) quizás jamás hubiéramos imaginado que íbamos a ocupar.
Porque seguramente hoy estamos en un lugar en el que, consciente o inconscientemente, hemos estado trabajando y moldeando (ese destino) para llegar a ocuparlo pero por otro lado, si nos ponemos a pensar, jamás hubiésemos imaginado encontrarnos en tal lugar hace una o dos década atrás.
Y todo esto es lo que me inspira hoy a escribir esta entrada de blog, ya que me veo y veo a quienes me rodearon hace mucho tiempo atrás, y de alguna manera siento que, con mayores o menores modificaciones, todos nos encontramos en un lugar diferente al de aquel momento.
También sucede que no siempre nos movemos y cambiamos rotundamente, por ejemplo, pero es muy cierto que quienes parecen estar igual que hace un par de años atrás seguramente han tenido otra etapa de su vida en la que han hecho un gran cambio y vuelco o por el contrario la tendrán en otro momento. Al menos eso es lo esperable para cualquier persona ya que los cambios y los sacudones en la vida son los que nos ayudan a crecer y en definitiva a estar bien, mejor.
Pero es cierto que mirar hacia atrás en forma personal o intentando hacerlo con la vida de otras personas, todas conocidas y relacionadas íntimamente o muy cercanas a uno, no deja de provocarnos cierta tristeza ya que los cambios, sea cuales fueran todos y cada uno de ellos, van a significar la modificación de una estructura y un contexto que seguramente ahora miramos por no dejar de añorarlos o extrañarlos en el "como se dieron" en ese entonces.
En definitiva, todo es parte de la vida, de los cambios que comienzan a verse desde el momento en que llegamos a este mundo sin haberlo pedido pero no pudiendo hacer otra cosa más que aferrarnos a él y empezar a dar los primeros pasos. Todo muy lindo y a veces también muy feo, pero como decía, todo parte de la vida.
Siento y escribo porque me hace bien hacerlo. Tanto sentir y permitirme experimentar todo esto que relato como escribirlo. Son pequeñas catarsis que de no hacerlas no pasaría nada, pero quedarían guardadas, no reveladas, o sencillamente ocultas cuando no hay ningún motivo para que así sea.
Seguiré sintiendo entonces y, cuando me encuentre en condiciones y con ganas, escribiendo aquello que sienta y que seguramente le pasa a más de una persona al igual que a mí.
Y cada momento de la vida es el mejor, cada etapa es la que debe brillar y resplandecer, y así lo he entendido y aprendido desde hace tiempo viviendo mi presente como el único momento realmente valedero para poner en valor (valga la redundancia) pero no dejando atrás tampoco los buenos tiempos que se han vivido o que seguramente estarán por venir.

miércoles, 24 de junio de 2015

El tiempo a veces no cura nada.

Si a uno nunca lo han tenido en cuenta, en general y en específico, y siempre se ha estado al costado del camino principal donde pasaban las cosas concretas en determinados contextos, debe ser que así lo harán sentir a uno en los mismos contextos, grupos, recintos, reuniones o como se les quiera llamar, donde se vuelvan a congregar las mismas personas que propiciaron ese sentir.
Y sí, después de todo no hay tanta ciencia en saberse no integrado o fuera de lugar en uno u otro momento de la vida entre unas cuantas personas.
Por eso, no piensen que el tiempo oficiará de reparador de tales estigmas ya que nada de eso sucederá así, y si en otro tiempo pasamos un momentos de incomodidad, de indiferencia, de destrato y de todo ese tipo de cosas que va en detrimento del "sentirse bien", si se vuelve a repetir todo igual, todo igual se repetirá entonces. No hay más. C'est la vie.

lunes, 16 de junio de 2014

La maldad.

Tenemos que reflexionar una y otra vez sobre nuestra maldad, sobre si existe en nosotros alguna manifestación que tenga que ver con ella y si somos capaces de hacerle frente, entendiendo por esta acción el hecho de darse cuenta de nuestra "cosa fea" y tratar de enfocarla claramente para poder combatirla y erradicarla de nuestra vida.
¿Somos malos? ¿La maldad aparece disfrazada bajo otro rostro que si bien se puede mostrar totalmente opuesto a todo lo que tenga que ver con ella es en esencia parte de ella misma? ¿Está la maldad arraigada en nuestro corazón y todo lo que sale de nosotros lleva su sello? ¿Convivimos con la maldad y, pensando que hemos logrado controlarla y quitado de encima, estamos seguros de que no se cuela por el lugar menos pensado cuando interactuamos con nuestro entorno? ¿Somos parte de una fachada que se muestra débil y gentil con algunos pero que expresa todo su potencial maligno con otros? ¿Entendemos que la maldad puede apoderarse de cada uno de nosotros si no disponemos de una guardia y una fortaleza constantes para que ésta no nos gane por descuido? ¿Nos hemos dado cuenta de que no es necesario llegar a cometer grandes hechos horribles para ser malo y que con el menor atisbo de querer dañar al otro de la forma que sea, hasta la más imperceptible para los demás quizás, podemos estar haciendo mal también y en forma decisiva?
La maldad es una desagradable forma de moverse, asumir las cosas, estar parado frente a los demás y "decidir ser" en consecuencia. Todo lo que parte de ella no puede ser tenido en cuenta, como tampoco amparado, bajo ninguna circunstancia o punto de vista. Es en el pleno desarrollo y ejercicio de este desafortunado movimiento que todo se vuelve caótico, desangelado y helado.
No finjamos no verla cuando explota virulencia y putrefacción intentando que sus partículas nos abracen o al menos nos toquen y/o rocen. Estemos alerta, preparados y recubiertos de nuestra luz, nuestra estrella, o nuestra energía personal, cósmica o del tipo que cada uno sienta que pueda ser la que lo ampara; y blindados frente a cualquier manifestación que la maldad pueda adoptar sepamos que nada ni nadie nos toca si nosotros no se lo permitimos primero. Estemos seguros de esto porque es una verdad tan total que es la que mayor resistencia opone a quienes se mueven en su camino despidiendo, cada tanto, maldad; así sin más.
Existe entonces, está rodeándonos y en nuestro interior en muchos casos y oportunidades, y solo haciendo un constante e intenso trabajo personal podremos repeler la que viene de afuera y expeler la que encontremos en nosotros mismos.
No es traumático, ni complicado o desesperante, darse cuenta que quizás en alguna ocasión surja desde nuestro interior un ápice de maldad. A no desesperar, tranquilos. Lo crítico será avalar e incentivar ese atisbo encontrado dándole rienda suelta a nuestro posible oscuro ímpetu y no el hecho de quitar de nuestro Ser esa mancha descubierta, como será lo que seguramente estaremos haciendo la mayoría de nosotros, todos quienes queremos ser cada día mejores y vivir más plenamente.
Por eso cuando de la maldad se trate, sea la propia o la ajena, no nos sintamos temerosos ni oprimidos ya que será la propia fuerza y el propio amor el que nos protegerá y alejará de esa desagradable experiencia.

martes, 25 de febrero de 2014

La homosexualidad, de entrecasa.

Es claramente evidente que todo lo que escriba a partir de ahora lo haré con la clara conciencia de saberme con la suficiente autoridad moral y la experiencia real de ser una persona que (en este caso sí vale la aclaración pertinente que en otra circunstancia no tendría porque darla) abraza la elección homosexual en su vida.
Antes de volcarme de lleno al tema puntual que abordaré quiero aclarar que no voy a hablar o a hacer alusión a lo sexual y que sólo me competirá hablar de lo que enuncia el título de esta publicación, es decir de las cosas que se dan en la intimidad más común de cada vínculo, en este caso homosexual, pero no en la intimidad sexual sino en aquella de la convivencia diaria en el aspecto específico que atañe a las acciones comúnmente llamadas de entrecasa, esas que se hace en todas las casas para que éstas no se vengan abajo, metafórica y literalmente hablando.
Ahora sí. Voy a ser simple, directo: en las parejas homosexuales masculinas siempre hay una de las partes que adopta el predominante papel más similar al de la mujer de las parejas heterosexuales, ése que a pesar de que ambos trabajen, o sea uno solo de ellos el que lo haga, o ninguno de los dos, siempre será menester de un mismo integrante de la pareja hacer. Esas cosas relacionadas a las "amas de casa" específicamente.
Es así que siempre uno de los dos será quien más predispuesto esté para cocinar, para hacer alguna que otra limpieza (acorde a su tiempo y posibilidades) o para guiar a quien la realice por él, para enfocar la organización y el orden de la casa en general, y para ser quien decide ante la incertidumbre o indecisión que se genera sobre algunos temas en cualquier momento del día.
En las cosas donde llegado un punto es necesario actuar velozmente y donde como comúnmente se diría hay que "sacar las papas del fuego", siempre hablando de cosas que aluden a momentos y menesteres caseros como por ejemplo dar por terminada la disyuntiva de que se cena, bueno, ahí será una parte (generalmente siempre la misma) la que haga el milagro de cocinar algo que apacigüe y finalice la tensión previa a saber que se comía.
Será también (siempre) esa misma parte que toma las riendas en el ejemplo anterior quien asuma los preparativos más significativos, en cuanto a ordenar y acomodar todo lo que se traslade, cuando de viajar se trate, ya que debido a ese pragmatismo que se adquiere a través de la organización diaria de la casa es que luego todo resulta más práctico y cómodo para ambas partes si se asume que la ya mencionada adopte el lugar de protagonismo en el quehacer previo al viaje; y será también esta parte quien, por una decisión tácitamente instaurada y consensuada por ambas partes, nuevamente se encargue de todo lo que hace a organizar los diferentes aspectos que se dan en el lugar donde se esté, ya sea cuando hablamos de estar de vacaciones o de visita en algún lugar fuera del que se reside habitualmente.
Y como éstas decenas de otras cosas que pueden parecer una nimiedad pero que en realidad son muy importantes para tener una convivencia y, claro está, una casa en el mejor estado posible.
Un último ejemplo que puede pintar mejor esta ubicación de uno de los dos integrantes con respecto a la pareja es que va a ser éste, al que he ido aludiendo en todo el relato, quien esté más pendiente de todo lo que tenga que ver con las cosas que hacen a que la casa esté en óptimas condiciones, tanto para él como para su pareja, no significando esto que el otro integrante sea un despreocupado (a veces sí, claro) o no colabore para mantener la armonía hogareña desde lo estrictamente casero o de entrecasa hablando; para nada, ya que seguramente este otro integrante es quien desde su lugar contribuye en forma tan importante como la citada a todo esto, sabiendo que es conveniente que solo uno de los dos asuma el papel de "amo de casa" (por llamarlo de alguna manera más gráfica o representativa) y de organizador del hogar, haciendo más fácil y simple las cosas para todo el mundo que allí habita.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Opinar de visitante.

A ver... ¿Cómo lo pongo en palabras para que se entienda y llegue a cada persona que lea estas líneas?
El tema que atrapa mi concentración y la vuelca en estas letras es el que se experimenta, esencialmente desde la parte espectadora, cuando alguien (sea quien sea que no pertenezca al núcleo de una casa y a quienes la habitan) traspasa ese límite que consiste en saberse invitado/a o visitante de tal hogar y, en teoría sin darse cuenta, interfiere en toma de decisiones, opiniones que no le competen en lo más mínimo, o todo eso que al ser llevado a cabo, por ese alguien, da para decir ¡¡¡¡¡qué metido/a!!!!!
Hecha la introducción, paso a expresar y caracterizar los momentos que se desencadenan a posteriori de la llegada de alguien así.
El hecho es que si sos invitado/a a compartir algún tiempo en cierto lugar y circunstancia siempre tenés que saberte un/a invitado/a, no hay otra; y si por casualidad se te olvida tal calidad a ocupar al menos tené la ubicación personal de darte cuenta, cuando se te hace notar, que ya podés estar llegando a importunar con tus incursiones en momentos que no da para que participes.
Y los/as hay de todo tipo y de toda procedencia.
Están los/as que cayeron de sorpresa y en determinado momento te das cuenta que están llevando la manija de todo lo que se decide (algo que no estaría mal si no fuera por el simple motivo de que no guían o conducen eso que intentan digitar sino que ocupan ese lugar debido a esa intromisión que hace descalabro en lo que se estaba tratando de acordar y que para evitar mayores descalabros se cede ante dicha opinión, convertida en una absoluta actitud metiche).
También están quienes acostumbran pasar por un lugar para meterse en todo lo que allí suceda, es decir que uno ya sabe que así será y en cierta forma ya está acostumbrado a pasar por esos breves o extensos lapsos de tiempo en compañía de tales opinadores/as que como condición sine quanon nunca se han dado cuenta de su postura de opinólogos/as invasivos/as.
Y que decir de aquellos/as que por cercanía afectiva y/o hasta parental son quienes más aflige recibir, no por el hecho de recibirlos como visita planeada o espontánea (sin aviso) sino porque en su opinología y participación en toma de decisiones o en temas que no deberían incursionar pueden llegar a ser los/as más vehementes metidos/as de todos/as los/as que así lo hagan.
Es así, amigos. Y lo verdaderamente importante no es tanto ser de esta manera (todos pudimos, podemos o podremos tener una o varias actitudes similares a éstas) sino darse cuenta y frenarse a tiempo ya que lo que se origina in situ ante este tipo de formas de proceder nunca es algo bueno o positivo y siempre, pero entiéndase bien, "siempre-siempre", detrás de este tipo de visitas (cuando el o la metiche se marchan) siempre queda una estela de mala predisposición en alguna de las partes que queda y que ha intervenido como espectadoras de tales espectáculos, meramente caseros y malogrados.