martes, 22 de octubre de 2013

Ser dueño de una sombra.

Camino mucho junto a mi perro en diferentes momentos del día, en cada una de sus salidas, y por lo tanto por el simple hecho de frecuentar generalmente los mismos sitios (parques, plazas, calles, etc.) ya voy viendo en muchas oportunidades a las mismas personas que se mueven por tales lugares.
Sin dudas la plaza es el lugar que más visitamos. Las varias plazas que están cerca de nuestra casa y que en cada bajada (que lo permite el no apremio por el tiempo o el clima) recorremos, y aquellas más lejanas a nuestro domicilio o barrio que en caminatas más extensas también solemos incluir en el paseo, y que nos ofrecen diariamente una fotografía única y muchas veces repetida.
Es por lo tanto que, de andar una y otra vez por estos lugares, se comienza a ver cosas que con el transcurso del tiempo resultan parte del paisaje visual y podría decirse que hasta esperables de encontrar en cada salida.
Una de ellas, y ya no hablo de "cosas", como las enuncié en el párrafo anterior a modo de denominar en general todo aquello que vemos repetidamente en nuestras caminatas, es a un señor que vive en la Plaza Las Heras junto a su perro y a su changuito de supermercado lleno de todas sus pertenencias, que ya es para nosotros (para mi perro, por el compañero de este señor que le ladra cada vez que por allí pasamos, y para mi, por la costumbre de verlo y saludarlo cada día) parte de lo que vemos y esperamos ver inconscientemente seguro, en nuestro paseo, cuando por esta zona del recorrido andamos.
Y él, que ya saludo y conozco de tanto verlo y hasta haber hablado alguna que otra vez (teniendo cuidado de que su perro no se acerque al mío porque sería tremendo que así sucediera para todos, especialmente para mi pobre Boro) tiene su lugar específico dentro del predio de la plaza, ese que no es otro más que el que él ha elegido desde hace años, seguramente producto de considerarlo el mejor y más oportuno a ocupar debido a múltiples factores que el tiempo le ha dado en fundamentos y que por tal motivo es "su" lugar, ese que goza de la sombra más frondosa de la plaza y que es suya, sí, suya; y él la disfruta, la usa, la vive y, como tantos cientos de hombres más (y mujeres, claro) que estén en su condición y situación, pasa a ser algo más de su propiedad.
Después de todo, ¿quién se va a atrever a cuestionar el hecho de que pueda también, o al menos, ser dueño de una sombra?

lunes, 14 de octubre de 2013

Me dijo que era algo de "otro plano".

Cada tanto me encuentro con personas que salen de lo común del resto por lo que terminan contándome o por como se expresan luego de unos minutos de hablar, producto de que ambos vamos con nuestros perros, que se huelen, y entonces ahí deriva la posterior charla.
Hace un par de noches atrás, en la bajada final de Boro, mi perro, fue Flavia, de más de 50 años, que terminó contándome que fabulaba (yo lo sugiero aunque ella, en la duda de la veracidad de lo que contaba, lo contempló también) que algunas veces le ha pasado que sus animales, específicamente a sus gatos (le ha sucedido con varios a lo largo de su vida, dice), les sucede una transformación inexplicable y aparece otro, como clon (ella utilizó esa palabra) del auténtico que tiene; hasta el punto de que la última vez fue que su gato macho (el actual que vive junto a ella y su perra, la que paseaba cuando nos encontramos) fue misteriosamente "cambiado" por otro idéntico que resultó ser hembra y que ella luego de verlo raro en su comportamiento lo revisó y la descubrió del sexo opuesto al que en verdad correspondía.
Suena bastante a delirio, pero que se yo, no quiero juzgar a nadie por nada que no sea perjudicial para con los demás y en este caso ella lo comentaba no sintiéndose traumatizada por lo que le había sucedido y se otorgaba y me otorgaba la posibilidad de que todo fuera parte de un sugestión suya (me extrañó que planteara este punto pero lo hizo, algo que descartaba una locura galopante ya que ella misma dudaba en cierta manera de lo que narraba).
Y por supuesto que ya que estábamos en tren de hablar le pregunté si entonces se había quedado con la gata en lugar de su gato así, sin más, y me dijo entonces que luego, al día siguiente, la gata volvió a ser el gato (macho), aunque sin mucha explicación de como fue el nuevo cambio o transformación, algo que me hizo verla medio desconcertada en su relato, siendo éste el único momento en el que tambaleó en la seguridad de todo lo que me narraba.
Finalmente terminó diciéndome que toda esta experiencia radicaba, según lo que ella comprendía, en una vivencia y manifestación de alguna forma de mensaje desde "otro plano" (así lo contaba ella) que se materializaba en su animal.
En fin, me he limitado a contarles esto que presencié y que hizo de esa bajada algo diferente a las de todos los días ya que hay algo que no podemos negar y es que esta Flavia en cuestión tenía un bagaje de historias, y porque no fábulas personales, que seguramente necesitaba contar o hablar con alguien.
Ahora, vaya a saber porque entendió que lo podía hacer conmigo, ¿no? Bueno, no sé; eso quizás sería tema de otra entrada.

jueves, 10 de octubre de 2013

En la mente y/o en el corazón.

Tengo en mi mente (creo que es ahí) un lugar donde guardo todas las cosas feas que siento por determinados hechos que han sucedido en mi vida y que, para ser más preciso, se traduce en todo lo feo que se me genera por ciertas personas que, a mi entender, actúan de una manera no adecuada frente a determinados sucesos de la vida.
Entre ellas están las actitudes desagradecidas que pueden partir de cualquier persona y que con esa sola actitud asumida hace que ya me quede quien sea protagonista de una actitud de este tipo relegada en estima, aunque quizás nunca se lo haga saber; porque en definitiva, después de todo, seguramente que, al obrar así, poco le importa saberlo.
También tengo en ese lugar las acciones desleales tales como el chisme y ese tipo de procederes que asumen, afortunadamente para mí, pocas personas de las que conozco, o al menos que hasta ahí llega ni conocimiento sobre ellas.
No puedo evitar direccionar también automáticamente a este lugar del cual hago referencia a la gente ordinaria que se precia de andar transitando los caminos de la vanguardia; ya que además de ser pobres entes, encima, quieren parecer aquello que no son y que nadie se los cree. Y hablo de gente ordinaria no por acceso (o no) a la educación, o por mayores o menores ingresos económicos, o por su ubicación en la (snob) clase social, sino porque hace gala de su ordinariez creyéndose que pasa por graciosa o simplemente original con cada muestra de su precaria humanidad.
Y las personas, y sus consecuentes actos que seguramente también se alojarán en este lugar que recibe todo aquello que me resulta feo y negativo para mi vida y mi forma de verla y abordarla son las agresivas, las mentirosas y las desvergonzadas al momento de (no) respetar a toda otra persona que no necesariamente piense y elija las mismas cosas que ella; principalmente cuando hagan uso de su falta de respeto hacia los demás injustificadamente, aunque nunca debería haber una razón para caer en la agresión, la mentira y la falta de respeto, valga la redundancia, hacia el otro.
Por eso las personas que sin yo planearlo se me ubican en ese lugar de mi ser, ubicado -para mi- en el cerebro, creo que en definitiva también pasan a ocupar ese lugar en el corazón (si es que existe también ahí un lugar así o suponiendo que quizás sea únicamente ahí, en el corazón, donde se experimentan, sienten y suceden estas categorías) ya que en cierto punto de nuestra vida es imposible separar uno del otro y en la mayoría de los casos todo lo que sucede y pasa por un lado, indefectiblemente sucederá y pasará por el otro también, y viceversa.
Es así que ahí las tengo, acumuladas, esperando que solas se vayan de mi vida, sin forzar su anulación (de ser así se quedan por más tiempo y cuesta más alejarlas), y por tal motivo es que a veces también vuelven a emerger ante similares hechos o repetidas apariciones, pero nada más que eso. Tengo la suerte de olvidar ligeramente lo pasado (lo intento) y en una nueva interacción con quien en otro tiempo no actuó bien no traer a colación eso a la memoria y sólo si se volviera a caer en un desatino como el anterior sentir nuevamente esa desazón que se genera ante la reiterada desilusión.
Por eso siempre puedo enmendar fácilmente cualquier controversia pasada, porque triste sería aferrarse a éstas para esperar una venganza o retribución pagando con la misma moneda. Y salvo que nunca aparezca el pedido de disculpas, el reconocimiento de haber estado mal o el mero hecho de reconocer de alguna manera que se ha actuado equivocadamente y hacerse el o la desentendido/a eternamente, yo sabré sanear dicho episodio del pasado para dar por cerrado ese mal recuerdo.

martes, 8 de octubre de 2013

No acepto.

Si quienes critican mi elección vegana me piden, a la vez, respeto por su punto de vista (haciendo clara mención a que yo también debo aceptar al otro como espero que lo hagan conmigo), pues bien; diré que NO.
NO, porque yo no voy a aceptar ni a entender la postura de quienes para poder alimentarse y vivir, en varios aspectos de su vida, recurren al dolor infligido sobre otros seres vivos que también temen, sufren y padecen dolores corporales y emocionales igual que nosotros, los seres humanos.
NO, porque jamás podrá equipararse un pedido de respeto o aceptación entre tan opuestos y significativos estilos de afrontar y llevar adelante la vida.
NO, porque no puedo, aunque quisiera NO puedo. Otra cosa es no combatir esa postura desde la interpelación necia o agresiva, ya que cada uno elige libremente lo mejor que le va a su vida y a la de quienes lo rodean (los animales también nos rodean) pero hasta ahí llego.
NO combato, más tampoco acepto ni entiendo.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Cansancio en la propia fortaleza.

Me he dado cuenta que cuando más guardo sentimientos encontrados en mi interior sin permitirme expresarlos a diestra y siniestra es cuando más cansado me siento, físicamente hablando, y creo que se debe a que internamente hago un arduo trabajo de auto-contención para no dar curso a eso que experimento y que si no lo verbalizo es porque creo que además de saber que no es lo más oportuno hacer, sé que de hacerlo significaría -quizás- un desgaste físico y emocional aún mayor.
El hecho es que seguramente a muchos también les pasa que, de sentirse fortalecidos frente a la contundencia de la determinación de seguir un curso ante determinadas posibilidades, se sientan a la vez debilitados en otro aspecto y esa debilidad se haga evidente por sobre la fortaleza ya citada que quizás no sea otra cosa que cierta debilidad que se transforma en fortaleza al poder ser manejada, postergada y quitada de nuestra intención de reacción, para actuar lo más loable o pacíficamente posible.
Por eso, el cansancio que se siente en lo físico, se experimenta de manera real, y se manifiesta en determinados momentos hasta en dolores y contracciones corporales, puede ser tranquilamente un resabio de otra cosa que poco tiene que ver con el real aplomo que expresa nuestro cuerpo.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Los paseadores de perros.

Cada persona que convive con un perro y que por falta de tiempo, de momentos en casa, o simplemente para distensión y sociabilidad de su amigo animal lo manda con un paseador debe saber que la persona elegida es de absoluta confianza y confiabilidad al momento de "entregarle" su amigo, en teoría al inicio del vínculo a alguien extraño.
Cada uno está tranquilo y sabe (piensa en realidad) que quien sale con su can es una persona que nunca lo va a maltratar y que, así como lo trata y se comporta con él cuando se lo entregan y al momento de devolverlo (es decir cuando además de estar con el animal también interactúa con su dueño (mal llamado "dueño" ya que ninguna vida es propiedad de nadie más que de quien la posee y en todo caso ellos no son posesión nuestra sino que sólo acompañan nuestros días) así debe tratarlo en el resto del paseo cuando sólo están el paseador y los perros; y nadie más.
A Boro lo paseó mucho tiempo una mujer que me recomendó una señora que no conocía, del barrio, pero que de ir preguntando en su momento a quienes veía con perros por el paseador que salía con ellos dí determinada vez y fue ahí que decidí sumar a Toto (un Toto pequeño, inquieto y juguetón) a la jauría de la paseadora "María".
Ella era muy amable, de unos 45 años, toda su vida se había dedicado a eso de pasear perros, y se notaba que los quería y que Boro la quería ya que al momento de sonar el portero eléctrico, las mañanas que ella lo pasaba a buscar (de lunes a viernes), Él se exaltaba y daba sobradas muestras de alegría queriendo bajar al instante a encontrarse con María. La reacción de un perro que sale cada mañana con su paseador cuando suena el timbre que marca la (posible) llegada de éste es fundamental para poder percibir si el can se alegra, se retrotrae, se esconde, o lo que sea, en claro síntoma de si desea o no repetir la experiencia que lleva a cabo diariamente. Y si hay algo que tienen los animales en contundencia. Si les gusta y quieren algo a alguien, lo demuestran efusivamente así como también evitan todo aquello que les de miedo o directamente no les resulte placentero.
Y así, tantos otros al igual que yo, nos fiamos intuitivamente al principio, y por convencimiento después, de que nuestro paseador es el indicado, el mejor, el único que podría ser depositario de nuestra confianza y así seguimos. Muchas veces no queda tiempo para ver, pensar e investigar como son tratados ciertamente nuestros compañeros una vez que los vemos alejarse en manos, repito, de un extraño.
El tema es que Boro no pasea más con María desde hace más de dos largos años ya, porque ella se volvió a su ciudad natal luego de décadas de estar viviendo en Buenos Aires, motivo que me evitó dar un quiebre brusco a la relación establecida con ella luego de casi un año de sacar a Toto ya que una vez, por esas cosas de la vida y como quien no quiere la cosa la vi en la calle cuando estaba yendo para casa y ella claramente estaba dirigiéndose a casa también a llevarme a Boro y entonces luego, cuando efectivamente llegó al edificio con Él, yo le comenté que la había visto (un comentario que sólo quedaba en eso ya que como la había visto, había seguido camino, y nada más); y ella, asumiendo eso que llaman "cola de paja" replicó enseguida que si yo la había visto gritarle y zamarrearlo (a Boro) era porque Él justo se había comido unas flores de un cantero. (¿?)
Flores no comió Boro. Nunca. Pero no importa. Este episodio que se desencadenó de la nada y por un comentario (el mío), que no daba para más que lo que enunciaba, derivó en una falta de confianza de mi parte hacia ella ya que, de suponer, vaya a saber si el "zamarreo" era moneda común o si no incluía otros menesteres. Vaya a saber. Pero en ese momento no dije nada, como tampoco lo hice después, ni nunca; ya que a los días ella me contó esto de que se volvía a vivir a su Pinamar natal y entonces, y como además Boro no mostraba signos de no querer salir con ella, dejé que se continuaran los paseos hasta que ella los dio por finalizados.
Es así, sepámoslo. Por más tiempo que llevemos con un mismo paseador, jamás sabremos la intimidad de cada paseo y por tal motivo lo que realmente hacen los perritos durante el mismo. Puede que estén atados todo el tiempo, que los matraten verbalmente (gritos, destrato, etc.), que los agredan físicamente (he visto a varias de estas personas agredir a perros de su paseo, vaya a saber porque pero agredirlos, y contundentemente) o por el contrario que los cuiden, los traten bien y especialmente los paseen como si fueran ellos mismos, los paseadores, parte de su familia.
Todo va un poco en ser observador, un poco en no desentenderse totalmente del tema una vez que se encuentra a una persona que se ocupe de sacar a pasear a nuestros amigos y un poco en suerte, porque no, ya que a veces es cuestión de dar justo en la tecla, en la adecuada o en la incorrecta, claro. No queda otra.


miércoles, 4 de septiembre de 2013

Yo padecí bullying cuando aún no se lo identificaba con un nombre.

Y sí, no hay que ser una persona sarcásticamente tocada por alguna fístula (a modo de atrofia) del destino para sentirse un sapo de otro pozo en algún momento, lugar o contexto. Pero de ahí a sentirlo siempre y a poder darse cuenta de ello por expresa voluntad de otras personas, llegando a padecer de alguna forma tales agravios, hay una enorme diferencia. 
A mi de grande (actualmente) no me pasa casi nunca, salvo alguna excepción muy concreta contada con los dedos de una mano y por algún motivo, razón o circunstancia que hace que quizás no me sienta bien en algún sitio; cosa que se soluciona dando por terminada tal experiencia y listo. Es por eso que ahora, a esta altura de mi vida, reconozco que en mi niñez y adolescencia, en ese tiempo tan alejado a éste actual, fue moneda corriente en mi vida eso de sentirme así.
Comenzando por la época del colegio primario, en esos grados superiores donde ya se comienzan a observar las diferencias entre grupos de alumnos y sus formas de ser y la implacable impronta de algunos compañeros de curso; y ni hablar del tiempo del secundario luego, donde las clases de educación física solo de varones por ejemplo se volvían momentos en los que no lo pasaba nada bien; fue para mi ésta, la etapa de mi vida en la que más incómodamente viví, definitivamente.
Siempre todo asociado a mi condición sexual, por supuesto; por ese entonces no asumida o bien entendida por mi pero quizás sí visible y burlada por otros del resto de la clase. (Paradójico que entre los hostigadores e instigadores de la burla hubo alguno que se asumió de la misma condición SEXUAL que yo; pero en fin, cosas de la vida.)
Tres ejemplos bastan para entender a que me refiero con el maltrato que recibía y que no es evidente para los demás pero sí lo es, y lastima, para quien lo sufre en carne propia.
1) empujones, risas, burlas, y explícitas muestras de amaneradas y mariconas actitudes que ponían en práctica algunos chicos cuando me hablaban o hablaban de mi muy cerca mío para que yo escuchara lo que decían y opinaban (de mi);
2) faltas de respeto absolutas como por ejemplo que estando en la biblioteca del colegio en horario extra escolar buscando información para un trabajo de alguna materia tener que soportar el hecho de ver que algún alumno escupiera dentro de mi mochila y no poder hacer nada ya que en la introversión a la que me abrazaba, como le sucede a cualquier adolescente que es agredido/a con este tipo de cosas habitualmente, no me estaba permitido, por vergüenza, temor a otra burla, o dolor a reconocer públicamente lo que sucedía, expresarme o buscar una ayuda o un amparo;
3) sentir una velada pero manifiesta exclusión al momento de tener que armar grupos de trabajo en el aula o simples partidos de fútbol o algún otro deporte en clases de educación física.
En fin, todos ejemplos de lo mismo; de separación, de desplazamiento y de no inclusión en actividades y momentos diarios donde en general se sentían (se sienten) incluidos todos los alumnos de un curso o colegio; y sumado a esto, además de la desatención, aparecía el hecho de la agresión, verbal y psicológica. Completo.   
El tema es que de ahí en adelante siempre sentía que para mi no era normal caerle "naturalmente agradable" a la gente y a los grupos de gente. Vaya a saber porque el ser humano (la mente humana) se aferra a conceptos y experiencias traumáticas pasadas y repetidas, no pudiendo permitirse luego desprenderse fácilmente de esos magullones psicológicos y espirituales.
También en el club, o en algunos partidos de fútbol del barrio, o en cosas tan básicas y simples como salidas a la plaza de mi ciudad alguna tarde del fin de semana, o en la asistencia a los cumpleaños de mis compañeros de la escuela yo era presa de burlas que no pasaban de eso pero que al ser constantes y recurrentes en todo lugar (en la mayoría de ellos) a mi me resultaban tediosas de sobrellevar y muy opresivas; además de hacerme sentir desahuciado y turbado, volviéndome absolutamente disminuido en el potencial real de mi interacción con los demás y arruinando el paseo o evento en el cual estuviera participando, obviamente. Siempre recuerdo que antes de ir a los cumpleaños, ya en casa, yo me sentía nervioso, siempre, con ganas de no ir pero a la vez deseando poder hacerlo y pasarlo bien; y que cuando estaba terminando alguna de estas celebraciones y esperaba que mis padres me pasaran a buscar por el lugar, si no había sucedido nada relevante en cuanto a burlas y cargadas, yo me sentía feliz; y creo que esa felicidad era más porque volvía a mi casa donde nadie podría ya desacreditarme que por no haberlo pasado mal, ya que de estar en esa expectativa constante, de todos modos, lo pasaba mal.
Es así que el tiempo de escuela (primario y principalmente secundario), en el que fui también dichoso y feliz gracias a la amistad y al acercamiento de otr@s compañer@s, fue para mi el más traumático; pudiendo volver a revivir y sentir ahora, en una retrospección que se produce en mí, producto de abordar tales recuerdos, las sensaciones de vergüenza, nerviosismo, angustia, desesperación, soledad, sudor frío, querer literalmente que "me trague la tierra", etc., que tanto me asolaron por aquel entonces. Sí, al escribir esta entrada tan personal experimento, de manera diferente pero en esencia básicamente igual, eso que sentía en la etapa narrada.
Fue así que a la inversa del colegio primario, donde la hostilidad no apareció en el comienzo de los primeros grados (1°, 2°, 3° y 4º) quizás porque todavía se era muy pequeño ahí para que aflore la crueldad en niñ@s de estos niveles y sí fue decantándose hacia los últimos (5°, 6° y 7°), en el secundario tuvo su máximo auge en los 3 primeros años, para ir apaciguándose (quizás por acostumbramiento, interacción forzada pero interacción al fin, o algún otro motivo) hacia el transcurso de los dos años finales.
Afortunadamente al término del colegio secundario, y con el ingreso a la universidad, nuevas amistades universitarias, algunas sesiones de terapia llegadas mucho tiempo después, y el rumbo de mi vida que siguió otro camino alejado de ese lugar físico y emocional donde me sentí "no libre" de expresarme naturalmente, ese tiempo de relegación personal autoinfligido comenzó a modificarse por el traslado a otra ciudad para seguir mis estudios, y de a poco, sin darme cuenta, me fui sanando y desprendiendo de todo ese hostigamiento al que había sido sometido y que sólo conocíamos quienes lo llevaban adelante y yo, ya que muchas veces quienes rodean estos crueles episodios (ahora llamados bullying) ni se dan cuenta de que suceden; y cuando participan, escuetamente y por fracciones de segundos, interpretan entre risas y/o bromas que son sólo eso, una broma y nada más.
Seguramente todo lo compartido haya tenido que ver con que la vida de un niño o una niña, y posterior adolescente gay, a finales de los 80 e inicio de los 90 no fue fácil para ningun@, pero yo creo que para cada un@ que vive su propio destierro y calvario personal con respecto al resto de los niños y las niñas, su caso es el peor de todos. Obvio que los hay peores, y sabemos de algunos que han terminado mal, aún a costas de cobrarse las vidas que de tanto padecer ataques y afrentas decidieron dar un término absoluto a tales agresiones. Más todos sufren de padecer tales males sociales y el sufrimiento se sobrelleva en cierto punto de igual manera: sufriendo.
Por eso cuando se celebra el crecimiento, producto de este tiempo de igualdad y aceptación de que no hay más diferencia que la que el propio ser humano dictamina y condena, no hay que olvidar que en otro tiempo sí la hubo y se la marcaba de manera contundente haciendo que quienes quedaban (quedábamos como fue mi caso) del lado "incorrecto" lo pasaran muy feo, ya que además de cargar con su "sentirse vulnerad@s y a contramano del mundo" debían afrontar terribles e injustos agravios por ser considerad@s rar@s.
De esta manera, todos, por el simple hecho de ser personas (demás está decir que es altruista el hecho de apoyar) debemos valorar y defender siempre, y ante cualquier intento de disminución, retroceso, o segmentación, la causa de la igualdad desde todos los niveles de la sociedad, para que algún día se cierre definitivamente el arcón que guarda todo lo que ha quedado en desuso entre la gente, y con ese cierre se extinga la última, pacata, inhumana y vulgar conciencia que discrimina entre una u otra persona por su gusto y elección sexual.
¡Bienvenida la diversidad! ¡Bienvenida la diferencia!
¡BIENVENIDO EL RESPETO!

miércoles, 7 de agosto de 2013

Las hay de todo tipo.

Algunas imágenes plasmadas generalmente en fotografías, de tan comunes cuando son tomadas con algún accesorio extra como puede ser la luz solar iluminando de manera particular o algo así, se vuelven cuadros que dejan de serlo para convertirse justamente en eso, particulares.
Yo veo en muchas de las fotografías que suelo tomar con mi BlackBerry cuando ando por la calle, cuando no con mi cámara personal que sin llegar a ser profesional es una cámara y por lo tanto captura mejores imágenes que mi smartphone, que tienen algo que las hace salir de lo ordinario de una foto común para terminar siendo una diferente ilustración fotográfica.
Ya lo he comentado y he hecho alusiones fotográficas a dicho tema en entradas anteriores pero resulta que al encontrarme frente a alguna foto de este tipo, vuelve a surgir en mi la necesidad de no dejarla pasar y llevarla conmigo en el medio de captación que tenga más a mano, para compartirla luego, por supuesto con tod@s ustedes.

miércoles, 31 de julio de 2013

No sólo no la levantó sino que se cagó en los que sí lo hacemos.

Otra vez la gente mala. Porque no hay otra forma de definir determinados tipos de actitudes en algunas personas.
Caso recurrente en este último tiempo en mis redes sociales y en alguna entrada de blog publicada hace apenas unos días el que vivo nuevamente en la plaza y ahora comparto acá.
Un hombre joven, con mameluco de médico o practicante (para el caso es lo mismo), con un labrador que hace sus heces, en cantidades proporcionales a un perro de ese tamaño, no levanta las mismas. Entonces yo, otra vez (lo seguiré haciendo cada vez que tenga oportunidad) me acerco y le ofrezco un bolsa para que recoja eso que le corresponde no dejar en el piso.
A todo esto me dice que no, que como él ve que hay mierda en el piso, alegando que nadie la junta (y acá exageró ya que si bien son muchos los desubicados que no recogen las deposiciones de sus animales también están los que como tantos otros y yo sí lo hacemos) piensa dejarla ahí ya que de hecho siempre lo hace de esta manera. Acto seguido, no esperando yo, por mi parte, tal respuesta de este mamerto, y con claros signos de estar absolutamente sorprendido ante tal desfachatez humana, le pregunto sin salir de mi asombro si en efecto no iba a aceptar finalmente mi bolsa, y el susodicho me responde que no, y se aleja, con cola de paja, me di cuenta, pero para el caso que importa si lo importunó mi aparición; más teniendo en cuenta que siguió en su tesitura de cagarse, literalmente, en mi y en todos los que sí hacemos lo que debemos con respecto a este tema.
Por eso, otra vez lo comento, lo comparto y le dedico una entrada de mi blog ya que nunca dejaré de admirarme negativamente, por supuesto (como sinónimo de horrorizarme), ante tanta desidia, falta de respeto, idiotez, e hijaputez humana.

domingo, 28 de julio de 2013

A veces, un poquito más afortunado aún.

De vez en cuando, cada tanto, yo me siento un poquito más afortunado que de costumbre, y al contemplar en vivo y en directo -a mediados de semana quizás y en un horario pico del día- una imagen como ésta, valoro lo pequeño y lo grandioso de la vida, expresado en fotografías como ésta que ven ahora y que va más allá del papel o del archivo JPG pudiendo llegar a abrazar y reconfortar el espíritu, mi espíritu al menos.
Sí, lo aseguro.
Y podré estar pecando de naif quizás, o directamente de bobo (boludo), pero no importa; yo disfruto, valoro y aprovecho todas estas cosas también y nadie me quita lo experimentado.
Lo recomiendo amigos, lo recomiendo.