martes, 27 de septiembre de 2016

Hay límites que no se deberían pasar jamás.

Quien ha traspasado el límite de permitirse decir “hasta ahí”, cuando bien se sabe que la palabra arrojada no vuelve más y en muchos casos es difícil de olvidar, y se permite decir todo lo que a su cabeza se le acerque, sin poner ningún filtro que tamice lo dicho, es seguro ─me atrevería a decir inevitable─ que piense, en algún momento de su verborragia verbal ─si es que, supongamos, podría llegar a pensar acerca de lo que hace y dice─ que sus palabras solo actúan en el otro como un descargo de su parte y que por tal motivo serán tomadas ─por el otro─ como simples e impulsivas consignas dichas en momentos que, producto de la ira, sabrán entenderse como frases sin el real significado de lo que expresan, al igual que otras ─palabras, expresiones─ que también puedan decirse pero que en realidad no revisten de mayor significado que el de una mera ofensa, para llamarlas de alguna manera.
Pero resulta que esto no es así, ni por casualidad, y todo lo que sale de la boca, con menor o mayor intensidad, es producto en cierta forma de lo que se piensa o se desea (decir).
Muchas cosas podemos tirarle al otro en su propia cara cuando de una discusión se trata; o no, porque también estamos quienes nada agresivo podemos decir, quizás porque hemos aprendido que con incentivar la hoguera del la discordia nada se gana, y si lo que realmente se desea es terminar a la brevedad con la disputa es conveniente centrarse en otra cosa más interesante que agrandar el foco de la pelea y arremeter con artillería pesada que solo hará arder más y más esa hoguera a la que acabamos de hacer mención.
Pero siempre son dos las partes intervinientes en este tipo de cuestiones, o tres o más personas, quienes se enfrentan o tratan de enfrentarse a toda costa para evacuar alguna frustración, algún enojo o sencillamente algo no resuelto que tienen dentro de sí; y por eso aunque una parte única de la rencilla trate de salirse por la tangente para dar por finalizado el desgastante ataque verbal, si la otra parte o las otras parten que intervienen no desean cortar esa efusiva descarga de odio, de poca utilidad será querer conseguirlo de forma inmediata.
Ya se sabe, escuchar y permitir ─no desde la bonhomía o bondad de hacerle el favor a alguien que por otra parte lo merezca sino desde el cuasi único lugar que toca asumir─ es generalmente el primer paso a seguir en estos albores de una gresca que podría extenderse in aeternum pero que si sabemos abordarla, manejándola nosotros aunque la otra parte no se dé cuenta de ello, puede acabar a la brevedad, por agotamiento o falta de recursos verbales y/o estructurales para seguir destilando la furia.
Tal es así que tampoco debe darse vital importancia a lo escuchado; pero no para dar la razón implícitamente a quien agrede y podría llegar a suponer como lo hemos visto al principio del relato que decir lo que venga a su mente está bien con tal de tirar palabras lacerantes que duelan y toquen puntos concretos en el otro, sino para estar, la parte agredida, protegida ante tanta desazón que podría producirse al escuchar expresiones que en el momento pueden llegar a parecer que nadie más las diría a otras personas pero que, seguramente amigos, más de uno o de una debe escucharlas gratuitamente ─lo gratuito haciendo alusión a que nada se ha hecho para ser merecedores de tales improperios─ tratando de sortear en el momento, y con los recursos que se hayan adquirido de la triste experiencia, momentos oscuros, entonaciones groseras, malintencionados tratos y la recurrente falta de respeto que siempre se hace presente en toda discusión; ya que lo único que se desprende de éstas es la pérdida de la compasión y del poder ponerse en el lugar del otro para sentir ─simplemente eso─ y continuar de una manera diferente, no cayendo justamente en esa detestable discordia, nunca bienvenida y siempre despreciable.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Estoy triste.

Estoy triste porque todo eso que viví en mi infancia ya no tiene lugar en este tiempo de la adultez; porque haya experimentado o no todo lo que un niño debe experimentar al nivel de sueños, fantasía, emociones y magia ─todas vivencias recomendables a atravesar en cualquier niñez─ sé que ahora, de grande, aunque quiera retrotraerme espiritualmente a ese estado jamás podré conseguir alcanzarlo.
Estoy triste porque cuando uno avanza en el camino de la vida y accede a otro tipo de experiencias, contactos, vínculos, tratos, relaciones, y todo lo que viene acompañado del hecho de crecer y alejarse paulatina pero inexorablemente de los días de niño, uno se aleja de ese ángel que acompaña a cada niño, ese ángel que nos permite ─cuando infantes─ no poder ni tener que fingir acerca de nada y por nada, viviendo todo naturalmente y en el estado más auténtico que fluya de nuestro ser interior, sin ningún tipo de auto censura o de descarte “racional”, algo que tristemente rige el tamiz de los mayores la mayoría de las veces.
Estoy triste porque siento que gran parte de mi ser se resiste a alejarse de ese lugar que no deberíamos abandonar jamás por ninguna promesa que nos auto hacemos implícitamente ante el universo que creemos vislumbrar que nos espera en el momento de alcanzar la aridez de la edad adulta, y porque en otro porcentaje, menor pero porcentaje considerable al fin, siento que inevitablemente me he alejado de ese niño en su máxima esencia ─máxima expresión─ que vivía solo para ser feliz, pasar buenos ratos, divertirse y no buscar ni necesitar de otra cosa o incentivo superfluo para vivir.
Estoy triste porque son contadas las advertencias que vivo, como le sucede seguramente a todo adulto cuando infelizmente se aleja del momento de la inocencia, que me ponen en sobre aviso de esto que experimento ahora y que, quizás felizmente aunque suene contradictorio, me hacen parar y darme cuenta que tengo que hacer algo ahora ─¡ya!─ para frenar la contaminación de ir avanzando y transformando mis días de esta manera y ponerme a pensar nuevamente en que finalidad me he planteado para mi ser, y por tal motivo para mi vida y la de todos los que compartan algún tipo de experiencia, trato, vínculo o afecto conmigo y acercarme a esto otra vez.
Yo no soy ni quiero ser un inmaduro que se ha quedado sin crecer acorde a la vida que va pasando bajo sus pasos, para nada, y por tal motivo mi tristeza va por otro carril; yo necesito seguir emocionándome y creyendo en la magia de que nada debe ser tan estipulado u organizado para poder proveer felicidad, y que con lo natural, el misterio también ─porqué no?─, y la maravilla de sólo prestar atención a todo aquello que realmente a uno le interese ─no a lo que está decretado que debe ser lo consultado, buscado u obtenido─ bastará para alcanzar la felicidad más sincera y necesaria para vivir.
No quiero estar triste porque mientras haya un minuto más para seguir andando siempre se estará a tiempo de modificarse y volver al lugar que uno añora, siempre y cuando sólo dependa de uno poder reubicarse y sentirse allí; por eso esta tristeza me viene muy bien porque me produce el sacudón que mi alma y mi cuerpo necesitan para salir del letargo de estar espiritualmente (en muchas ocasiones de mi vida) donde no deseo encontrarme, abordando cada momento siendo alguien, algo, que no soy y que reconozco ajeno a mi verdadera existencia ─espiritual.
Momentos felices, por lo tanto, son éstos de tristezas inesperadas y desencadenadas por algún factor extraño y ajeno a mi verdadero ser. Y estoy triste, y no quiero estar triste, y por tal motivo ─soy un individuo altamente pragmático en pos del cambio consciente y la modificación positiva─ comienza en mí la reestructuración de volver a las bases de la vida de todo ser, base que no pide más que ser feliz generándose la dicha de manera simple ─para nada snob, presumida, materialista y sin exigencias que no llevan a otro sitio más que el de la insatisfacción permanente─ agradeciendo el hecho de haberme dado cuenta de todo esto, algo que ya es suficiente motivo para una primera gran y merecida alegría en el retorno a ese camino de la fortuna (entendida como bonanza, satisfacción y bienestar) que hube abandonado y pude darme cuenta necesito urgentemente para vivir.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Solos entre tanta gente.

A ver si nos ponemos de acuerdo. La vida es un devenir de frustraciones, pequeñas o enormes, que se van dando desde el primer momento en que llegamos a este mundo y que se renuevan diariamente cada día que nos levantamos para enfrentar la nueva fecha en el almanaque o calendario, como más nos guste llamarlo.
Que uno es esencialmente el reflejo de todo su pasado es cierto, porque uno se ha ido formando y forjando a conciencia, y a despreocupación pura también, para llegar a ser eso que ve frente al espejo, frente al que nos devuelve una imagen puramente física y frente al otro, el que nos devuelve esa imagen que sólo uno mismo puede ver y reconocer ante tantas capas que nos recubren en esta vida moderna en donde nadie es auténticamente ese que es, por más que quiera ser transparente y auténtico desde su fibra más íntima para no hacer aquello que detesta ver ─imaginar─ en los demás. Al fin y al cabo todos somos lo mismo, personas que vamos queriendo agradar desde todos los ámbitos posibles para no sentirnos tan solos, tan tristes y en definitiva tan mal.
Nadie sabe que sería exactamente lo que mejor le haría porque de ser así no se estaría siempre en esa búsqueda que lleva a continuar siempre adelante pero que en claras cuentas no se podría definir exactamente hacia dónde va. Porque ¿qué es la vida sino una continua investigación para llegar ─no sin mucho trabajo y empeño─ a un descubrimiento y de ser éste positivo y acogedor permanecer en él para terminar desechándolo en algún momento en tren de iniciar nuevamente la búsqueda hacia otro nuevo descubrimiento que nos haga pasar las horas de nuestros largos (aunque a veces parezca que se pasan volando) días en esta tierra?
Uno está solo, sí, solo con su alma para todo, porque podemos estar acompañados en diversos momentos del día, o de nuestra vida para ser más amplios, pero siempre es en "ese momento", ese en el que nada ni nadie más que nuestra esencia puede permanecer junto a nuestro cuerpo para llorar, reír, sufrir o disfrutar ─ya que no le compete a nadie más compartir "eso" que es absolutamente de uno─ en el que somos sólo nosotros y nadie más.
Vivir es entonces un camino arduo, tremendo (salpicado con sus gratificaciones y momentos de plenitud o sentir inmejorable) porque básicamente vamos por aquí para enfrentarnos a todo lo que deba aparecer para continuar con esa formación que iniciamos desde pequeñitos, cuando todavía ni sabíamos a que comenzábamos a exponernos por el mero hecho de haber llegado a un lugar colectivo llamado mundo, insertos ─nosotros─ en un sitio personal y delicado al extremo llamado vida.
Y así y todo la vida que nos ha tocado es lo mejor que podemos esperar; no hay otra y no queda otra, y es nuestro metier saber ir dándole la vuelta a cada golpe o feo movimiento del destino para poder esquivarlo o enfrentarlo de lleno sabiendo que nadie muere en la víspera y que todo puede ─debería─ ser transformado en algo que sólo nos haga bien y nos ayude, lágrima de por medio también ¿porqué no?, a ir sin ninguna carga emocional negativa que solo empeore el tránsito por este lugar y no lleve a ningún puerto digno de arribar.
En fin, la vida, algo tan grande y, según se la lleve adelante, tan vasto o escueto, debe ser siempre motivo de querer estar en ella porque, ya se sabe, nadie va a venir a apretarnos el gatillo pero tampoco nadie vendrá para ayudarnos a sostener la copa de logros ─felicidad, armonía, empatía, amor, crecimiento personal─ que sintamos haber alcanzado.

lunes, 29 de agosto de 2016

De eso se trata todo esto.

Yo muchas veces creí que mi vida era la peor que le podía tocar a alguien, y hablo de otro tiempo, en el que pensaba esto, claro; pero el hecho es que yo estaba convencido que todo lo que me pasaba sin que yo lo buscase o generase ─al menos en forma consciente o explícita─ era producto de tener una vida miserable que aunque por otro lado ─el que se ve, el exterior─ no se pudiera observar a simple vista yo la sentía y experimentaba, algunos días de la semana, siempre, indefectiblemente.
Y lo importante, a mi entender, en este caso es que ni en esos momentos, que fueron definitivamente terribles a nivel espiritual y armónico para mi Ser, como decía, ni ahí experimenté una tristeza amenazadora que me impidiera ver que la dicha y la felicidad corrían por otro carril muy diferente a ese miserable que teñía mi vida de dolor, agravio y pesar; sumándole también humillación, ofensa, falta de respeto y horror ─y porque no vejación─ de manera descarada y gratuita.
Y todo esto viene a colación de algo que fue, es y será siempre un pilar de mi vida, que es entender ─y seguir entendiendo cada día─ que una nube pobre, triste y sumamente opaca no puede nublar el camino entero que voy haciendo con tanto esfuerzo para ser cada vez mejor y sentirme siempre un poquito más a gusto que antes.
Porque uno debe valorarse no sólo desde el lugar de quién únicamente se provee y se garantiza lo mejor en su vida sino desde ese otro lugar en el que permitiéndonos vivir lo que sea que se vaya generando en el camino siempre lo vivamos y lo transformemos todo en algo que nunca represente ni un ápice de fuerza negativa, por más mínimo que sea, en ese nefasto fundamento que tienda a justificar una vida triste.
Y si hablo de que en otro tiempo pude darme cuenta de esto no quiero decir que ahora no lo deba reforzar a diario en nuevas experiencias donde este saber que vino a mí deba ser nuevamente aplicado concienzudamente a mi vida en algunas nuevas o reiteradas experiencias traumáticas; porque es así esta vida y parte de ella transcurre en el reafirmar nociones que hemos adquirido a fuerza de torcer feas vivencias, y volver a aplicarlas una y otra vez, agiornándolas y reforzándolas en cada nuevo uso.
Vivir, amigos, de la mejor manera que se pueda. De eso se trata, después de todo, todo esto.

sábado, 20 de agosto de 2016

No se es nada.

No se puede estar todo el tiempo destilando mala onda. No se puede. El tiempo hace que quien sea portador de tanta mala onda y tanto enojo ─al menos con una parte, siempre con la que lo padece─ se vuelva insoportable.
Podemos entender un poco de mala onda cada tanto, que se yo, así como también se puede comprender que alguien no pueda estar de buen humor o con el mejor de los talantes siempre, pero de ahí a estar viviendo en una emoción negativa constantemente es algo completamente diferente e infundado, además de indigno.
La agresión debe ser canalizada de manera positiva, redituable, es decir con actos que lleven a expulsarla del propio organismo para transformarla en algo ─si se quiere─ bueno, como podría ser relajarse escuchando la música que más nos guste o también fusionando esa agresión en cansancio haciendo una actividad física para quitarse ese feo cúmulo de cosas malas y sentirse mejor. No sé si estaré en lo cierto pero me parece que así debería abordarse este tema en cuestión.
Es la vida que toca, pero también la que se puede llevar de mejor manera trocando lo malo por lo bueno. Siempre se puede llegar a cambiar algo, pero la determinación debe partir del querer hacerlo, no hay dudas con respecto a este tema.
¿Y saben qué? Quien sea de una manera despreciable en las mayores horas del trato con uno, por más que con otro/s sea la mejor persona, siempre será eso que muestra al menos con uno solo. Porque en la vida se es transparente y auténtico siempre O NO SE ES NADA. ¡Joder!

jueves, 4 de agosto de 2016

He dicho. A otra cosa. Nos vemos pronto.

La pedantería y la desfachatez son dos cosas que siempre me parecieron ridículas y rayanas con la comicidad, aunque pueden ser muy bravas y agresivas también en algunos casos.
Yo considero así a este tipo de reacciones porque afortunadamente puedo afirmar que no poseo ninguna de las dos ya que el sólo hecho de sentirlas, siendo llevadas adelante por alguien más que no sea yo, claro, me pone de una manera que jamás me permitiría poder adoptar tales desbarrancos en mis reacciones o impulsos personales. En fin, que no las tolero en otros entonces mucho menos podría cargar con ellas.
Por tal motivo cuando soy mero espectador de este tipo de situaciones que incluyen alguna de las dos maneras de moverse frente a los demás ─o las dos─ trato de quedarme siempre con la beta risueña o cómica (por darle alguna denominación a la cosa en cuestión) para no enervarme o pasar a sentirme mal. Porque convengamos que presenciar tales momentos, ya sean dirigidos hacia terceros o hacia uno, no puede dejarnos imparciales si asumimos adoptar la postura de quién no deja pasar sandeces porque sí sino que les hace su juicio ─exprés─ porque no se puede no hacer otra cosa ante tamañas actitudes de impertinencia.
Vino a mí esta reflexión, que quedará solo en eso, porque uno siempre vive instantes ─fugaces o prolongados─ en donde la pedantería y la desfachatez están a la orden del día; y cómo podrán imaginar no me he salvado de presenciar una triste y tragicómica función de este "teatro" de la baja estofa, en algún momento cercano a éste.
He dicho. A otra cosa. Nos vemos pronto.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Miseria.

La miseria llega a todas partes. Siempre.Voy caminando por la calle, llego a una plaza, entro a un edificio, a un shopping, y ahí está, ahí la veo. Porque si algo repara en la más mínima atención propia, y no es la belleza, entonces es la miseria.Y la miseria en cualquiera de las formas en las que pueda presentarse.
Ver a un joven (el de la foto 
que ilustra esta entrada) de poco más de 20 años, perdido, en vaya a saber que enfermedad o síndrome, balancearse continuamente, parado en uno de los bordes de una fuente de agua que no funciona en una plaza de mi ciudad, gritando de a ratos, sonriendo siempre, sufriendo ─aunque se lo vea feliz, divertido─ la trágica escena diaria que él representa y que el destino, o la vida en cuestión, le ha deparado. Miseria.
En la calle otro tanto. La gente, en su mayoría, que va con un andar estereotipado en su afán de ir, porque así está dado el mundo. Agradando al otro, sin llegar a ser auténticamente quien se desea, en ese loco afán de ser para el otro. Viviendo vidas que seguramente no desearon vivir jamás, o que al menos no son como las que imaginaban o soñaron, si es que alguna vez lo hicieron, soñar; cuando aspiraron a algo, si es que en algún momento lo hicieron, repito, soñar. Alardeando soslayadamente de una individualidad que el mundo, decretado en lo colectivo de los tiempos ─como las modas─, borra al instante insertando cada vez más a todo ser en su colectivo devorador. Miseria.
Lugar de la congregación de lo peor y más vil del ser humano como el centro comercial, llamado shopping en esa loca ventura de adoptar modismos, palabras y expresiones extranjeras para ─sin darnos cuenta─ acrecentar ese colectivo mundial y devastador que no nos hace a todos iguales, ni mucho menos, sino que por el contrario nos separa y marca determinantes diferencias, hay pocos. Aquí la asquerosa levedad de ser se plasma en todo su esplendor caricaturizando y satirizando la vaciedad del hombre que solo brilla en el mundo ficticio del glamour al que intenta llegar, que se malentiende como una caricia al espíritu o un mimo personal que nos hace bien y reconforta, cuando solo viene a empobrecer el alma nuestra que viene rayando la hosquedad de arremeter contra estos estímulos inventados e insertados en nuestra cotidianidad con el fin de distraernos de lo realmente importante. Ánimas que andan sonrientes por los pasillos y diferentes plantas de estas edificaciones del mercado consumista (que pueden tener cayos, mal aliento, olor a transpiración, caspa y seborrea, verrugas y tantas otras cosas) pero que estando ahí se sienten en el apogeo de lo chic y lo cool, solo pueden dar pena y cierto asco. Miseria.
Personas que no llegan a tener lo básico en su vida, a pesar de empeñarla en horas y horas de trabajo que no los hace plenos ni mucho menos y que los consume en tren de no alejarse de la norma establecida que vino a descargar su artillería contra el individuo que nunca será el beneficiado de lo que las grandes corporaciones y empresas, incluido el estado, tienen en mente para fortalecerse y ganar ellos sí lo que desean, hay millones. Personas que pueden ser muy buenas y puras de espíritu, sin una maldad que las distinga del resto, pero que al no vivir dignamente su vida diaria y no poder generar una vida de mejores condiciones para quienes tienen a su cargo ─cuando así se da en algunos casos─ solo revisten su existencia de la más mugrienta y desagradable sensación de existir. Pobre gente. Miseria.
Personas con mucho dinero, ricas, multimillonarias si se quiere, que en esa nube de estatus o bienestar asegurado solo construyen una madriguera de carroñera satisfacción. Satisfacción a instancias de otros que no la encontrarán jamás, satisfacción de auto egoísmo generado sin una delimitación o puesta en evidencia que los devele, satisfacción de poseer y en ese poseer no entender que se está cayendo en la absoluta pobreza de quienes, vacuos en sus actos y vacíos de generosidad, irán siempre por la vida destilando excentricidad, bajo nivel —de aquel que verdaderamente viene a sumar en esta idea de un bien, una persona en este caso, que se revaloriza por los bienes (no materiales) adquiridos— y fanfarronería, aquí sí del mejor nivel. Riquezas. ¡¡Puaj!! Miseria.
En fin, miseria por doquier en un mundo que trata de taparla todo el tiempo y que tiene como fin generar todo tipo de inventos para ocultarla, distraer de ella y confundir a sus poseedores.
¿Que nos roza a todos? No, 
reformulo la pregunta, mejor: ¿Que no abraza a todos? —claramente hablando de la miseria como estado propagado a diestra y siniestra─, sí, definitivamente, a todos. Y no es cuestión de pesimismo o de intolerancia al ritmo de estos tiempos de la era moderna que cada vez se modifican con mayor velocidad y estruendo sino de realismo, y no por eso realismo hiriente, parándonos frente a este crisol de inventos —incluido el humano, que en algún momento, sea como fuere, apareció— que viene a formar parte de esta paleta de tonalidades que, pensándolo bien, el pintor que tuviese la tarea de tenerla en su mano para comenzar su obra no tendría una tarea nada fácil.

jueves, 7 de julio de 2016

Sencillos misterios de la vida.

Es increíble como
cuando una persona
te tira buena onda y buena energía,
aunque sea alguien absolutamente desconocido,
puede cambiarte el día.


Es increíble y hermoso.
Y felizmente a veces así sucede

jueves, 30 de junio de 2016

¡Hermosa!

Ella lo "dice" tan lindo...



Sale el sol.

Siempre después de la tormenta sale el sol, también en lo que hace a los contratiempos que sufrimos  ─como personas que somos─ y que nos encontramos a lo largo de nuestra vida. Es cierto. Y a veces ese sol tarda un poco más o un poco menos en aparecer nuevamente pero siempre sale. Y ese "salir" no significa otra cosa más que comenzar a sentirnos bien y experimentar sensaciones buenas en el cuerpo que, quizás, antes se encontraba un poco apagado o consternado.
Es respirar más relajadamente otra vez, luego que todos los suspiros y bocanadas de aire inspiradas y exhaladas hayan trabajado por motu proprio quitando de nuestro organismo eso que no necesitábamos y que muy posiblemente habíamos acumulado o recibido por vivir malos ratos y padecer algún tipo de nerviosismo, angustia u opresión.
Porque bien sabido es que el cuerpo solito se encarga de encaminarse a un mejor estado, auto protegiéndose y brindando la mejor curación para estos casos de malestares del alma; y si se lo ayuda y se dispone de las armas que pueden acelerar y optimizar esta recuperación —básicamente ganas y convicción de querer lograrlo— el resultado positivo ya es un hecho.
Hoy específicamente, y varios días después de haberme sentido abatido, puedo decir con todas las letras que me siento mejor, que me encuentro bien; y caminando junto a mi perro por la calle antes de ir a dormir, mientras escribo esta entrada de blog que publicaré seguramente al llegar a casa para transmitir y compartir la esperanza de que siempre se puede superar algo que nos duele y que hacerlo es sumamente gratificante e importante para estar bien y cuidarnos, corroboro que cuando se está limpio de conciencia y sereno en la vida ─física y espiritual─, aunque haya vaivenes o subas y bajas, como en cualquier camino que se trata de transitar de la mejor manera posible, todo puede llegar a ser más fácil aunque de entrada parezca que va a costar y duela bastante ese tiempo previo al de comenzar a sanarse.
Por último quiero decir, a modo de recomendación, que la ayuda silenciosa, y esencialmente de amor concreto y presencial, que he encontrado en mi perro —el ya mencionado compañero que camina junto a mí por la ciudad mientras escribo estas líneas— es de los mejores bálsamos para estar siempre fortalecido y en eje en las cuestiones de valorizarme y creer en mí mismo, además de ser esencialmente una compañía inmejorable que gana en comparación a cualquier otro tipo de compañías, en mi opinión, claro está. Así que tengan esto en cuenta. Los animales en general, los perros en mi caso, son lo mejor que le puede pasar al ser humano en esta vida tan estresante y "posmoderna" que vamos viviendo cada día.
Así que desearía que estas ideas vertidas sirvan para colaborar ayudando a fortalecer la noción de que no hay que desanimarse ante un pesar, por bravo que éste sea, porque todo pasará; sabiendo que podremos estar mejor que cuando ─por el motivo, persona o circunstancia que fueran─ nos hayamos quedado en un estado que necesita ser superado para poder continuar bien; ni más ni menos que como es debido.

miércoles, 29 de junio de 2016

La escritora que dibuja con letras.

Los cuentos, relatos, de Griselda Gambaro tienen ese toque que los hace pasar a ser momentos que ─mientras se los lee y tiempo después de hacerlo─ se transforman en un río de imágenes que no se puede evitar permitir que siga su curso.
Leer siempre ha llevado a los lectores a diferentes mundos, a diferentes emociones, y a un montón de estados y lugares comunes más. Pero, justamente, muchas veces los relatos solo nos llevan a situarnos en lo antes descrito sin poder focalizar la imagen concreta de lo narrado, en lugar de ponernos frente a las hojas como si estuviésemos frente a una pantalla de cine viendo claramente la historia que leemos —no queriendo decir con esto que lo leído en esos casos sea malo o carente de expresión porque no nos lleve a identificar contundentemente una escena sino sólo a encontrarnos en una vaguedad emocional que la mayoría de las veces nos deja movilizados y nada más─.
Vale una salvedad y aclaración en este momento del relato para corroborar que en cualquier tipo de ─buenas─ lecturas nos transportamos y viajamos con éstas, y la diferencia puede estar en que con algunas quedamos en el sentirnos quizás todos inmersos en ese relato y con otras podemos además observarlo todo desde afuera viendo claramente cada detalle de lo contado gracias a la descripción obtenida.
Bueno, Gambaro nos permite tomar este lugar y sentirlo en carne propia pero sin dejar de estar mirándolo desde un hito apartado, y es ésta realmente una virtud. Y hablo de hacer de las letras imágenes concretas, específicas, puras y absolutamente visibles.
Yo soy lector empedernido ya que no existe momento o época de mi vida en la que no esté leyendo uno, dos y hasta más títulos de cualquier género literario. Pero cuando por ejemplo de libros de cuentos se trata, en los que es fácil comenzar y terminar determinada historia pudiendo pasar a otro libro para después retornar al anterior sin haber perdido el hilo de nada ya que la historia leída terminó en su momento, esto de estar leyendo varios libros a la vez se vuelve absolutamente fácil por el mismo tema de que no hay que estar recordando la historia dejada en el libro anterior, como decía recién, porque al volver únicamente será menester comenzar con una nueva, la siguiente, que forma parte este compendio de cuentos y relatos.
Decía que soy un lector empedernido y por lo tanto en mi vasta lectura que va desde un José Lezama Lima o una J. K. Rowling pasando por Margerite Duras, Italo Calvino, Clarice Lispector o Ian McEwan, hasta un Roberto Arlt o un Mai Jia, por citar algunos nombres, me he encontrado con diferentes estilos y abordajes de narraciones y siempre de todos he obtenido lo más brillante y lo más oscuro que se escondía en ellos ya que esa también es la tarea y la misión de los lectores. Por eso, cuando el brillo es tan grande que permite dibujar y observar como en una película lo que se va leyendo es necesario resaltarlo y comunicarlo a los demás porque quizás haya alguien que pueda interesarse en leer y ver este tipo de relatos tan gráficos que, una vez descubiertos, serán del total provecho para el afortunado lector o la afortunada lectora.