jueves, 7 de julio de 2016

Sencillos misterios de la vida.

Es increíble como
cuando una persona
te tira buena onda y buena energía,
aunque sea alguien absolutamente desconocido,
puede cambiarte el día.


Es increíble y hermoso.
Y felizmente a veces así sucede

jueves, 30 de junio de 2016

¡Hermosa!

Ella lo "dice" tan lindo...



Sale el sol.

Siempre después de la tormenta sale el sol, también en lo que hace a los contratiempos que sufrimos  ─como personas que somos─ y que nos encontramos a lo largo de nuestra vida. Es cierto. Y a veces ese sol tarda un poco más o un poco menos en aparecer nuevamente pero siempre sale. Y ese "salir" no significa otra cosa más que comenzar a sentirnos bien y experimentar sensaciones buenas en el cuerpo que, quizás, antes se encontraba un poco apagado o consternado.
Es respirar más relajadamente otra vez, luego que todos los suspiros y bocanadas de aire inspiradas y exhaladas hayan trabajado por motu proprio quitando de nuestro organismo eso que no necesitábamos y que muy posiblemente habíamos acumulado o recibido por vivir malos ratos y padecer algún tipo de nerviosismo, angustia u opresión.
Porque bien sabido es que el cuerpo solito se encarga de encaminarse a un mejor estado, auto protegiéndose y brindando la mejor curación para estos casos de malestares del alma; y si se lo ayuda y se dispone de las armas que pueden acelerar y optimizar esta recuperación —básicamente ganas y convicción de querer lograrlo— el resultado positivo ya es un hecho.
Hoy específicamente, y varios días después de haberme sentido abatido, puedo decir con todas las letras que me siento mejor, que me encuentro bien; y caminando junto a mi perro por la calle antes de ir a dormir, mientras escribo esta entrada de blog que publicaré seguramente al llegar a casa para transmitir y compartir la esperanza de que siempre se puede superar algo que nos duele y que hacerlo es sumamente gratificante e importante para estar bien y cuidarnos, corroboro que cuando se está limpio de conciencia y sereno en la vida ─física y espiritual─, aunque haya vaivenes o subas y bajas, como en cualquier camino que se trata de transitar de la mejor manera posible, todo puede llegar a ser más fácil aunque de entrada parezca que va a costar y duela bastante ese tiempo previo al de comenzar a sanarse.
Por último quiero decir, a modo de recomendación, que la ayuda silenciosa, y esencialmente de amor concreto y presencial, que he encontrado en mi perro —el ya mencionado compañero que camina junto a mí por la ciudad mientras escribo estas líneas— es de los mejores bálsamos para estar siempre fortalecido y en eje en las cuestiones de valorizarme y creer en mí mismo, además de ser esencialmente una compañía inmejorable que gana en comparación a cualquier otro tipo de compañías, en mi opinión, claro está. Así que tengan esto en cuenta. Los animales en general, los perros en mi caso, son lo mejor que le puede pasar al ser humano en esta vida tan estresante y "posmoderna" que vamos viviendo cada día.
Así que desearía que estas ideas vertidas sirvan para colaborar ayudando a fortalecer la noción de que no hay que desanimarse ante un pesar, por bravo que éste sea, porque todo pasará; sabiendo que podremos estar mejor que cuando ─por el motivo, persona o circunstancia que fueran─ nos hayamos quedado en un estado que necesita ser superado para poder continuar bien; ni más ni menos que como es debido.

miércoles, 29 de junio de 2016

La escritora que dibuja con letras.

Los cuentos, relatos, de Griselda Gambaro tienen ese toque que los hace pasar a ser momentos que ─mientras se los lee y tiempo después de hacerlo─ se transforman en un río de imágenes que no se puede evitar permitir que siga su curso.
Leer siempre ha llevado a los lectores a diferentes mundos, a diferentes emociones, y a un montón de estados y lugares comunes más. Pero, justamente, muchas veces los relatos solo nos llevan a situarnos en lo antes descrito sin poder focalizar la imagen concreta de lo narrado, en lugar de ponernos frente a las hojas como si estuviésemos frente a una pantalla de cine viendo claramente la historia que leemos —no queriendo decir con esto que lo leído en esos casos sea malo o carente de expresión porque no nos lleve a identificar contundentemente una escena sino sólo a encontrarnos en una vaguedad emocional que la mayoría de las veces nos deja movilizados y nada más─.
Vale una salvedad y aclaración en este momento del relato para corroborar que en cualquier tipo de ─buenas─ lecturas nos transportamos y viajamos con éstas, y la diferencia puede estar en que con algunas quedamos en el sentirnos quizás todos inmersos en ese relato y con otras podemos además observarlo todo desde afuera viendo claramente cada detalle de lo contado gracias a la descripción obtenida.
Bueno, Gambaro nos permite tomar este lugar y sentirlo en carne propia pero sin dejar de estar mirándolo desde un hito apartado, y es ésta realmente una virtud. Y hablo de hacer de las letras imágenes concretas, específicas, puras y absolutamente visibles.
Yo soy lector empedernido ya que no existe momento o época de mi vida en la que no esté leyendo uno, dos y hasta más títulos de cualquier género literario. Pero cuando por ejemplo de libros de cuentos se trata, en los que es fácil comenzar y terminar determinada historia pudiendo pasar a otro libro para después retornar al anterior sin haber perdido el hilo de nada ya que la historia leída terminó en su momento, esto de estar leyendo varios libros a la vez se vuelve absolutamente fácil por el mismo tema de que no hay que estar recordando la historia dejada en el libro anterior, como decía recién, porque al volver únicamente será menester comenzar con una nueva, la siguiente, que forma parte este compendio de cuentos y relatos.
Decía que soy un lector empedernido y por lo tanto en mi vasta lectura que va desde un José Lezama Lima o una J. K. Rowling pasando por Margerite Duras, Italo Calvino, Clarice Lispector o Ian McEwan, hasta un Roberto Arlt o un Mai Jia, por citar algunos nombres, me he encontrado con diferentes estilos y abordajes de narraciones y siempre de todos he obtenido lo más brillante y lo más oscuro que se escondía en ellos ya que esa también es la tarea y la misión de los lectores. Por eso, cuando el brillo es tan grande que permite dibujar y observar como en una película lo que se va leyendo es necesario resaltarlo y comunicarlo a los demás porque quizás haya alguien que pueda interesarse en leer y ver este tipo de relatos tan gráficos que, una vez descubiertos, serán del total provecho para el afortunado lector o la afortunada lectora.

martes, 28 de junio de 2016

No se daña a quien se quiere.


Muchas veces ocurre que son tantos los golpes recibidos por alguien ─que jamás serán descubiertos al no ser golpes físicos─ que provienen solo del hastío personal ajeno, que quien los recibe no puede hacer otra cosa que quedarse azorado ante tanta infelicidad y desgracia, ajenas.
Todo el tiempo ejerciendo una violencia psicológica sobre el otro, por problemas personales no resueltos y que solo hacen que se carcoma el alma y —porqué no— también la existencia toda. Porque si una persona se dice plena y absolutamente desarrollada en el afuera, pero es todo lo contrario —a niveles bestiales y malvados— en la intimidad (basándonos en la idea de que uno "es" aquello que se es siempre) entonces no se es lo proclamado a los cuatro vientos si cuando no corre tan siquiera una brisa ─por estar dentro de cuatro paredes─ se es algo absolutamente opuesto y desagradable a eso que auto embusteramente se cree ser.
Escribir puede ser un canal de muchas cosas y para muchos fines. Sabemos que escribir —y otro tanto leer— puede salvar en cierta medida muchas realidades de no perecer en la opresión y agresión que se puedan vivir; ya que de más está decirlo que sobran motivos para entender (en un contexto de realidades diversas) que cuando prima el desagravio y la ofensa —ambos injustificados y sin ningún motor que los lleve adelante más que el descontento personal y el pretender ocultar tal descontento— el momento, para todos los que no sufren ese descontento, se vuelve muchas veces intolerable.
Así que por eso se escribe, por eso y porque expresarse es una de las mejores cosas que nos pudo pasar a los seres vivos en general. Y por lo tanto hacerlo en lo bueno y luminoso como en lo malo y oscuro es un momento que, bien abordado, puede llevar a cambiar realidades, al menos momentáneamente, en un principio y como se pueda, y eso ya es algo.
Porque la realidad que a uno lo constituye es también aquella que logra filtrarse aunque sea por una fracción de segundos en su vida; es decir, si uno se enoja, se amarga u odia en muchos momentos, eso viene a formar el todo de la propia realidad en la que alguien, por ejemplo, aunque en otros ámbitos se muestre amable, servicial y adorable no puede creerse —auto proclamarse— el mejor de los seres sobre la tierra si se tiene por otro lado tanta cosa fea dentro que se larga en momentos específicos y con personas específicas también, a conciencia, reiteradamente a lo largo de su existencia.
La vida es ─muy seguido─ motivo de malos momentos, porque ninguna vida será todo el tiempo positiva o brillante, se sabe; pero esos momentos no deseados sólo pueden ser tolerados o avalados cuando nos sorprenden o se presentan por condiciones ajenas que no se pueden evitar bajo ningún punto de vista y cuando uno y todos los que lo rodean a uno hacen lo necesario para que esa situación acabe lo más pronto posible, y no cuando son generados por otro/s, pudiendo ser evitados y, lo que es más importante, revestidos de una brutalidad que atenta contra la serenidad espiritual, hecho todo esto de forma calculada e intencional.
Aquello que universalmente no es justo en ningún lugar del mundo no debe naturalizarse como una práctica que deba ser tolerada en ningún otro lugar tampoco. Los dolores que alguien se acostumbre a padecer podrán ser en primera instancia metas superadas para no sentirse o pasarlo tan mal pero con el tiempo serán lastimaduras que irán marcando esencialmente el alma de quien lo acepte en su vida.
Después de todo hay gente que nació problemática o que se fue formando a lo largo de su vida hasta alcanzar ese grado de 'máxima exquisitez' en el nivel de embromarse la vida por cualquier cosa, como nutriéndose de estos disturbios para poder continuar y tener más fuerza para tomar la próxima curva ─de la agresión─, y no habrá nada ni nadie que la cambie o la tuerza de ese camino porque se cree la mejor por su sapiencia, su bondad, y sus virtudes humanas, negando todo lo demás que viene a lacerar gravemente a otra/s persona/s.
El camino de la vida está plagado de todo tipo de gente. Quien escribe, asimismo, es también ─seguramente— alguien objetable para alguien o algunos más; y de eso se trata andar caminando y sorteando algunos baches en la ruta, pero siempre que se trate de cuestiones en las que no se coincida con alguien por determinadas cuestiones y aspectos o algo así para no terminar de aceptarse, y nunca por motivos de herir a propósito a alguien con el único fin de… la verdad, no lo sé, ¡vaya a saber con qué fin!
Y sin caer en la utopía ni en nada que se le parezca —no se está pidiendo tampoco encontrar un arcón con monedas de oro en la base de algún arco iris— sería tan lindo prescindir de todas esas cosas horribles (horribles por lo ofensivas y humillantes) que ensucian y vician la vida de algunos seres humanos para poder ir, ahora sí, con peleas o disputas comunes, que se puedan originar entre cualquier par o grupo de personas, pero no esquivando y protegiéndose de infundados ataques ─siempre de una misma parte hacia otra─ que sólo apuntan a desmerecer y calumniar la vida del otro, su dignidad, y todo lo bueno y luminoso que pueda existir en ese blanco de ataque que representa el objeto de la agresión de una persona en cuestión.

domingo, 5 de junio de 2016

Sabor amargo para mi perro y yo, por culpa de unos inquilinos.

Que cuando a alguien no le guste un perro su reacción, ante la proximidad de uno, sea la de comenzar a expresar palabras del tipo: "fuera", "cucha", "salí", "juiira" (en clara alusión a la palabra "fuera" pero esta vez deformada en una muestra de encontrarse poseído ante la cercanía de un cánido) sólo expresa una terrible falta de respeto hacia quien acompaña a ese perro, más cuando esta manifestación aparece luego de un intercambio de palabras y cuando en otros momentos esta persona que se muestra desahuciada por el contacto con un perro se mostraba —otrora— simpática, sonriente, y muy amable al lado del can y su dueño.
Todo esto nos sucedió a Boro —mi perro— y a mí, bajando en el ascensor de nuestro edificio, con unos vecinos (una pareja relativamente joven con una pequeña de no más de dos años ) que tuvieron que compartir el trayecto de descenso con nosotros, en un momento en el cual mi perro, por sociable y cariñoso, se acercó a la hija de este matrimonio vecino, motivo que por lo que se puede deducir les fastidió enormemente a ambos, o al menos al señor que fue quien después, en un momento posterior, reaccionó como acabo de contar en el comienzo de este relato, y que fue el mismo hombre que también reaccionaba de manera completamente diferente —civilizada— como he comentado a continuación de ese inicio también.
En fin, hay maneras y maneras de demostrar algo, pero la ordinaria, grosera, chabacana y desagradable de hacerlo a los gritos y adoptando una actitud enajenada —principalmente para ser llevada a cabo entre vecinos, cuando éstos temerosos son sólo inquilinos que hace poco más de un año que se encuentran en el edificio y mi perro hace más de ocho que está en él, además de ser propietario (por carácter transitivo de sus dueños) del lugar donde vive— me parece que no es la correcta ya que si tanto se detesta a los animales, específicamente a los perros en este caso, habría que dejarlo sentado en un primer encuentro para saber cómo manejarse luego, al encontrarse con ellos, y no adoptar una postura simpática, pero falsa a la vez, durante mucho tiempo para luego, por un hecho imperceptible para quien no sabe nada acerca de su desagrado con los animales, reaccionar de una manera absolutamente desubicada haciendo pasar un mal momento general, tanto al perro y a su dueño —propietarios—, como a ellos mismos —inquilinos—.

jueves, 2 de junio de 2016

Quien quiera entenderlo, ¡Felicidades!

Quizás fue releyendo algunas entradas de mis blogs, éste mismo y Mi Boro y Yo, que pude darme cuenta que quizás estaba sonando contradictorio entre algunas entradas al pregonar, siempre que me surge, la idea de que mi vida y mi mismo ser están orientados hacia la felicidad que vivo continuamente en este tiempo presente que me tiene como protagonista.
Y digo que podía sonar contradictoria la idea al encontrar también, principalmente en éste blog ─no en Mi Boro y Yo donde todo es sólo muestras de amor y felicidad puras por el hecho de estar compartiendo la vida junto a un perro que ha venido a completarme y colmarme de todo lo que yo necesitaba─ temas como la frustración, el dolor, la tristeza (¿opuesta a la felicidad o parte vital de ella?) y cualquier otro que lleve a momentos de angustia antes que a los de la plena alegría.
Pero es que de eso se trata la vida feliz ─al menos así lo he sentido, vivido y entendido─, la del presente feliz que engloba no un camino alfombrado de rosas y perfumadas flores sino uno de diferentes escenarios y momentos que vienen a formarnos en alguien que sabe que se camina para estar y que por eso mismo se es feliz.
Simple. Aunque quizás no se entienda del todo, y como quiero que se comprenda bien trataré de ser más simple y más escueto en la formulación de ideas y palabras.
Se está muerto ─sin ninguna otra connotación de contexto o idea que la de ya no ser─ o se está aquí, andando; y por tal motivo, predisponiéndose orgánica (comidas, ejercicio, cuidados, etc) y mentalmente (lecturas, reflexiones, música, etc), se puede ir por un camino que sea de absoluta felicidad porque todo es y se va dando como nosotros deseamos y así lo vamos predisponiendo ─consciente e inconscientemente─ para que se dé de esa manera.
A ver, simplifico todavía más la cosa limpiando la oración/idea para hacerla "visiblemente más simple":
Se está muerto o se está aquí, andando; y por tal motivo, predisponiéndose orgánica y mentalmente, se puede ir por un camino que sea de absoluta felicidad porque todo es y se va dando como nosotros deseamos y así lo vamos predisponiendo para que se dé de esa manera.
Ser feliz no es ni una obligación, ni un derecho. Ser feliz es justamente eso: Ser; llegar a ser, nacer, eso es. Ser para la felicidad. Ser para ser felices.
Quien quiera entenderlo, ¡Felicidades! Y quien no quiera, o no pueda, realmente intentaré (si alguna vez tendría la oportunidad de cruzarme con este ser) desearle que sea feliz en alguna de las tantas formas que podemos elegir para serlo, porque una vida triste debe ser muy desdichada y digna de toda compasión, misericordia y solidaridad.

miércoles, 1 de junio de 2016

Dejarlas partir...

¿Y si uno tuviera que ir acostumbrándose a estar solo porque es indefectible que en algún momento esa soledad tan temida llegue a nosotros?
¿Y si mientras se está disfrutando de la más absoluta y bella compañía, traducida en felicidad, sería necesario estar teniendo en cuenta que todo llega, indefectiblemente, a su fin porque todo tiene un fin?
¿Y si a eso que sabemos, o al menos ─aunque ignoremos─ tenemos en cuenta que se desencadenará, acerca de que en algún momento estaremos solos otra vez lo tenemos presente para no perderlo de vista?
¿Y si esa tristeza que se apoderará desde el momento en que inevitablemente abracemos la soledad podría ser manejada y digerida desde ahora para no tomarla como un arribo imprevisto e improvisado que acontezca en nosotros?
No sé… La verdad, no sé porque vienen a mí tales cuestionamientos…
¿Será porque al ser tan felices, y corroborar que no necesitamos más de esto que tenemos, sentimos ─involuntariamente─ que la vida nos pasará una factura; como si ser felices no pudiera ser un estado que no necesariamente llegue como consecuencia de otro previo, el de tristeza, o que anteceda al mismo?
No sé…
Uno ha tenido tan metida en la cabeza esa idea de que la felicidad no es algo que se permita disfrutarse plenamente porque hay quienes no pueden acceder a ella, o porque podríamos estar aferrándonos a ella para evadirnos de otras “infelicidades” que se plasman en nuestra existencia, o que ─sinceramente─ no se halla la forma de ser felcies cuando se es tan despreocupado de todo salvo de eso, de ser feliz…
En fin… Nada tiene respuesta, o todo la tiene, no sé…
Algo que sí sé es que dejo pasar este avatar de preguntas, las dejo partir, para que tengan en mi vida el lugar que merecen y para que, como llegan, se vayan y sigan el curso de su camino que, por cierto, nada tiene que ver con el mío.

martes, 31 de mayo de 2016

"Cada maestrito, con su librito".

Yo he tomado la vida como un camino que se debe transitar haciendo sólo lo que se desea internamente ─también a pesar de los demás─ siendo auténtico a cada momento.
Soy una especie de ser que va sin saber muy bien hacia dónde porque asumo la vida como un presente absoluto que nuca puede arrebatarse ante la idea de algo que no existe, aunque produzca efectos concretos en el ánimo y en la estabilidad personal, como es el pasado o el futuro. Nunca pude depender de estos tiempos, jamás lo he hecho.
Desde pequeño, sin saberlo seguramente ─no podría haber estado digitando una forma de ser con respecto a algo que no ocupaba mis días, sencillamente porque carecía de la acumulación de experiencias que decantaran en la forma de ser que finalmente se plasma cuando se ha vivido algo de vida, valga tanta redundancia, en la vida─, y en la adultez producto de haberme ido formando a conciencia (también a los golpes) para adoptar esta filosofía de vida.
Nunca pude imaginarme como un hipócrita que pensara y dijera algo y luego ─con su vida─ hiciera otra cosa muchas veces totalmente opuesta a todo lo expresado. No entraba en mi cabeza bajo ningún punto de vista (esto sí es algo que recuerdo muy bien) ser dominado por algún tipo de consigna que fuera en contra de mi libertad mental, espiritual y física, sea del estilo que fuera. Jamás. Eso siempre lo tuve bien en claro.
Y como de niño, y también de joven, hubo momentos en los que forzosamente me encontré incluido dentro de una troupe de seres que iban encaminados hacia una misma meta ─creaciones socioculturales que deben ser llevadas a cabo indefectiblemente para "aspirar" a poder continuar aspirando en siguientes etapas─ asumí en primera instancia, al no tener más alternativa que seguir el mandato "normal" y paternal/maternal de ir al colegio por ejemplo, que ahí estaba yo ubicado porque mi decisión personal no había llegado a ese momento en el que pudiera imponerse y hacerse valer. Y luego, de joven, al ingresar a estudios superiores, sin tener claramente la idea de que estaba pasando en mí al escudarme en la elección de continuar absorbido por esas normas que me llevaban al común de más elecciones tomadas por otras personas, continué aferrándome a estas decisiones para poder comenzar a zafarme de esta rueda en la que estaba metido, rueda que no soportaba y de la que si no era a través de esta previsible continuidad de la vida ─irme a vivir solo para estudiar en la universidad lejos de mi ciudad natal─, al menos en ese momento, no veía la manera de comenzar a hacerlo.
Después, la vida me llevó por diferentes caminos, tan variados unos de otros, que a una temprana edad me sentí completamente seguro de lo que deseaba para mi vida. Y saber lo que se desea en esta vida me parece que es de las empresas más difíciles para ser llevadas adelante; si bien es cierto que están quienes tienen ese toque de saberlo desde siempre, sin dudar ni tener que someterse a cuestionamientos o a tiempos previos hasta encontrar (si es que hay algo que encontrar) lo que desean ser; que por un lado les simplifica mucho las cosas y les allana el camino para seguir satisfechos, pero por otro también ─visto desde el lugar de quien valora haber dejado correr abundante agua bajo el puente─ les coarta de alguna forma la posibilidad de haber descubierto o quizás de haberse encontrado sin pensarlo frente a lo que ─por eso mismo que no se vivió por haber arrancado desde el llano con su idea de saber que se quería─ hubiera definido de otra manera su opción de vida, respaldada en el metier propio de andar sin buscar ─respondiendo a presiones o mandatos establecidos─ y de repente encontrarse frente a eso que se fue formando con la libertad de no responder a nadie más que a uno mismo.
Pero estamos también quienes no sabemos nada hasta que nos pasan las cosas, y luego sí, con el crecimiento obtenido por lo acontecido delimitamos un poco más ─inconscientemente, en primera instancia─ nuestro paso por este mundo.
Es simple resumir todo lo dicho anteriormente con respecto a la forma de vida que me quise generar, y además es obvio. Siempre busqué la felicidad, y no esa felicidad que se encuentra "al final del camino", la de esa "realización personal" que de tan onírica hasta me da pereza escribirla, sino de la que me redituara la vida feliz a cada instante. Esa felicidad que consigo solo hoy, en cada cosa que vivo y disfruto sinceramente, y que por ser solo para mí, es decir: mi felicidad, hace que este momento de mi vida, "felizmente", sea inmejorable.
Nunca quisiera tratar de esperar a que algo me dé felicidad ─me la provea─ luego, en un momento posterior a este presente que vivo y que por tal es el que merece ser feliz. La felicidad es ahora. Debe ser ahora. ¡Ya!
Sí, lo sé, puede sonar un poco alejado de la vida real donde tantas cosas suelen llevar a la mayoría de las personas por caminos que nunca imaginaron que iban a transitar y que odian transitar; pero es que alejar mi vida del común de la vida que te entrena ─y termina matando─ para que lo dejes todo en pos de algo que te hace pertenecer al resto de los mortales es algo que nunca me atrajo desde ningún punto de vista. No me interesa nada de lo que pueda acercarme a lo material para desear tener cada vez más, por ejemplo.
Lo material es necesario, lamentablemente, cuando se está en un contexto en el que como mínimo se debe pagar cuentas de la vivienda donde se mora, o alimentos básicos para quienes dependen de uno y para uno mismo.
Por este tema yo solo respondo a mi perro, Boro, que es quien depende exclusivamente de mí para poder comer, crecer y vivir con salud. Después de este punto, todo lo demás no importa y nadie más depende de mí.
Vivo porque nadie me preguntó si quería venir a este mundo, y aquí me encontré; lo que no quiere decir que no lo disfrute ya que como he expresado desde el comienzo sólo vivo ─ya que me hicieron "vivir" trayéndome al mundo por un momento de placer ajeno y no propio, mío─ todos mis momentos, y los de mi perro agrego ahora, empeñándome en disfrutar, crecer en emociones, cuidarnos y querernos, y ser feliz.
Es así como experimento y camino este tramo de ser y existir. "Cada maestrito con su librito", reza el refrán; y yo tengo bien protegido el mío porque es lo más valioso que poseo, "Mi Librito", mi vida, mi finalidad ─solo mía y de nadie más─ en este mundo.

miércoles, 27 de abril de 2016

Sí, existen.

¿Que si existen cosas que distancian a dos personas aunque no tengan que ver directamente con ellas sino con contextos externos y terceras personas que, aunque podríamos aventurarnos a decir que no lo hacen a propósito ─sería lo ideal pensarlo así─, ayudan a ese distanciamiento? Sin dudas que existen.
Es tan amplio y puede ser a la vez tan específico abordar este tema que es preferible generalizar la noción para que cualquiera pueda sentirse identificado en ella y a la vez no identificar a nadie.
Porque siempre va a haber motivos concretos para que dos personas se alejen y se sientan un poco más separadas que antes y éstos no necesariamente van a partir siempre del seno de estas dos personas, cualesquiera que sean.
Es pertinente que si se está tirando y avanzando en una misma dirección, compartiendo y tratando de ir caminando ─más o menos─ a la par, todo lleve a sentir igualdad en ese aspecto en donde ambas partes brillan por igual sin tener la necesidad, una de ellas, de ser siempre la agraciada con el máximo esplendor ─del brillo, se entiende─.
Porque cuando todo se desnivela y se descontrola marcadamente es ahí donde aparecen las diferencias que cuesta sortear y hacer de cuenta que no saltan a la vista, ni se notan, ahora sí en el seno de esas dos personas.
Porque haciendo una reflexión realista acerca de los terceros ¿qué va a importarles a ellos lo que sus actos puedan provocar sobre otros, cuando esos otros ni existen en su escala de valores y de personas a tener en cuenta o a contemplar ante acciones directamente ejercidas por ellos?
La vida es así, preocupate por vos y no te olvides que los demás nunca van a preocuparse por nadie más que no sea ellos mismos o los pocos que realmente les interesen. Hace tiempo entendí que de eso iba la vida.
Y porque quizás uno trate de no perjudicar a nadie con sus actos, propios movimientos y decisiones, es que no puede dejar pasar por alto cuando desde otro lugar ─desde otras personas/"terceros"─ esto no se aborda de la misma manera y esa otra gente viene a determinar movimientos y contextos propios (ahora sí, de uno y no de ellos) en lugares para los que no tendría que representar ningún factor determinante. Dicho de otra manera: cuando otra gente influye (repito, quizás sin saberlo, pero agrego, pudiendo haberse dado cuenta lo que generaría con su acción específica) en lo propio y lo de ésa persona más próxima a uno, provocando una grieta entre ambos.
Todo es parte de la vida, lo sé, pero aveces cansa, y otras aburre; y siempre viene a representar un hito negativo, que sumado a otro hito anterior, a otro, y a otros más, nada bueno determinan si se los observa detenidamente intentando hacer algún tipo de reflexión para poder continuar.
En fin, de adversidades también está hecha la vida y quizás sea cierto eso de que siempre deban estar ahí para fortalecernos y marcarnos el camino; porque como dijo José Ingenieros: "A los hombres fuertes les pasa lo que a los barriletes; se elevan cuando es mayor el viento que se opone a su ascenso."

miércoles, 6 de abril de 2016

Cuando el crecimiento espera en el lugar menos pensado.

Un momento de lo observado que relato en
esta entrada.
En la indigencia, viviendo en las plazas, careciendo de todo lo necesario para tener una calidad básica de vida, ahí, los perros, mientras estén con la compañía de sus compañeros humanos, son absolutamente felices.
Los seres humanos, que comparten su infortunio de no contar con un techo ─la resultante final de no tener una oportunidad en algún momento de su vida que los haya llevado por otro camino diferente al recorrido que los ubica donde estén en el presente─ junto a sus perros, también son felices; al menos más que aquellos que pasan sus días solos o en compañía únicamente de otros seres humanos.
Y me encuentro en una plaza de mi ciudad, Buenos Aires, y mientras descansamos con mi perro sentados en un sector del lugar puedo ver cómo cuatro personas ─cuatro hombres─ interactúan entre ellos y con sus dos perros; de una manera absolutamente cordial y divertida ─entre éstos cuatro─ y muy cariñosa y amorosa ─con los dos compañeros de cuatro patas─.
Y se ríen, y los disfrutan alzándolos en brazos y jugando con ellos, y se disfrutan mutuamente y, al menos durante el tiempo que me encuentro frente a ellos, viven su vida y lo poco ─quizás lo mucho pero inimaginable para quienes no ocupamos su lugar─ que pueden hacer con ella, de una forma auténtica y valiosa.
Y ellos, los perritos, van y vienen, corren, mueven sus colas enérgicamente demostrando una verdadera felicidad por sentirse tan acompañados y queridos; y la escena que presencio, y que mi perro mira a mi lado también, es de lo más emocional y motivadora que jamás hubiese imaginado que iba a desencadenar el hecho de sentarnos un rato a descansar, antes de regresar a casa, y comenzar por casualidad a mirar a nuestro alrededor lo que este día nublado y tormentoso tenía para ofrecernos.
Y yo, al compartir mi vida con un perro, puedo llegar a entender esta escena que presencio; pero, así y todo, he vuelto a crecer y a aprender algo nuevo otra vez, y es que en la simpleza de las cosas y de la buena compañía, fundamentalmente de la animal y específicamente la de los perros, radica la verdadera felicidad de quienes no basan su "alegría" en lo material o en lo que, ante los ojos de los demás, podría ser envidiable y tentador de conseguir.
En fin, salvando las distancias y que cada uno se ponga el sayo que le quepa, una vida simple y absolutamente feliz es lo que todo el mundo merece y tiene derecho a poder conseguir. ¡Brego por eso!