martes, 31 de mayo de 2016

"Cada maestrito, con su librito".

Yo he tomado la vida como un camino que se debe transitar haciendo sólo lo que se desea internamente ─también a pesar de los demás─ siendo auténtico a cada momento.
Soy una especie de ser que va sin saber muy bien hacia dónde porque asumo la vida como un presente absoluto que nuca puede arrebatarse ante la idea de algo que no existe, aunque produzca efectos concretos en el ánimo y en la estabilidad personal, como es el pasado o el futuro. Nunca pude depender de estos tiempos, jamás lo he hecho.
Desde pequeño, sin saberlo seguramente ─no podría haber estado digitando una forma de ser con respecto a algo que no ocupaba mis días, sencillamente porque carecía de la acumulación de experiencias que decantaran en la forma de ser que finalmente se plasma cuando se ha vivido algo de vida, valga tanta redundancia, en la vida─, y en la adultez producto de haberme ido formando a conciencia (también a los golpes) para adoptar esta filosofía de vida.
Nunca pude imaginarme como un hipócrita que pensara y dijera algo y luego ─con su vida─ hiciera otra cosa muchas veces totalmente opuesta a todo lo expresado. No entraba en mi cabeza bajo ningún punto de vista (esto sí es algo que recuerdo muy bien) ser dominado por algún tipo de consigna que fuera en contra de mi libertad mental, espiritual y física, sea del estilo que fuera. Jamás. Eso siempre lo tuve bien en claro.
Y como de niño, y también de joven, hubo momentos en los que forzosamente me encontré incluido dentro de una troupe de seres que iban encaminados hacia una misma meta ─creaciones socioculturales que deben ser llevadas a cabo indefectiblemente para "aspirar" a poder continuar aspirando en siguientes etapas─ asumí en primera instancia, al no tener más alternativa que seguir el mandato "normal" y paternal/maternal de ir al colegio por ejemplo, que ahí estaba yo ubicado porque mi decisión personal no había llegado a ese momento en el que pudiera imponerse y hacerse valer. Y luego, de joven, al ingresar a estudios superiores, sin tener claramente la idea de que estaba pasando en mí al escudarme en la elección de continuar absorbido por esas normas que me llevaban al común de más elecciones tomadas por otras personas, continué aferrándome a estas decisiones para poder comenzar a zafarme de esta rueda en la que estaba metido, rueda que no soportaba y de la que si no era a través de esta previsible continuidad de la vida ─irme a vivir solo para estudiar en la universidad lejos de mi ciudad natal─, al menos en ese momento, no veía la manera de comenzar a hacerlo.
Después, la vida me llevó por diferentes caminos, tan variados unos de otros, que a una temprana edad me sentí completamente seguro de lo que deseaba para mi vida. Y saber lo que se desea en esta vida me parece que es de las empresas más difíciles para ser llevadas adelante; si bien es cierto que están quienes tienen ese toque de saberlo desde siempre, sin dudar ni tener que someterse a cuestionamientos o a tiempos previos hasta encontrar (si es que hay algo que encontrar) lo que desean ser; que por un lado les simplifica mucho las cosas y les allana el camino para seguir satisfechos, pero por otro también ─visto desde el lugar de quien valora haber dejado correr abundante agua bajo el puente─ les coarta de alguna forma la posibilidad de haber descubierto o quizás de haberse encontrado sin pensarlo frente a lo que ─por eso mismo que no se vivió por haber arrancado desde el llano con su idea de saber que se quería─ hubiera definido de otra manera su opción de vida, respaldada en el metier propio de andar sin buscar ─respondiendo a presiones o mandatos establecidos─ y de repente encontrarse frente a eso que se fue formando con la libertad de no responder a nadie más que a uno mismo.
Pero estamos también quienes no sabemos nada hasta que nos pasan las cosas, y luego sí, con el crecimiento obtenido por lo acontecido delimitamos un poco más ─inconscientemente, en primera instancia─ nuestro paso por este mundo.
Es simple resumir todo lo dicho anteriormente con respecto a la forma de vida que me quise generar, y además es obvio. Siempre busqué la felicidad, y no esa felicidad que se encuentra "al final del camino", la de esa "realización personal" que de tan onírica hasta me da pereza escribirla, sino de la que me redituara la vida feliz a cada instante. Esa felicidad que consigo solo hoy, en cada cosa que vivo y disfruto sinceramente, y que por ser solo para mí, es decir: mi felicidad, hace que este momento de mi vida, "felizmente", sea inmejorable.
Nunca quisiera tratar de esperar a que algo me dé felicidad ─me la provea─ luego, en un momento posterior a este presente que vivo y que por tal es el que merece ser feliz. La felicidad es ahora. Debe ser ahora. ¡Ya!
Sí, lo sé, puede sonar un poco alejado de la vida real donde tantas cosas suelen llevar a la mayoría de las personas por caminos que nunca imaginaron que iban a transitar y que odian transitar; pero es que alejar mi vida del común de la vida que te entrena ─y termina matando─ para que lo dejes todo en pos de algo que te hace pertenecer al resto de los mortales es algo que nunca me atrajo desde ningún punto de vista. No me interesa nada de lo que pueda acercarme a lo material para desear tener cada vez más, por ejemplo.
Lo material es necesario, lamentablemente, cuando se está en un contexto en el que como mínimo se debe pagar cuentas de la vivienda donde se mora, o alimentos básicos para quienes dependen de uno y para uno mismo.
Por este tema yo solo respondo a mi perro, Boro, que es quien depende exclusivamente de mí para poder comer, crecer y vivir con salud. Después de este punto, todo lo demás no importa y nadie más depende de mí.
Vivo porque nadie me preguntó si quería venir a este mundo, y aquí me encontré; lo que no quiere decir que no lo disfrute ya que como he expresado desde el comienzo sólo vivo ─ya que me hicieron "vivir" trayéndome al mundo por un momento de placer ajeno y no propio, mío─ todos mis momentos, y los de mi perro agrego ahora, empeñándome en disfrutar, crecer en emociones, cuidarnos y querernos, y ser feliz.
Es así como experimento y camino este tramo de ser y existir. "Cada maestrito con su librito", reza el refrán; y yo tengo bien protegido el mío porque es lo más valioso que poseo, "Mi Librito", mi vida, mi finalidad ─solo mía y de nadie más─ en este mundo.

miércoles, 27 de abril de 2016

Sí, existen.

¿Que si existen cosas que distancian a dos personas aunque no tengan que ver directamente con ellas sino con contextos externos y terceras personas que, aunque podríamos aventurarnos a decir que no lo hacen a propósito ─sería lo ideal pensarlo así─, ayudan a ese distanciamiento? Sin dudas que existen.
Es tan amplio y puede ser a la vez tan específico abordar este tema que es preferible generalizar la noción para que cualquiera pueda sentirse identificado en ella y a la vez no identificar a nadie.
Porque siempre va a haber motivos concretos para que dos personas se alejen y se sientan un poco más separadas que antes y éstos no necesariamente van a partir siempre del seno de estas dos personas, cualesquiera que sean.
Es pertinente que si se está tirando y avanzando en una misma dirección, compartiendo y tratando de ir caminando ─más o menos─ a la par, todo lleve a sentir igualdad en ese aspecto en donde ambas partes brillan por igual sin tener la necesidad, una de ellas, de ser siempre la agraciada con el máximo esplendor ─del brillo, se entiende─.
Porque cuando todo se desnivela y se descontrola marcadamente es ahí donde aparecen las diferencias que cuesta sortear y hacer de cuenta que no saltan a la vista, ni se notan, ahora sí en el seno de esas dos personas.
Porque haciendo una reflexión realista acerca de los terceros ¿qué va a importarles a ellos lo que sus actos puedan provocar sobre otros, cuando esos otros ni existen en su escala de valores y de personas a tener en cuenta o a contemplar ante acciones directamente ejercidas por ellos?
La vida es así, preocupate por vos y no te olvides que los demás nunca van a preocuparse por nadie más que no sea ellos mismos o los pocos que realmente les interesen. Hace tiempo entendí que de eso iba la vida.
Y porque quizás uno trate de no perjudicar a nadie con sus actos, propios movimientos y decisiones, es que no puede dejar pasar por alto cuando desde otro lugar ─desde otras personas/"terceros"─ esto no se aborda de la misma manera y esa otra gente viene a determinar movimientos y contextos propios (ahora sí, de uno y no de ellos) en lugares para los que no tendría que representar ningún factor determinante. Dicho de otra manera: cuando otra gente influye (repito, quizás sin saberlo, pero agrego, pudiendo haberse dado cuenta lo que generaría con su acción específica) en lo propio y lo de ésa persona más próxima a uno, provocando una grieta entre ambos.
Todo es parte de la vida, lo sé, pero aveces cansa, y otras aburre; y siempre viene a representar un hito negativo, que sumado a otro hito anterior, a otro, y a otros más, nada bueno determinan si se los observa detenidamente intentando hacer algún tipo de reflexión para poder continuar.
En fin, de adversidades también está hecha la vida y quizás sea cierto eso de que siempre deban estar ahí para fortalecernos y marcarnos el camino; porque como dijo José Ingenieros: "A los hombres fuertes les pasa lo que a los barriletes; se elevan cuando es mayor el viento que se opone a su ascenso."

miércoles, 6 de abril de 2016

Cuando el crecimiento espera en el lugar menos pensado.

Un momento de lo observado que relato en
esta entrada.
En la indigencia, viviendo en las plazas, careciendo de todo lo necesario para tener una calidad básica de vida, ahí, los perros, mientras estén con la compañía de sus compañeros humanos, son absolutamente felices.
Los seres humanos, que comparten su infortunio de no contar con un techo ─la resultante final de no tener una oportunidad en algún momento de su vida que los haya llevado por otro camino diferente al recorrido que los ubica donde estén en el presente─ junto a sus perros, también son felices; al menos más que aquellos que pasan sus días solos o en compañía únicamente de otros seres humanos.
Y me encuentro en una plaza de mi ciudad, Buenos Aires, y mientras descansamos con mi perro sentados en un sector del lugar puedo ver cómo cuatro personas ─cuatro hombres─ interactúan entre ellos y con sus dos perros; de una manera absolutamente cordial y divertida ─entre éstos cuatro─ y muy cariñosa y amorosa ─con los dos compañeros de cuatro patas─.
Y se ríen, y los disfrutan alzándolos en brazos y jugando con ellos, y se disfrutan mutuamente y, al menos durante el tiempo que me encuentro frente a ellos, viven su vida y lo poco ─quizás lo mucho pero inimaginable para quienes no ocupamos su lugar─ que pueden hacer con ella, de una forma auténtica y valiosa.
Y ellos, los perritos, van y vienen, corren, mueven sus colas enérgicamente demostrando una verdadera felicidad por sentirse tan acompañados y queridos; y la escena que presencio, y que mi perro mira a mi lado también, es de lo más emocional y motivadora que jamás hubiese imaginado que iba a desencadenar el hecho de sentarnos un rato a descansar, antes de regresar a casa, y comenzar por casualidad a mirar a nuestro alrededor lo que este día nublado y tormentoso tenía para ofrecernos.
Y yo, al compartir mi vida con un perro, puedo llegar a entender esta escena que presencio; pero, así y todo, he vuelto a crecer y a aprender algo nuevo otra vez, y es que en la simpleza de las cosas y de la buena compañía, fundamentalmente de la animal y específicamente la de los perros, radica la verdadera felicidad de quienes no basan su "alegría" en lo material o en lo que, ante los ojos de los demás, podría ser envidiable y tentador de conseguir.
En fin, salvando las distancias y que cada uno se ponga el sayo que le quepa, una vida simple y absolutamente feliz es lo que todo el mundo merece y tiene derecho a poder conseguir. ¡Brego por eso!

miércoles, 30 de marzo de 2016

El recuerdo "manejable".

Muchas veces he llegado a pensar que la gente tiene la capacidad de olvidar algunas cosas por sobre otras.
En el caso de la gente muy buena ─demasiado buena─ tienen la virtud de olvidar todo lo malo para dejar prevalecer sólo lo positivo y, aunque realmente no olviden eso que dicen olvidar, van felices y tranquilos, y livianos, por la vida de acuerdo a la postura adoptada con respecto a sus selectivos recuerdos.
En el caso de gente específicamente jodida olvidan siempre todo lo malo que tenga que ver con ellos para recordar y sacar a relucir sólo lo bueno y lo que los hace quedar ─sentir─ bien.
Cada caso es personal y cada uno responderá de la forma que pueda ─como le salga─ con respecto a este tema de los recuerdos y su manejo a discreción personal para usar esta capacidad, de olvidar o de mantener vivo, en beneficio personal ya sea despreocupándose y pasándola mejor por haber olvidado o incentivando determinada sensación interna por mantener presente determinadas cosas.
Como lo personal generalmente no suele interesar en temas tan amplios y generales como éste yo solo diré que me encuadro dentro de alguna de estas posturas anteriormente descritas. ─Seguramente en alguna yo me encuentre, aunque no sepa muy bien todavía en cual de ellas, pudiendo hacer uso (o no) de los recuerdos a gusto y piacere.─
Somos el conjunto de todas las cosas que vivimos, experimentamos, atesoramos u olvidamos, por este motivo todo forma parte de todo y todo es parte de la vida, de la nuestra, y de la de todo el resto de las personas. C'est fini.

martes, 29 de marzo de 2016

Dato curioso.

¿Se han dado cuenta que cuando, en medio de una conversación, queremos indicar que algo es negativo en nuestro interlocutor comenzamos diciendo "a mí me parece que…" para luego continuar la oración; y si por el contrario ese algo es positivo decimos directamente "vos sos/estás…" y largamos lo que vamos a decir, así sin más?
No es algo que se me ocurra a mí, ni mucho menos, sino que está comprobado que así se da cuando tienen lugar una u otra situación ─decir algo negativo o positivo del otro en una conversación─ y escuché hablar de este tema en programa de radio durante el fin de semana y me pareció que no dejaba de ser interesante la idea.
Yo, por mi parte, opino que debe ser que, ante la objeción negativa que podemos llegar a hacerle a alguien, preferimos comenzar suavizando la sentencia con ese "a mí me parece que..." (o similares) que podría dar a entender que estamos aceptando, quizás de antemano y a modo de autoprotección, estar errados en nuestro parecer.
Y con respecto al tema de que cuando vayamos a decir algo positivo del otro no demos demasiadas vueltas o no andemos con rodeos me parece que tiene que ver con que cuando sabemos que vamos a expresar algo ─en definitiva─ bueno, y que por otro lado a todo el mundo le gusta escuchar sobre sí mismo, no precisamos de ningún artificio de protección previo y por lo tanto exponemos directamente la idea comenzando con ese "vos sos/estás..." (o similares).
Bueno, básicamente de esto trata la entrada que ofrezco en este momento, sólo de esto. Como les decía, al escucharlo durante el fin de semana en un programa radial, me llamo la atención darme cuenta de que nunca me había puesto pensar en esto, como quizás tampoco jamás ustedes lo hayan hecho, y por tal motivo, y porque ─repito─ no deja de parecerme un dato curioso, quise compartirlo con ustedes. Hasta otro momento.

lunes, 28 de marzo de 2016

Los boludos de Instagram.

Hay gente muy boluda que te sigue en Instagram para después dejar de seguirte una vez que consiguieron que uno la siga.
Realmente me parecen tan de cuarta en su proceder este tipo de usuarios ─que por cierto hay a montones─ que desde hace un tiempo he optado por dejar de seguirlos yo también, no sin antes enviarles un mensaje que diga, más o menos, algo así:

"¿Qué es esa estupidez de seguir a alguien para luego dejar de seguirlo?"

Y sí, con este tipo de gente tengo pocas pulgas últimamente y me doy el permitido de ponerle los puntos sobre las íes.
¡A ver si se pensaban que encima se la iban a llevar de arriba, así sin más!

sábado, 26 de marzo de 2016

Definitivamente, un llorón emocional.

Yo soy del tipo de personas que llora cuando se emociona; tal es así que cuando la emoción llega a mi pecho y está en su máxima expresión ─empapando todo mi ser─ no encuentra mejor forma de culminar su proceso que transformándose en lágrimas y expresando un absoluto sentimiento, genuino en todo su momento de desarrollo.
Así es que yo lloro cuando escucho alguna música específica que me conmueve, cuando miro alguna película que también moviliza mi interior, cuando leo y me encuentro en algún momento de un libro que apela a involucrar a su lector de sobremanera, cuando vivo determinados sucesos ─simples o extraordinarios─ y en tantos otros momentos en los cuales la emoción, además de ser la protagonista principal y exclusiva, como efecto supremo, me hace llorar.
Y no me avergüenza para nada reconocerme un llorón emocional, es más, me satisface en mi fibra íntima porque siempre consideré más auténticas ─menos falsas e hipócritas─ a aquellas personas que se permiten expresarse a como dé lugar antes que tapar, esconder, o reprimir alguna sensación o sentimiento que sientan o que les haya sido provocado por alguien o algo en determinado contexto.
¡Y guarda! que no ando llorando por cualquier cosa, entiéndase bien; sólo cuando por mi manera de ser aquello que vivo y experimento provoca en mí algo más que la simple apreciación, ahí es cuando se completa el círculo y finalmente me emociono, dicho con todas las letras.
Por eso, bienvenida sea la emoción, siempre, porque me ablanda el corazón, me fortalece el espíritu y sin lugar a dudas siento que me ayuda a ser un poco más sensible, entendiendo por esta noción ser alguien más auténtico.

viernes, 25 de marzo de 2016

Emergencia.

La mañana del jueves feriado, a eso de las 8 A.M., bajo a mi perro para que haga sus deposiciones porque la noche anterior no habíamos salido después de comer y en determinado momento, en la esquina de Juncal y Agüero de la ciudad de Buenos Aires en Argentina, donde vivimos, un joven de 33 años (lo supe después cuando dio sus datos al oficial de policía) me hace señas desde el cordón de la vereda de esa esquina en la que se encontraba sentado.
Debo reconocer que primero pensé que me saludaba, producto de una borrachera de la noche anterior a este primer día de feriado de fin de semana largo, pero enseguida me di cuenta de que lo que estaba haciendo era llamarme, y lo que es más importante, pidiéndome auxilio.
Sin demoras crucé, ya que yo iba por la vereda de enfrente, y este joven, que se encontraba con claros síntomas de descompensación de su salud, me explicó ─cómo pudo─ que iba camino al hospital que se encuentra a unas cinco cuadras de esa esquina porque sentía que se le estaba paralizando todo el rostro (sus músculos) pero que no podía seguir caminando por lo mal que se sentía.
También había sufrido algún tipo de temblor ─convulsión─ por lo que tenía gran parte de su lengua del lado derecho lastimada, mordida.
Y así estaba, y continuaba de esta forma temblando ─en su mandíbula inferior─ y casi ni pudiendo hablar para pedir ayuda. Por tal motivo enseguida, y al no haber bajado con mi teléfono móvil, divisé a una vecina que estaba con su perro también y que afortunadamente sí llevaba encima su teléfono. Ella, muy amablemente, accedió a prestarme su equipo y pude entonces llamar al 911, que es el número al que hay que acudir en estos casos de emergencia en mi país.
Tomaron mi pedido de una ambulancia y, a los pocos segundos, apareció un patrullero de la policía, que es quien se encarga de corroborar que las llamadas solicitadas para tal dirección no sean una falsa alarma o una llamada a modo de broma, y le pidió que se identificara o le diera un documento, a lo cual, y teniendo en cuenta los terribles impedimentos para hablar que tenía el hombre por encontrarse tan mal, esta persona accedió entregándole su cédula de identidad.
El policía que muy amablemente se acercó a nosotros ─al muchacho que necesitaba la ayuda, a la vecina que me facilitó el teléfono y que luego se quedó ahí con su perro y con mi perro asistiendo al joven, y a mí; además de a un cuarto vecino que como todo señor de avanzada edad se quedó allí, primero para mirar la situación y luego para involucrarse también permaneciendo─ estuvo muy presto en todo momento solicitando y reiterando el pedido al 911 en más de una oportunidad, todo esto una vez que corroboró que mi llamada no había sido en vano y procedió a rectificar mi pedido.
A esta altura yo pensé que las cosas iban a ser más rápidas y fluidas, pero no fue así y tuvimos que esperar más de 45 minutos a que llegue la ambulancia para que una vez allí, el médico y el enfermero de rigor, comenzaran a hacerle un interrogatorio ─innecesario bajo todo punto de vista para las condiciones en las que se encontraba este hombre─ para por fin, finalmente, acceder a subirlo a la ambulancia y trasladarlo hacia el hospital. Fin de la historia.

Volví a casa con mi perro entonces, pero me quedé pensando en lo que había sucedido y en que todas las cosas se dan por algo ya que en determinado momento de nuestra primera salida de ese día había pensado en tomar otro camino pero finalmente hice el que suelo hacer por costumbre, y al no tener otra cosa que hacer en esa jornada matutina caminamos los dos muy despacio y tranquilamente apreciando la linda mañana que teníamos frente a nosotros, motivo por el cual pasamos exactamente en el momento justo para poder estar ahí y colaborar en lo que pudimos con este joven.
Me quedo con eso, sí, porque me gusta encontrarle el porqué a las cosas, y si ése porqué puede ser positivo, mejor todavía. Éste chico, llamado Fernando, finalmente puedo ser trasladado hacia el hospital al que de movida se trasladaba por motu propio y no puedo llegar.
Espero que todo haya ido bien y que la ayuda que brindamos haya servido para que él se recupere y se sienta mejor. Yo me quedo feliz a pesar de que lo narrado no invita a sentirse así porque ante mi prejuzgar pensando en una borrachera antes que nada, y pudiendo haber continuado mi camino sin prestar atención a esta persona, no me quedé con esa apreciación fea y desconsiderada que salió de mí ─de la cual me arrepiento─ y me acerqué a él y todo continuó como ya les he contado.
Continúo con mi vida, obviamente, pero he continuado pensando en él y deseando que se mejore y se encuentre bien. Se notaba claramente que poseía un problema neurológico anterior a esta descompensación que experimentaba en ese momento y además se lo veía tan desamparado y tan sólo que sólo eso puedo desearle de todo corazón y con mi más sincera intención, salud.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Obrar en consecuencia.

Cuando es tanta la mala onda recibida el cuerpo pasa factura, indefectiblemente. Y si uno ya está acostumbrado, y por tal motivo no deviene la aflicción o la amargura espiritual ─al menos esa que lo destruye a uno exteriormente y es muy visible para los demás─ seguramente que cuando la embestida es brutal y psicológica, a un extremo elevado, sobrevendrán otro tipo de manifestaciones, mínimo un fuerte dolor de cabeza.
Porque mucho se ha dicho de que quien agrede en definitiva lo que necesita es ayuda más que el agredido, y que quien maltrata en alguna de las formas en las cuales el maltrato se puede hacer presente lo que está haciendo es dando un grito de pedido de auxilio y socorro, y tantas otras cosas de ese estilo; pero en definitiva quien asume la parte de ser maltratado, aunque quizás no esté dando ese grito, seguramente va a sentir luego alguna secuela ante tanto "griterío ajeno".
Y es loable no abandonar el barco en la primer tempestad, quizás sin saber que ese maltrato que se está haciendo visible por primera vez en ese momento es un pedido de auxilio, y quizás dando una oportunidad a toda la navegación movidos por el natural criterio humano de tratar de apostar a lo mejor en todo, siempre. Pero también lo es saber distinguir cuando ya nada se podrá hacer en ese viaje y entonces, por lo tanto, buscar la mejor forma de poder salirse de esa ruta que sólo va a remitir a un daño constante, con interrupciones momentáneas y esporádicas, cuando no continuo.
Y la forma de manejar todo esto no tiene una regla universal ni un manual para aprenderla y ponerla en práctica; la forma será dada por cada quien esté atravesando ésas embestidas de mala onda y maltrato, y la manera en la que surja y se manifieste siempre será válida y no reprochable, teniendo en cuenta que muchas veces el campo de acción se ve absolutamente limitado, y por tal motivo cuando logra ser vulnerado, por más mínimo que sea el paso llevado adelante, éste deberá ser aplaudido y valorado.
Que es la vida, entre muchas cosas, un camino de sufrimientos, es algo real pero de nosotros depende darle un corte concreto a esa noción para transformarla en algo realmente luminoso y valedero, o al menos más tranmquilo y pacífico. Porque, aunque un sufrimiento comparado con otros quizás sea mínimo, todos los sufrimientos son reprochables y detestables y cuando se ha sufrido tanto siempre será el momento oportuno para dejar de hacerlo.
Por eso a privilegiar el propio sufrimiento, a no desmerecerlo, y a moverse en consecuencia de éste para poder apartarlo de nuestra vida. Se ha dicho mucho acerca de este tema y es hora de empezar a hacer algo más allá de escribir o leer sobre el mismo. La vida es mucho más que un relato y por tal motivo debemos obrar en consecuencia.

martes, 22 de marzo de 2016

A dormir...

Cuando el sueño apremia
no hay nada más lindo y más oportuno
que dormir.

Siendo exactamente las 23:27 horas
de este martes 22 de marzo de 2016,
les digo buenas noches
a todos y a todas ustedes
y me voy
a la cama.

lunes, 21 de marzo de 2016

Y será lo que deba ser.

¡Qué desgaste continuo representa no poder entablar ningún tipo de diálogo, bajo ningún punto de vista, con una persona! Cuando sólo se puede hablar para asentir, elogiar, o en última instancia ─adivinando─ decir lo que la otra parte quiere escuchar es imposible poder establecer el verdadero diálogo donde ambas partes se expresan libremente, intercambiando opiniones y pareceres, para llegar a un punto de equilibrio entre ambas ponencias.
Y resulta agotador tener que estar siempre a la orden del día con respecto al tema de no permitirse nunca alguna expresión o pensamiento porque sí, para evitar los diferentes desencadenamientos a posteriori al no ser éstos, en algunos casos, del agrado de la otra parte.
¡Es que no siempre se puede estar de acuerdo en todo ─ni tan siquiera eso─ y es sano discurrir en la forma de pensar y ver las cosas!
El ver una misma cosa desde diferentes lugares y puntos de vista es algo completamente normal, y claro que las ópticas que se le den a un mismo panorama siempre van a ser dispares según de donde provengan; pero esto no tiene porque representar un problema mayor que determine que todo se pudra de un segundo al otro.
El expresarse independientemente, no importa bajo qué influencias pero espontáneamente al fin, nunca debe ser reprochado ni censurado, mucho menos cuando la otra parte sí lo hace, no tolerando, en forma claramente contradictoria, lo mismo para el resto, o al menos para una única parte; y ya se sabe que con que la prohibición sea sólo para una parte es reprochable y no debe ser aceptada bajo ningún punto de vista.
Reza un dicho: "tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe" pero esto no siempre es así; de serlo, esa parte inamovible frente a la tolerancia del otro pensamiento tendría que ir ablandándose y permitiendo la expresión, pero no siempre sucede así; es por lo tanto en este momento del relato sólo una frase risueña que comprueba que no siempre tiene lugar en la realidad.
Las palabras muchas veces pueden transmitir fidedignamente una situación y contexto, otras quizás no, pero lo cierto es que en la mayoría de los casos el hecho de reflejar una experiencia y permitir a su emisor expresarse a través de ellas viene a salvar y a sanear un poco tanta amargura y aflicción.
Y será lo que deba ser, con respecto al desarrollo futuro del trato y de las instancias de diálogo venideras, pero en definitiva es bueno saberse ubicado en el lugar que, al margen de los motivos o incentivos que se posean para pensar diferente y cada tanto permitirse expresarlo, nos sitúa del lado más flexible y permisivo y no del autoritario, violento y, resumiendo toda la historia, inmaduro.